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E T I Q U E T A S


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2 de marzo de 2011

RODRÍGUEZ - De Paco Espínola




Como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día, ya desde el medio del Paso, con el agua al estribo, lo vio Rodríguez hecho estatua entre los sauces de la barranca opuesta. Sin dejar de avanzar, bajo el poncho la mano en la pistola por cualquier evento, él le fue observando la negra cabalgadura, el respectivo poncho más que colorado. Al pisar tierra firme e iniciar el trote, el otro, que desplegó una sonrisa, taloneó, se puso también en movimiento…, y se le apareó. Desmirriado era el desconocido y muy, muy alto. La barba aguda, renegrida. A los costados de la cara, retorcidos esmeradísimamente largos mostachos le sobresalían. A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le sentaba. 

-¿Va para aquellos lados, mozo? - le llegó con melosidad. 
Con el agregado de semejante acento, no precisó más Rodríguez para retirar la mano de la culata. Y ya sin el menor interés por saber quién era el importuno, lo dejó, no más, formarle yunta y siguió su avance a través de la gran claridad, la vista entre las orejas de su zaino, fija. 

-¡Lo que son las cosas, parece mentira!... ¡Te vi caer al paso, mirá... y simpaticé enseguida! 
Le clavó un ojo Rodríguez, incomodado por el tuteo, al tiempo que el interlocutor le lanzaba, también al sesgo, una mirada que era un cuchillo de punta, pero que se contrajo al hallar la del otro y, de golpe, quedó cual la del cordero. 
-Por eso, por eso, por ser vos, es que me voy al grano, derecho. ¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta? 
Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un lado del zaino, escupió. 
-Alegrate, alegrate mucho, Rodríguez -seguía el ofertante mientras, en el mejor de los mundos, se atusaba, sin tocarse la cara, una guía del bigote-. Te puedo poner a tus pies a la mujer de tus deseos. ¿Te gusta el oro?... Agenciate latas, Rodríguez, y botijos, y te los lleno toditos. ¿Te gusta el poder, que también es lindo? Al momento, sin apearte del zaino, quedarás hecho comisario o jefe político o coronel. General, no, Rodríguez, porque esos puestos los tengo reservados. Pero de ahí para abajo... no tenés más que elegir. 
Muy fastidiado por el parloteo, seguía mudo, siempre, siempre sosteniendo la mirada hacia adelante, Rodríguez. 
-Mirá, vos no precisás más que abrir la boca... 
-¡Pucha que tiene poderes, usted! -fue a decir, Rodríguez; pero se contuvo para ver si, a silencio, aburría al cargoso. 
Este, que un momento aguardó tan siquiera una palabra, sintióse invadido como por el estupor. Se acariciaba la barba; de reojo miró dos o tres veces al otro... Después, su cabeza se abatió sobre el pecho, pensando con intensidad. Y pareció que se le había tapado la boca. Asimismo bajo la ancha blancura, ¡qué silencio, ahora, al paso de los jinetes y de sus sombras tan nítidas! De golpe pareció que todo lo capaz de turbarlo había fugado lejos, cada cual con su ruido. 
A las cuadras, la mano de Rodríguez asomó por el costado del poncho con tabaquera y con chala. Sin abandonar el trote se puso a liar. Entonces, en brusca resolución, el de los bigotes rozó con la espuela a su oscuro, que casi se dio contra unos espinillos. Separado un poco así, pero manteniendo la marcha a fin de no quedarse atrás, fue que dijo: 
-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo! 
Y siguió cabalgando en un tordillo como leche. Seguro de que, ahora si, había pasmado a Rodríguez y, no queriendo darle tiempo a reaccionar, sacó de entre los pliegues del poncho el largo brazo puro hueso, sin espinarse, manoteó una rama de tala y señaló, soberbio: 
-¡Mirá! 
La rama se hizo víbora, se debatió brillando en la noche al querer librarse de la tan flaca mano que la oprimía por el medio y, cuando con altanería el forastero la arrojó lejos, ella se perdió a los silbidos entre los pastos. 
Registrábase Rodríguez en procura de su yesquero. Al acompañante, sorprendido del propósito, fulguraron los ojos. Pero apeló al poco de calma que le quedaba, se adelantó a la intención y, dijo con forzada solicitud, otra vez muy montado en el oscuro: 
-¡No te molestés! ¡Servite fuego, Rodríguez! 
Frotó la yema del índice con la del dedo gordo. Al punto una azulada llamita brotó entre ellos. Corrióla entonces hacia la uña del pulgar y, así, allí paradita, la presentó como en palmatoria. 
Ya el cigarro en la boca, al fuego la acercó Rodríguez inclinando la cabeza, y aspiró. 
-¿Y?... ¿Qué me decís, ahora? 
-Esas son pruebas -murmuró entre la amplia humada Rodríguez, siempre pensando qué hacer para sacarse de encima al pegajoso. 
Sobre el ánimo del jinete del oscuro la expresión fue un baldazo de agua fría. Cuando consiguió recobrarse, pudo seguir, con creciente ahínco, la mente hecha un volcán. 
-¿Ah, sí? ¿Con que pruebas, no? ¿Y esto? Ahora miró de lleno Rodríguez, y afirmó en las riendas al zaino, temeroso de que se le abrieran de una cornada. Porque el importuno andaba a los corcovos en un toro cimarrón, presentado con tanto fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero. 
-¿Y esto otro? ¡Mirá qué aletas, Rodríguez! -se prolongó, casi hecho imploración, en la noche. 
Ya no era toro lo que montaba el seductor, era bagre. Sujetándolo de los bigotes un instante, y espoleándolo asimismo hasta hacerlo bufar, su jinete lo lanzó como luz a dar vueltas en torno a Rodríguez. Pero Rodríguez seguía trotando. Pescado, por grande que fuera, no tenía peligro para el zainito. 
-Hablame, Rodríguez, ¿y esto?... ¡por favor, fijate bien!... ¿Eh?... ¡Fijate! 
-¿Eso? Mágica, eso. 
Con su jinete abrazándole la cabeza para no desplomarse del brusco sofrenazo, el bagre quedó clavado de cola. 
-¡Te vas a la puta que te parió! 
Y mientras el zainito -hasta donde no llegó la exclamación por haber surgido entre un ahogo- seguía muy campante bajo la blanca, tan blanca luna tomando distancia, el otra vez oscuro, al sentir enterrársele las espuelas, giró en dos patas enseñando los dientes, para volver a apostar a su jinete entre los sauces del Paso.




18 de agosto de 2010

REDESCUBRIENDO A FELISBERTO

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FELISBERTO HERNÁNDEZ – Tinta de Guillermo Fernández
Amigos, habría que releer a Felisberto.
Los que no lo leyeron o se olvidaron de lo que sintieron cuando lo leyeron, se pierden una de las voces más fuertes y originales que ha dado la literatura uruguaya. Yo había leído algunos cuentos a mis veinte años y no me di cuenta de casi nada. Yo era un pelotudo.
Felisberto fue un outsider de la literatura. Un marginal. Con pocas lecturas. Clase media tirando a baja. Sin secundaria terminada. Un músico de la legua. Un pianista itinerante tocando Stravinsky en pianos desafinados en cualquier sala que le ofrecieran a señoras que realmente querían oír a Chopin. Con un algo de Proust y otro poco de Kafka y un mucho de Barrio Sur y del Prado. Un tipo que engordó demasiado y eso no le gustaba a Onetti, porque Onetti odiaba a los gordos. El tipo comía como una bestia, llegaron a verlo comerse una docena de huevos fritos de una sentada. Y tenía una gran fascinación por las mujeres muy gordas, gordísimas.  (yo también) Bueno, lo prueba el hecho de que estuvo casado con mi querida profe Reina Reyes, una de las gordas más gordas que conocí. Pero no se murió del corazón Felisberto, se murió de leucemia.
Ahora que me acuerdo, dicen que Onetti, en una época, alquilaba un apartamento a medias con la hermana menor de Felisberto. Seguramente no sería gorda. Este Onetti...
Se acostumbra a decir que era "el poeta de la materia". Yo digo que no, yo digo que era "el poeta de los objetos". Del "objeto" en el sentido torresgarciano. Felisberto opera una verdadera "recuperación del objeto" a través de los sentidos, la poesía y el misterio. Porque el tipo cuando escribía sus cuentos no podía dejar de ser pintor y músico y niño. Niño en el sentido en que hablaba Torres que había que recuperar para la pintura. Y eso es lo que no pudieron ver los que, como Rodríguez Monegal, lo leyeron solamente como literatura.
Por suerte Torres García, Vaz Ferreira, Alfredo y Esther de Cáceres, Supervielle, Cortázar, García Márquez y otros, supieron que estaban en presencia de un fenómeno originalísimo y único.
Por más que Emir Rodríguez Monegal, el gran pope de la crítica, dueño y señor de las preferencias literarias desde las páginas de Marcha, lo haya mostrado varias veces como un payaso neurótico que no sabía escribir porque ponía "enrollar" en lugar de "encoger". Rodríguez Monegal tuvo mucho que ver con la poca y tardía proyección de este escritor. No lo podía ni ver che. Qué cosa. Dicen que cuando Ángel Rama lo sustituyó en la sección literaria de Marcha, ahí se le empezó a dar pelota a Felisberto.
No entiendo a los que dicen que hacía literatura "fantástica". A mí me parece que todo lo que cuenta le pasó. Porque a mí me pasaron muchas cosas parecidas. Lo que me faltó fue el talento para contarlas.
Lo de "fantástico" lo dicen por el cuento "Las Hortensias", pero es el único cuento que escribió en tercera persona, yo creo que por pudor, porque ahí "fantasea" eróticamente con unas muñecas de goma de tamaño natural, que todos sabemos que hoy día no tienen nada de fantástico. Se fabrican en serie y se entibian con agua caliente, igual que las de Felisberto.
Estoy obsesionado con este tipo. Me lo estoy leyendo todo. Todavía no conseguí una versión completa de "Las Hortensias", su hermana menor se ocupó de obstaculizar las reediciones de ese cuento. Pero me voy a hacer regalar las obras completas y ya está.
Puse ese retrato hecho por mi maestro, Guillermo Fernández, porque tiene mucho que ver con la forma de poetizar la realidad de Felisberto.
Si lo leen van a ver gente que llora para vender medias, viudas con el patio lleno de sombrillas a las que se le muere el balcón, casas como Venecia, con islas que no se sabe si albergan muertos o no, gente a la que le sale luz de los ojos, van a enterarse de que la palabra abuela es redonda y de lo excitante que es levantarle las polleras a las sillas y de lo mágico que puede ser un viaje en tranvía por la calle Suárez y como puede extraerse un mundo de los minutos en que uno espera a la profesora de piano, ciegos profesores de armonía que duermen con los zapatos puestos y no se bañan nunca.
Pero sobre todo, van a sentir que los objetos no son cosas y las personas no son personas, son puertas abiertas al misterio.
Y muchas cosas más.
FRAGMENTO DEL PRÓLOGO DE CORTÁZAR A "LA CASA INUNDADA" DE FELISBERTO HERNÁNDEZ:
" Lo que amamos en Felisberto es la llaneza, la falta total del empaque que tanto almidonó la literatura de su tiempo. Totalmente entregado a una visión que lo desplaza de la circunstancia ordinaria y lo hace acceder a otra ordenación de los seres y de las cosas, a Felisberto no se le ocurre nunca reflexionar sobre su país, sobre lo que está sucediendo en el plano histórico, y se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin esforzarse por extrapolar sus experiencias, por entrar en una estructura de paisaje o de sociedad.
Entonces, no paradójicamente aunque algunos puedan pensarlo así, cada uno de sus relatos tiene la terrible fuerza de instalar al lector en el Uruguay de su tiempo, y a mí me basta releerlos para sentirme otra vez en las calles montevideanas, en los cafés y los hoteles y los pueblos del interior donde todo se da como a desgano, como él daría esos conciertos de piano llenos de polillas y cuentas sin pagar y trajes alquilados. ¿Debe pedírsele más a un narrador capaz de aliar lo cotidiano con lo excepcional al punto de mostrar que pueden ser la misma cosa?
El drama actual del Uruguay está prefigurado en Felisberto como lo está en la obra de Juan Carlos Onetti, otro narrador que prescinde en apariencia de la historia. Nuestras falencias -hablo del Uruguay y de la Argentina como de un mismo país, porque lo son mal que les pese a los nacionalistas-, nuestra fuerza secreta o desaforada, nuestra lenta, perezosa manera de ser frente al destino planetario, toda la hermosura y la tristeza de un patio de casa pobre o de un partido de naipes entre amigos, asoman en esa especie de invencible desencanto que nace de los relatos de Felisberto. Testigo sin ganas, espectador al sesgo, él toca sus tangos para mujeres nostálgicas y cursis; como todos nuestros grandes escritores, nos denuncia sin énfasis y a la vez nos alcanza una llave para abrir las puertas del futuro y salir al aire libre."
CUENTOS PARA QUE BUSQUEN POR AHÍ:
EL COCODRILO
LA CASA INUNDADA
EL CABALLO PERDIDO
POR LOS TIEMPOS DE CLEMENTE COLLING
EL BALCÓN
NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS
LAS HORTENSIAS (si lo encuentran me avisan)

17 de julio de 2010

JUCECA - HABLANDO CON EL OTRO



A veces pienso que Juceca ha tenido una desgracia, que es la de estar clavado a Don Verídico. 
El personaje se comió al autor y para muchos, Juceca y Don verídico son la misma persona.
Y Don Verídico es una creación magistral, pero hay otro Juceca, que muchos no conocen. Que escribía cosas que no tienen nada que ver con el mundo del boliche "El Resorte".
Por eso quise colgar este cuentito, que levanté del libro "La Duvija, el Tape Olmedo... y un quesito pa'picar"
El libro fue editado por Planeta en Setiembre de 2009.
El "quesito pa' picar" son estos cuentos incluidos en el libro como segunda parte y que no son de Don Verídico, sino de Julio César Castro.
Flor de escritor, aura que dice.




HABLANDO CON EL OTRO

Comienzan a caer las bombas.
Los locos se niegan a reconocer su locura, y yo me niego. Si me niego es porque estoy loco, lo reconozco. Si lo reconozco es porque no lo estoy. Y así sucesivamente. Pero hay síntomas. Los hay. No son muchos, pero son. De pronto me da por escribir corto. Frases cortas. Como esta. Nada de extenderse. Dos palabras y un punto. Algo anda mal. Porque así como le escribo corto me salen parrafadas, y no puedo parar, como si no hubiese puntos disponibles y tuviera que arreglarme con alguna coma desocupada, hasta que avizoro un puntito negro por allá lejos y lo persigo, y lo atrapo, y lo aplico, así. No estoy solo. Comienzan a caer las bombas. Cerca de mí se para un tipo y habla. Hace ademanes y habla. En una mano un bolso y en la otra los ademanes. No habla con un celular. Habla con el otro. Hace pausas. Lo escucha. Arremete de nuevo. Se ofusca. Comienzan a caer las bombas. No le entiendo qué dice. Acalorado habla. Le reprocha algo al otro. Ahora se calma. Habla normal. El otro no es para mí visible. Pero yo sé que está allí. Hablando con el tipo del bolso en una mano y los ademanes en la otra. ¿El tipo lo ve al otro? No sé. Es probable. La gente habla con fantasmas. Yo también. Usted, por ejemplo. Le hablo y no lo veo. Le hablo, le escribo; da lo mismo. Comienzan a caer las bombas. Los niños hablan solos.  Solos no, con los otros niños, que son ellos. La niña rezonga a su muñeca. La muñeca entiende. Algo anda bien. Cada día hay más gente hablando con el otro. Eso es bueno. El encierro, el mutismo, el silencio, es malo. El otro entiende todo. Y si no entiende usted le explica. Es bueno poder explicar. Desembuche, compañero. Una señora le tira de la oreja al hijo. El niño berrea, la mujer le sigue tirando de la oreja y le dice que se calle. Pasa una estruendosa pala mecánica. Se disparan las alarmas de varios autos estacionados. Comienzan a caer las bombas. Ululan. Gritan, avisan, llaman, alarman. Dos perros sensibles se pelean. Simulan tirarse tarascones. Los dueños los llaman por sus nombres. Los separan. Hablan amistosos entre ellos. Los perros se olfatean las colas. Ahora quiero estar en el Rosedal del Prado. Junto a la fuente de modesto chorrito de agua que se eleva y cae sobre sí mismo. . Ahí dónde llegan los pájaros a bañarse. Chapotean, salpican, beben, van y vienen. Alguien con una tijera se dispone a cortar una rosa. Comienzan a caer las bombas. Vuelan palomas sorprendidas. Una parejita se jura amor eterno. Se miran a los ojos. Se inventan. No conocen la trampa. El musgo sobre la piedra lisa. El del paquete se aleja explicándole al otro. Se disparan los perros. Aúllan las alarmas. El niño cuelga de la mano materna en continuado berrinche. La niña rezonga a su muñeca. Los misiles surcan el cielo de Bagdad. El chorro de agua de la fuente se eleva, modesto, fresco, limpio, y cae sobre sí mismo.
JULIO CÉSAR CASTRO

3 de junio de 2010

RETORNO DE LOS PLAGIOS

William Burroughs

Puse “retorno” porque este es un tema ya tocado aquí por la barra brava de la Cofradía. Cofradía a la que extrañamos mucho, porque fue expresión de un momento no muy lejano en que todos teníamos tiempo para jugar.

Me impulsa a este posteo la última entrada de GOLIARDO, en la que cuelga lo que él llama un “refrito” de un “plagio” que había subido en su oportunidad al blog de la Cofradía.

También me impulsa el dejar rápidamente en el olvido y en las brumas del pasado a ese poemita del “agujero” , ahí abajo, que me parece que no le cayó muy bien al público (4 o 5 amigos) y a la crítica bloguera, (los mismos 4 o 5) y como no quiero a mi vez caer en la cobardía de eliminarlo, prefiero hacerme el pelotudo y postear algo nuevo con la esperanza de que se olviden  rápidamente de él.

Y viste lo que son las casualidades, porque cuando Goliardo sacó a relucir el tema yo había estado pensando en eso, en qué al pedo que es todo, en que ya todo está escrito, que estamos en el S.XXI, en lo difícil que es encontrar una forma personal de expresar cosas, de que para qué si ya todos dijeron todo, pensaba también en aquel cuento de Cortázar en que el mundo termina ahogado por toneladas de papel impreso (no podía Don Julio imaginarse que en realidad al papel se le iban a sumar billones de billones de megabytes subidos a los blogs) y además está ese asunto de Adorno diciendo que después de Auswitch estaba prohibido escribir poesía. Porque qué mierda se puede escribir después de eso. Y quien dice poesía dice prosa, porque si le vamos a dar bola a Keruac, en la poesía uno escribe poesía, pero en la prosa escribe párrafos, y cada párrafo es un poema.

Y bueno, siguiendo con las casualidades, justo, pero justo en ese momento, en una de esas revistas que sigo aparece este artículo del viejo William Burroughs. Y me viene como anillo al dedo, porque uno no es nadie, como decía Wimpi, entonces para que les voy a llenar las pelotas con mis reflexiones si uno que sí fue alguien lo ha dicho mucho mejor que lo que yo podría hacerlo. A no ser…A no ser que yo lo plagiara. Pero mejor dejar hablar a los que saben en sus “propias palabras”:

(Sí, esto va a ser largo, pero ya me tienen podrido con el asunto de que en los blogs las cosas tienen que ser cortitas. Esto no es Facebook.  El que no tenga tiempo o paciencia, que se joda. Ya sé que podría recomendarles leer esto en la revista, ahí nomás, a la izquierda, pero como a veces no les dan las pelotas para hacer un clic de ratón, lo pongo acá)



Ahí va lo de Burroughs:

"Los escritores trabajan con palabras y voces, como los pintores trabajan con colores. ¿De dónde vienen esas palabras y esas voces? Muchas fuentes: conversaciones escuchadas y oídas al vuelo, películas y radio, periódicos, revistas, sí: y otros escritores. Una frase llega a la cabeza desde una vieja historia del oeste leída años atrás en una revista de segunda, no puedo recordar dónde o cuándo: “Él la miró tratando de leer su mente pero sus ojos eran viejos, sin subterfugios, ilegibles”. Ésta es una que levanté.
La secuencia del Funcionario del Condado en Almuerzo desnudo viene del contacto con el Funcionario del Condado en Cold Spring, Texas. Es de hecho una elaboración de su monólogo que en aquél momento me parecía meramente aburrido, porque todavía no sabía que yo era un escritor. De cualquier modo, no hubiera habido ningún funcionario del condado si me hubiera quedado con el culo sentado, esperando por “mis verdaderas propias palabras”.
Todos nos hemos encontrado alguna vez con el publicista que va a salir de la dura rutina, encerrarse en una cabina y escribir la Gran Novela Americana. Siempre le digo: “no cortes tu suministro B.J.: podrías necesitarlo”.
Muchas veces me he quedado estancado en una línea de la historia sin poder ver adónde iría desde ahí. Luego alguien cae por casa y me cuenta de un pez en Brasil que sólo se alimenta de frutas. Saqué un capítulo entero de esto.
O comprar un libro para leer en el avión y que ahí esté la respuesta; y que ahí haya una frase buena también: “voces dulcemente inhumanas”. Tuve un sueño con esas voces antes de leer El gran salto de Leigh Brackett y encontrar esa frase.
Miren el bigote surrealista de Mona Lisa. ¿Sólo una broma tonta? Piensen adónde puede llevar esa broma. He estado trabajando con Malcon McNeill por cinco años en un libro titulado Ah Pook is here. Usamos la misma idea: Hieronymus Bosch como fondo de escenas, y personajes tomados de los códices mayas y transformados en símiles modernos. Esa cara en el Códice Maya de Dresde sería en esta escena la camarera y podíamos usar el Dios Buitre sobre ella. El Bosco, Miguel Ángel, Renoir, Monet, Picasso, no robaron nada, en apariencia. ¿Quieres alguna luz sobre tu escena? Róbala de Manet. ¿Quieres un telón de fondo de los años 30? Usa Hooper.
Lo mismo se aplica a la escritura. Joseph Conrad hizo una soberbia descripción de paisajes de selvas, agua, clima ¿por qué no usarlos tal cual, palabra por palabra, como escenario de una novela que se sitúe en el trópico? Continuidad por Fulano de tal, descripción y escenario fílmico de Conrad. Y por supuesto que podemos secuestrar algunos personajes más y ponerlos en un escenario diferente. La amplia gama de pintura, escritos, música y films son tuyos: para usar. Toma el monólogo de Molly Bloom y dáselo a tu heroína. De cualquier modo, ocurre todo el tiempo. Cuántas veces hemos tenido a Romeo y Julieta prestándonos su servicio. Y Calille ganó 40 millones en Los jóvenes amantes. Entonces, déjalo aflorar abiertamente y roba con libertad.

Mi primera aplicación de este principio fue en Almuerzo Desnudo.
El encuentro entre Carl Peterson y el doctor Benway está modelado sobre el encuentro entre Razumov y el Consejero Mikulin en Bajo la mirada de occidente de Conrad. Seguramente no hay semejanza entre Benway y Mikulin, pero la forma del encuentro, la treta de Mikulin de las oraciones incompletas, su método elíptico y la conclusión del encuentro son definitiva y conscientemente usadas.
En su momento no alcancé a ver las miles de implicaciones.
Brion Gysin llevó el proceso más lejos en una escena inédita de su novela El Proceso. Tomó a la letra un tramo de diálogo de una novela de ciencia ficción y lo usó en una escena similar. (La novela de ciencia ficción, como corresponde, trataba sobre un científico loco que inventó un agujero negro en el que desapareció). Confieso que quedé algo shockeado por tan evidente y rastreable plagio. No había abandonado completamente el fetiche de la originalidad aunque, desde luego, el sublime concepto global de robo total está implícito en los cuts ups y en el montaje.
Había estado condicionado por la idea de palabras como propiedad -las “verdaderas propias palabras”- y, en consecuencia, por una profunda repugnancia por el pecado negro del plagio. La originalidad era la gran virtud. Recuerdo un chico que fue descubierto copiando un ensayo de un artículo de periódico y este horrible caso discutido en susurros … Por primera vez la oscura palabra plagio.
¿Por qué en una obra de Jack London un escritor se mata cuando descubre que sin saberlo había plagiado el trabajo de otro escritor?: No tenía el coraje de ser un escritor.
Por suerte estoy hecho de un material más duro o, al menos, más adaptable.
Brion me hizo notar que yo había estado robando por años. “¿De dónde viene esto… “Ojos, viejos, sin subterfugios, ilegibles”? ¿Y esto… “inflexible autoridad”? ¿Y esto … “ manera artística, no principios”?¿Y esto? … ¿Y esto?… ¿ Y esto?. . . “ Me miró implacable”
¿Vous etes un voleur honteux . . . un ladrón secreto?
Entonces tracemos un manifiesto.
Les Voleurs
Fuera lo privado en museos, bibliotecas, monumentos arquitectónicos, salas de conciertos, librerías, estudios de grabación y de cine de todo el mundo.
Todo pertenece al inspirado y dedicado ladrón.
Todos los artistas de la historia, desde los pintores de las cuevas hasta Picasso, todos los poetas y escritores, los músicos y arquitectos ofrecen sus productos, presionando al ladrón como vendedores callejeros.

Le suplican desde sus aburridas mentes de niños de escuela, desde la prisión de la veneración acrítica, desde museos muertos y polvorientos archivos. Las esculturas extenderán sus brazos de mármol para recibir la vivificante transfusión de carne y las extremidades separadas injertadas en Mister América.
Mais le voleur n’ est pas pressé –el ladrón no tiene prisa. Antes de otorgar el honor supremo y bendito del robo, debe asegurarse de la calidad de la mercancía y de la adaptabilidad para su fin.
Palabras, colores, luces, sonidos, piedra, madera, bronce, pertenecen al artista vivo. Pertenecen a cualquiera que pueda usarlo. ¡Saquea el Louvre! A bas l’ originalité, el estéril y aseverativo yo que aprisiona lo que crea. Vive le vol , puro, desvergonzado, total. No somos responsables. Roba todo lo que esté a tiro."
 
Nota: el siguiente artículo apareció en The Adding Machine (Collected Essays), John Calder Edit., London, 1985.
Traducción: Milita Molina

Levantado por El Santi de la revista:  La Periódica-Edición Dominical.

2 de mayo de 2010

"A FÚRIA DO CORPO" - Joao Gilberto Noll

JOAO GILBERTO NOLL  (Porto Alegre 1946)

Por estos lados no sabemos casi nada de los escritores actuales brasileños.
Me enteré de la existencia de este tipo por una nota de "Brecha" que anunciaba la edición en español de 2 de sus novelas: "Harmada" y "A fúria do corpo".Me dije que tenía que leerlo, pero si era cierto lo que decía la nota acerca de su lenguaje, mejor sería leerlo en portugués.
Entonces le encargué los libros a una sobrina brasilera.

 


Tiene una escritura que te golpea. No te da tregua. Te asquea. Te envuelve. Te hace seguir leyendo. Te hace tener ganas de no leerlo más. No te deja pensar mucho. No le importa si no pensás. Él tampoco parece pensar. En gran parte de sus novelas hay trechos de una gran sordidez y procacidad, que no traduciré para que no me cierren el blog. Tendrán que leer sus libros para conocer al Noll pornógrafo.
Está claro que ese señor no escribe con la cabeza, sino con el cuerpo.
Es más o menos lo que dice en una entrevista que le hicieran hace un tiempo al preguntarle si su escritura tenía un costado metafísico:

"Estoy completamente de acuerdo. Tal vez porque viví una infancia bajo el yugo del catolicismo, acostumbrado a la tradición de la gula hacia eso que nunca tendremos: la vida eterna. Hoy, como ateo, es posible que escriba ficción intentando extraer un flujo hipnótico de esa existencia vetusta. Soy un autor pasional, nada cerebral. Encuentro mis narrativas a través del lenguaje y no a la inversa. Primero viene la voz, luego la trama. Y el resultado, tal vez, es una prosa con materialidad poética. Sin olvidar la violencia, el carácter como de alquilado que puede tener la prosa. Pienso que el estilo puede ser una suerte de somatización del contenido de la ficción. Busco huir de la prosa neutra, amorfa en la superficie, lenguaje que sería equivalente al del cine por televisión. Mi utopía particular es que la literatura pueda contener a la música, la mayor de las artes. Digo mayor porque no precisa materializar ideas, es algo no intelectual. Estoy separando aquí las letras de las canciones. Mi formación primera fue en el canto lírico. La literatura puede ser una forma de oponerse a nuestra condición a través de un ritmo sumergido, un rayo sonoro en las bases del lenguaje."

No me puedo resistir entonces, a traducirles unos fragmentos de "A fúria do corpo", con la esperanza de inducirlos a conocer la escritura de este "gaúcho" y a tratar de comprender por qué estamos tan cerca y tan lejos de nuestros vecinos del norte. Agárrense los tolampa:
“--Hoy les voy a contar de cuando fui concebido. Me acuerdo de todo, o de casi, porque hay una especie de tabique entre mi concepción y yo, como si existiese un vidrio opaco, que no me permite ver el contorno exacto de las cosas, pero miren, una convulsión explota, veo partículas contorsionándose claras, muy claras en medio de una total oscuridad, yo veo ahora una encarnación terrible, amigos míos, terrible, ahora parece que el vidrio opaco se rompió y la cosa toma forma al fin ante mis ojos, es terrible, no se acerquen mucho porque es terrible ver la materia al fin instalada, en un aparente reposo, ella que no pedía su presencia, ella que no tenía ninguna necesidad de venir está ahora aquí, aprisionada por una forma, miren, mis hermanos, mírenme a mí y vean en qué fue a dar todo.”

“ mi nombre no. Vivo en las calles de un tiempo en el que dar el nombre es despertar sospechas. No me tome por ingenuo: nombre de nadie no. Llámeme como quiera. Fui consagrado a Juan Evangelista, no es que mi nombre sea Juan, absolutamente, no sé de cuando nací, nada, pero si quiere mi nombre busque en los recuerdos lo más inestable que le haya ocurrido. Mi nombre de hoy puede no reconocerme mañana. Por lo tanto no pego a mi cara un nombre preciso. Juan Evangelista dice que las naves del Fin no transportarán identidades sino un único cuerpo impregnado del UNO. No me pregunte entonces edad, estado civil, lugar de nacimiento, filiación, huellas del pasado, nada, el pasado no, nombre tampoco. Sexo, mi sexo sí: mi sexo está libre de cualquier ofensa, y es con él, sólo con él que abriré un camino entre tú y tú, aquí.”

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“Cuando nos encontrábamos vos me decías mi corazón me está doliendo, tocame aquí. Yo tocaba el corazón con la palma de la mano sobre tu pecho y sentía responder al corazón: latía allí otra vida que no era la mía, otro ser vivo en el misterio pero tan mineral que podía tocarlo, acariciarlo en mi ternura, apretarlo con el odio de quien posee lo que no es suyo y que sin embargo se da. Un corazón enamorado. El corazón latía hecho una paloma en mi mano, golpeaba contra mi tacto todo lleno de la fantasía madura, pronta a ser mordida: yo mordía el seno que guardaba el corazón y vos me decías vení, y en cada invitación una curva más del laberinto se dibujaba; yo enfrentaba una nueva curva y me perdía una vez más yendo a tu encuentro. Y cada encuentro nos recordaba que el único camino es el cuerpo. El cuerpo.”
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Página Web de Noll


13 de febrero de 2010

CLARICE LISPECTOR - Malestar de un ángel


Hace un tiempito que estoy como loco con la literatura brasileña.
Me parece que tienen "eso" que me cuesta encontrar en la escritura en castellano. Entonces me puse a leer todo lo que pude pero en portugués, porque en eso está la gracia: Machado de Assís, Joao Gilberto Noll, Ivana Arruda Leite, etc- y por supuesto-Clarice Lispector.
Mi portugués es, por decirlo delicadamente, más bien silvestre, aprendido a los porrazos en almacenes de barrio en Brasil y en charlas con pescadores, vendedores ambulantes, peluqueros, vagabundos y curas. Pero me da para leer. Digamos que es más fácil leer a cualquiera en Portugués que preguntarle la hora a un carioca por la calle y entenderlo. O pedir un paquete de cigarros en una "banca" y que te entiendan la marca. Por ejemplo vos pedís cigarros "Holliwood" y ta clavado, decís "jolibud" y te miran como si los estuvieras puteando y después de mucho transpirar el "cara" te dice: "Hein!! o senhor quer olibuyi!"
Bueno, pero así y todo, con mi portugués que no tiene nada que ver con la academia, me propuse traducir un texto de C.Lispector. Porque la mina me fascina. Y porque me hubiera gustado ponerlo en portugués, pero algún amigo hubiera entendido el texto, otros hubieran entendido poco y otros me habrían mandado a cagar porque no iban a entender nada y no lo iban a leer.
Así que por eso lo traduje, para compartirlo con ustedes, aunque pierda mucho el texto así, traducido por un atrevido. Pero es lo que hay, valor.
Y quedó largo como la gran puta, igual que esta pesada introducción.
Sí, ya sé, son cosas muy largas para blog.
Los que quieran lo leen.
Los que no, no lo leen.
Los más exigentes salgan a buscar una traducción como la gente en Google, que no sé si hay.
Y lo mejor es que busquen el texto en portugués, que si lo hay.
A mí me hubiera gustado traducir "Os desastres de Sofía", que es una joya, pero es muy largo y ese sí que ya está traducido por verdaderos traductores.
Aclaro también que respeté casi estúpidamente la puntuación original. Es una traducción casi literal.


MALESTAR DE UN ÁNGEL


Al salir Del edificio me poseyó lo inesperado. Lo que antes fuera solamente lluvia en el ventanal, empañado de cortina y abrigo, era en la calle la tempestad y la noche. ¿Todo esto se hizo mientras yo bajaba por el ascensor? Diluvio carioca, sin refugio posible, Copacabana con agua entrando en las tiendas bajas y cerradas, aguas espesas de barro hasta el medio de la pierna, el pie tanteando para encontrar calzadas invisibles. Hasta movimiento de marea había ya, donde se juntase bastante agua comenzaba a actuar la secreta influencia de la Luna: ya había flujo y reflujo de marea. Y lo peor era el temor ancestral grabado en la carne: estoy desprotegida, el mundo me expulsó para el propio mundo, y yo que sólo quepo en una casa nunca más tendré casa en la vida, este vestido ensopado soy yo, los cabellos chorreantes nunca se secarán, y sé que no seré de los escogidos para el Arca, porque ya seleccionaron la mejor pareja de mi especie.

En las esquinas los autos el motor paralizado y ni sombra de taxi. Y la alegría feroz de varios hombres finalmente imposibilitados de volver a casa. La alegría demoníaca de los hombres libres amenazaba aún más a quien sólo quería su casa propia. Caminé sin rumbo calles y calles, me arrastraba más que caminaba, lo peligroso era parar. Sólo conseguía disfrazar mi desmedida desolación. Alguien, radiante debajo de una marquesina, dice: -qué coraje, eh, doña! No era coraje, era exactamente miedo. Porque todo estaba paralizado, yo que tengo miedo del instante en que todo se detenga, estaba obligada a andar.

Y ahí es que en las aguas veo un taxi. Avanzaba cuidadosamente, casi centímetro a centímetro, tanteando el piso con las ruedas. ¿Cómo me apoderaría de aquel taxi? Me acerqué. No podía darme el lujo de pedir, me acordé de todas las veces en que por haber tenido la dulzura de pedir, no me dieron. Conteniendo la desesperación, lo que siempre me da una apariencia de fuerza, le dije al chofer: “usted me va a llevar para casa! es de noche! tengo hijos pequeños que deben estar asustados con mi demora, es de noche, oyó?!” Para mi gran sorpresa el hombre dice que sí. Todavía sin entender, entré. El auto apenas se movía en las olas barrosas, pero se movía-y llegaría. Yo sólo pensaba: yo no valgo tanto. Al rato ya estaba pensando: soy yo la que no sabía que valía tanto. Y al rato era el ama de casa de mi taxi, ya tomé posesión del derecho de lo que me fuera dado gratuitamente, y enérgicamente tomaba medidas útiles: torcía cabellos y ropas, me sacaba los zapatos ablandados, me secaba el rostro que más parecía haber llorado. La verdad, sin pudor, es que había llorado. Muy poco, y mezclando motivos, pero llorado. Después de ordenar mi casa, me recosté bien confortable en lo que no era mío, y desde mi Arca presencié acabarse el mundo.

Una señora se acercó entonces al auto. Como éste avanzaba lentamente, ella pudo acompañarlo agarrada en aflicción al pestillo de la puerta. Y literalmente me imploraba compartir el taxi. Era demasiado tarde para mí y su itinerario me desviaría de mi camino. Recordé sin embargo mi desesperación de hacía cinco minutos y resolví que ella no pasaría por lo mismo. Cuando le dije que sí, su tono implorante cesó, sustituido por una voz extremadamente práctica: “Bien, pero espere un poco, voy hasta aquella transversal a buscar en la casa de la costurera el paquete del vestido que dejé allí para que no se mojara”. “¿Estará ella aprovechándose de mí?”, me pregunté en la vieja duda de si debo o no dejar que se aprovechen de mí. Terminé cediendo. Ella demoró lo que quiso. Y volvió con un enorme paquete apoyado en las manos extendidas, como si hasta su propio cuerpo pudiese manchar el vestido. Se instaló totalmente, lo que me dejó tímida en mi propia casa.

Y comenzó mi calvario de ángel, pues la mujer, con su voz autoritaria, ya había comenzado a llamarme ángel. No podría ser menos conmovedor su caso: aquella era la noche de una première y, si no fuese por mí, el vestido se estropearía en la lluvia o ella se atrasaría y perdería la première. Yo ya había tenido mis premières, y ni las mías me habían conmovido. “Usted no sabe el milagro que me acaba de pasar”, me contó con firmeza. “Comencé a rezar en la calle, a rezar para que Dios me enviara un ángel que me salvase, hice la promesa de no comer casi nada mañana. Y Dios me la mandó a usted.” Con embarazo, me revolví en el asiento. ¿Yo era un ángel destinado a proteger premières? la ironía divina me avergonzaba. Pero la señora, con toda la fuerza de su fe práctica, y tratábase de una mujer fuerte, continuaba autoritariamente reconociendo al ángel en mí, lo que sólo poquísimas personas han reconocido hasta hoy, y siempre con la mayor discreción. Intenté con torpeza la liviandad de un sarcasmo: “No me sobrevalore, soy solamente un medio de transporte”. En tanto que a ella ni se le ocurrió comprenderme, yo a disgusto percibía que en verdad el argumento no me exoneraba: los ángeles también son un medio de transporte. Intimidada, me callé. Me quedo muy impresionada con los que me gritan: la mujer no gritaba, pero claramente mandaba en mí. Imposibilitada de enfrentarla, me refugié en un dulce cinismo: aquella señora, que hablaba con tanto vigor de su propio éxtasis, debía ser mujer habituada a comprar con dinero y seguro terminaría por agradecer al ángel con un cheque, teniendo en cuenta que la lluvia habría lavado ya toda mi distinción. Con un poco más de confortable cinismo, en silencio, le declaré que el dinero sería un medio tan legítimo como cualquier otro de agradecer, ya que su moneda era verdadera moneda. O bien-me divertí- me podría dar en agradecimiento el vestido de la première, ya que lo que ella debería agradecer no era tener un vestido seco, sino haber sido alcanzada por la gracia, es decir, por mí. Dentro de un cinismo cada vez mejor, pensé: “Cada uno tiene el ángel que merece, vea qué ángel le tocó; estoy codiciando por pura curiosidad un vestido que ni siquiera vi. Ahora me gustaría ver cómo se arregla su alma con la idea de un ángel interesado en ropas”. Me parece que, en mi orgullo, yo no quería haber sido elegida para servir de ángel a la estupidez ardiente de una señora.

La verdad es que ser ángel había comenzado a pesarme. Conozco bien ese proceso del mundo: me dicen bondadosa, y por lo menos durante algún tiempo se me complica para ser mala. Comencé también a comprender cómo los ángeles se fastidian, ellos sirven para todo. Eso nunca me pasó. A menos que yo fuese un ángel muy por debajo en la escala de los ángeles. Quién sabe, incluso, si no era yo solamente aprendiz de ángel. La alegría satisfechona de aquella señora comenzaba a dejarme sombría: estaba haciendo de mí un uso exorbitante. Hizo de mi naturaleza indecisa una profesión definida, transformó mi espontaneidad en deber, me encadenaba, a mí, que era ángel, lo que a esta altura yo ya no podía negar, pero ángel libre. Quién sabe, sin embargo, si yo solamente había sido mandada al mundo para aquel instante de utilidad. Era eso, entonces, lo que yo valía. En el taxi, yo no era un ángel caído, era un ángel que caía en sí. Caí en mí y fruncí el ceño. Un poco más y le hubiera dicho a aquella de quien yo era con tanto rechazo el ángel de la guardia: hágame el obsequio de bajarse ya e inmediatamente de este taxi! Pero me quedé callada, aguantando el peso de mis alas cada vez más aplastadas por su enorme paquete. Ella, mi protegida, seguía hablando bien de mí, o más bien, de mi función. Me enojé. La señora lo notó y se calló un poco molesta. Ya a la altura de Viveiros de Castro la hostilidad se declaró, muda, entre nosotras.

-Escuche, le dije de repente, ya que mi espontaneidad es cuchillo de dos filos también para los otros, el taxi me va a dejar en casa antes y recién después sigue con usted.

-Pero, dice ella sorprendida y comenzando a indignarse, después voy a tener que dar una vuelta enorme y me voy a atrasar! es solamente un pequeño desvío para dejarme en casa!

-Será, respondí seca. Pero no puedo entrar en el desvío.

-Yo pago todo! me insultó ella con la misma moneda con la que había recordado agradecerme.

-Yo soy quien paga todo, la insulté.

Al saltar del taxi, como quien no quiere la cosa, tuve cuidado de olvidar en el asiento mis alas plegadas. Salté con la profunda falta de educación que me pone a salvo de abismos angelicales. Libre de alas, con la gran estela de una cola invisible y con la altivez que sólo tengo cuando para de llover, atravesé como una reina los anchos umbrales del Edificio Visconde de Pelotas.

LISPECTOR, CLARICE. Mal-estar de um anjo. en Para Não Esquecer. São Paulo, Ática, 1984

27 de noviembre de 2008

EL AMOR PROPIO según WIMPI

WIMPI



ASPECTOS SORPRENDENTES DEL AMOR PROPIO

El espectáculo del llamado "amor propio" confirma, acabadamente, aquella vieja especie de que "hay amores que matan".
Porque cuando uno quiere una cosa, la quiere, la limpia, la pule, la lustra, la poda.
En cambio cuando el tipo se quiere a sí mismo, hasta el punto de configurar el caso de una "persona de amor propio", se deja silvestre nomás.
La "persona de amor propio" ni se piensa, ni se analiza, ni se explora, ni se sabe.
Y la fe que se tiene es una especie típica de superstición...
Cree, en efecto, en ella misma, como cree en cualesquiera agorerías: la del trébol de cuatro hojas, la del cura de frente, la de los tres primeros marineros hallados al paso, la del gato negro, la del carro de pasto.
Y el tipo vive feliz así.
Debe ser el único caso en el mundo de un espectáculo feliz que causa una impresión desgraciada en aquellos que aspiran a ser felices como hay que serlo para cumplir con Dios en el cielo y con los vecinos en la tierra.
El tipo de amor propio habla siempre en primera persona:
-Porque en ese momento YO ... Cuando YO estaba ... Al YO salir ...
Y cuando tiene que referirse a él y otro, indefectiblemente, ingenuamente, comienza:
-Ibamos yo y fulano...
De la misma manera que Juan Ramón tituló a su libro "Platero y yo", siendo Platero, como se sabe, su asno.
Claro que Platero era un burrito de cristal que entendía las noches con estrellas y se admiraba de las mariposas azules.
El tipo de amor propio diríase que vive de espaldas al mundo, vuelto sobre sí mismo, pegado contra sí mismo como un mejillón.
Pero hay un aspecto sorprendente en esto del amor propio: cuando se trata de aparatos de radio, el del tipo "agarra" de cualquier parte sin antena; cuando se trata de beber, el tipo aguanta un kilo de whisky sin que se note; cuando se trata de mujeres, el tipo no da abasto...
Ocurre, sin embargo -y este era el aspecto sorprendente- que cuando se trata de enfermedades, nunca, nadie, estuvo tan grave como el tipo.
Cuando alguno le da la noticia de que le sacaron el apéndice, él recuerda su caso:
-¡No me hable de apéndice, mire!
-Fue un momentito, ¿eh? Al día siguiente ya estaba sentado en la cama.
El tipo sonríe con inusitada suficiencia.
-¡Sentado en la cama! A mí, cuando me operaron... ¡dos de reloj en la mesa! Una carnicería. Los médicos ya creían que... Parece que lo tenía pegado y entonces ellos, seguro .. Pero fue algo, mire... ¡algo!
El tipo entrecruza las manos como si fuera a rezar o como si estuviera pidiendo otros quince días de plazo.
Lo mismo acontece con las llamadas "puntadas".
-¿Qué le pasa que se toca seguido ahí?
-Una puntada.
-¡A mí, cuando me agarran... ¡ es pa-vo-ro-so! ¡ Acá... ¿ves? ... cuando me agarran, me agarran acá. ¡Qué sé yo cuántos médicos me...! Que los rayos, que análisis, el metabolismo...
No saben lo que es. Pero me dijeron que había sólo dos casos como el mío.
El tipo propala la versión con cierto espeso énfasis de teatro italiano.
Y repite, circunscribiendo, para jerarquizarla, la importancia de su vicisitud:
-Dos casos, nomás. Uno creo que en Suiza y el otro en Norteamérica.
El del tipo, en el país, es el único.
La "persona de amor propio", pues, no sólo aspira a ser primera en el amor, en el talento, en la lucha romana, en el beber, en el conseguir arroz sino que, también, en la peritonitis y en las dobles fracturas.
-¡El codo! ¿Se da cuenta? ¡El codo, nada menos! Creían que iba a quedar con el brazo inútil. Todo el peso del cuerpo. El que me puso el yeso me lo dijo:
-Como su caso, hubo otro nomás. Pero hace años y no acá ...


Esto es de Arthur García Núñez, humorista y periodista uruguayo nacido en Montevideo en 1906 y fallecido en Buenos aires en 1956. Hay varios libros publicados que recopilan sus célebres audiciones radiales en Buenos Aires.
Hay quien dice que es el “abuelo” de Dolina y de Juceca.


Yo digo que también es el “bisabuelo” de Andal13.

19 de noviembre de 2008

DE FONTANARROSA - Un cuento que viene a cuento


A PROPÓSITO DE: "EL PÁRPADO TEMPRANO"

Con la reedición, tardía justicia pero justicia al fin, de su libro de aforismos "El párpado temprano", vuelve a estar en boca de todos el nombre y el intelecto de Don Ismael de Alfonso. Y por supuesto, la obra de quien fue tan insigne pensador, preclara luz de sabidu­ría entre tanta chatura y bizarría, vuelve a discutirse y estudiarse desde puntos de vista, ora sinceros, ora lú­cidos, pero casi nunca cercanos a la verdadera dimen­sión humana de quien fue gigante de nuestro ideario nacional.
Yo creo que la misma estatura intelectual de Don Ismael colaboró, sin quererlo, para que muchas per­sonas ávidas de abrevar en sus conocimientos no se animasen a acercarse a su figura elegante y señorial, intimidados por la galanura de su verbo y el respeto casi rayano en la veneración que inspiraba su solo nombre.
Pero bastaría preguntarle a cualquiera de los que constituimos su grupo de amigos, grupo pequeño, hay que reconocerlo, sobre las características más íntimas y confidenciales de Don Ismael de Alfonso, para desa­tar un aluvión de anécdotas, de sucesos, que gratifi­carían ampliamente la maravillosa madera que constituía la fibra afectiva de Don Ismael, como lo llamába­mos nosotros.
Me honró con su amistad, sí, me halaga el decirlo, y con el paso inflexible del tiempo, aún apenado por su desaparición física (sólo me consuela de vez en cuando releer sus máximas) me reconforta a veces el pensar que mi pequeña, humilde entrega amistosa entre tantos otros esclarecidos personajes de la noche rosarina, alegró la madurez del autor de "El párpado temprano", "Ventana a mí mismo" y tantas otras obras de cuño mayor.
Éramos una "barra" alegre y dicharachera y sería injusto dejar de mencionar a Carlitos Abramhian (el Negro Abramhian), Don Faustino Guirnalda (amador y romántico a la vieja usanza, delicioso acuñador de piropos), Gastón Murialdo Tevez (ese maravilloso poeta que tan joven nos robó una aguda tendinitis) el Gordo Garcilazo (un pintor que por pudor, casi ol­vidada virtud, nunca mostró sus óleos y a quien nadie conoció en el más brillante de sus rasgos: el de en­diablado bailarín de tangos de Le Pera) y Marcelito Agustín Cantero, Lito para nosotros, dotado de esa maravillosa voz de tenor que en tantas tenidas inte­lectuales nos deleitaba recitando a pura memoria frag­mentos de "La Tricota" u otros poemas épicos.
Pero era Don Ismael de Alfonso quien nos convoca­ba con la magia de sus conceptos y sus silencios car­gados de significaciones.
Y de su severidad tan mentada... ¡Valgan algunas anécdotas para comprobar si era tan cierta, o si sólo pretendía encubrir una cristalina sensibilidad, una provinciana timidez, y una singular propensión a la neumonía!
Recuerdo que muchas veces en que yo solía llamarlo por teléfono (lo hacía casi todos los días con el so­lo motivo de escuchar su voz enriquecida por la ca­rraspera) me atendía él en persona pero fingía la voz de su tía Edelweiss (que lo acompañó en toda su se­nectud) para decirme:
—Don Ismael de Alfonso ha ido a las aguas terma­les-. Yo podía reconocerlo por su tos y por el simple hecho de que su tía tenía un marcado acento alemán, pero aun alguien como yo, tan entrañablemente liga­do a Don Ismael, hubiese podido confundirse ante lo prodigiosamente exacto de la imitación. Y ésta era una particularidad de Don Ismael muy poco conocida entre sus estudiosos y seguidores, dado que sólo la manifestaba en rueda de amigos y que conmigo, más que nada, se solazaba en practicar.
De su sentido del humor, ya dan buena cuenta sus aforismos, donde el humor se trasluce, se mimetiza bajo una aparente pátina austera y hasta pomposa.
Pero ése, el de sus libros, era un sentido del humor sopesado y técnico, que manejaba como muy pocos lo han manejado en la literatura latinoamericana, y yo quisiera referirme a ese otro humor espontáneo, fres­co, "de esquina" como él mismo solía definirlo. El humor de "salidas" rápidas, chispeantes, donde el re­truécano y el chascarrillo restallaban en la réplica ve­loz e intencionada.
Recuerdo que una tarde llegué a "El Botalón", aquel querido y recordado "boliche" de Pasco y Sar­miento que luego el nefasto y mal entendido progreso echó por tierra para transformarlo en un sanatorio, y me acerqué a la mesa presuroso para obsequiar a Don Ismael con un par de jabones de coco que había com­prado en la estación de Sunchales. Ya estaba toda la "barra" reunida, un movimiento algo torpe mío hizo que una de las copas se volcase derramando su conte­nido. Y recuerdo con claridad que Don Ismael, sin mi­rarme dijo: "¡Pero mire que hay que ser pelotudo, González!". Él era así, siempre la frase oportuna, la ocurrencia a flor de labios.
Me desconcertaba, además, con su versatilidad, su profundo conocimiento sobre temas de diametral di­versidad, incluso algunos muy alejados de su específi­ca visión espiritualista de las cosas. Pero está compro­bado que para un pensador de su valía, ninguna temá­tica quedaba fuera de su investigación clarificante.
En muchas ocasiones, yo mismo, al llegar a la ami­gable mesa de "El Botalón", sorprendía a Don Ismael discutiendo con Lito Cantero sobre la masa específi­ca del plomo, la densidad plúmbica, sus propiedades y características. Recuerdo que a veces, continuaban hablando de ese tema, enfrascados en la discusión, sin mirarme. Incluso a veces, estallaban en carcajadas, con esa peculiar habilidad que tenía Don Ismael para impregnar de humor aun charlas en apariencia tan ca­rentes de humanismo, como ésas.
Pero, hasta en rueda de amigos, Don Ismael tenía su disciplina de trabajo y sabía hacerse tiempo para res­catar, incluso de momentos que parecían tan sólo de solaz y esparcimiento, conclusiones profundas y de sorprendente sencillez. Muy a menudo, cuando ya todos se habían marchado y yo me quedaba a los efectos de no dejarlo solo, Don Ismael me decía: "Perdoname González pero tengo que pensar".
Se repantigaba entonces en alguno de los sillones que tenía "El Botalón", cerraba los ojos y comenzaba su fecundo discurrir por el mundo de sus máximas. Puedo decir que a mí solo me concedía ese raro privi­legio de asistir al nacimiento de nuevas conclusiones, nuevos pensamientos que acercarían a tantos argenti­nos a las verdades absolutas.
Pero a veces mi vigilia tenía su premio. Tras pasar una o dos horas sentado junto a él, escuchando cada tanto esa suerte de ronco gorgoteo que (luego me ex­plicaba) acompañaba a la aprehensión de certeras de­finiciones, abría sus ojos enrojecidos por el esfuerzo y me decía cosas como: "¿Qué hora es?" con esa per­manente curiosidad por lo que lo rodeaba.
Lo que sí puedo consignar es que Don Ismael de Alfonso era un hombre de carácter variable, cosa lógi­ca entre aquellos a quienes su sensibilidad transporta desde las cúspides más elevadas de la euforia a los po­zos más oscuros de la depresión.
No era ajeno a mi costumbre averiguar en dónde se llevaban a cabo las reuniones a las que concurría Don Ismael, y allegarme a ellas. Vuelve a mi memoria una en casa del pobre Don Faustino Guirnalda. Desde la puerta pude comprobar que Don Ismael se hallaba de un humor excelente, rodeado de gente; hablaba casi a los gritos, cantaba estrofas sueltas de "La Verbena de la Paloma" y hasta aventuró unos pasos de sardana antes de enredarse con una cortina. Cuando me acer­qué yo, para darle un frasco de alcaparras en vinagre que había comprado para él, ya había cambiado de ánimo. Cayó en una depresión malhumorada, no ha­bló una palabra más, podía escuchársele maldecir por lo bajo, y eso a pesar de que yo me mantuve toda la noche a su lado consciente de que algún quizás re­moto problema del mundo se le había cruzado por la mente y en esas ocasiones había que apuntalarlo.
Tenía actitudes, dentro de su aparente lejanía (que han solido confundir con frialdad) que podían llegar a conmoverme. En una ocasión me regaló una caja de madera con puros. Unos cigarros excelentes, de hoja cubana, que para ese entonces debieron costarle sus buenos pesos. En virtud de nuestra amistad no podía cometer la descortesía de no fumarlos, a pesar de que yo nunca había llevado ni un simple cigarrillo a mis labios. Fumé tres al hilo en su presencia ante la aten­ta admiración (y quizás envidia) del resto de la barra. Hasta que uno de aquellos cigarros estalló y aparte de chamuscarme totalmente el bigote y la patilla del cos­tado derecho (se usaba larga), me redujo la ceja de ese flanco a un matorral calcinado que aún conservo. Todos reímos mucho y Don Ismael me confió que so­lamente a mí podía haberme hecho esa inocente bro­ma, ya que el resto de los muchachos no tenía sentido del humor, ni mi amplitud de criterio como para comprenderla.
Desgraciadamente, no pude estar presente en el momento de su deceso. Averigüé la dirección de la clínica donde se hallaba internado pero por una falla en la información fui a dar a la otra punta de la ciudad con mi ramo de flo­res y un fuentón de loza esmaltada que le llevaba de regalo. Así y todo, supe (con lágrimas en los ojos) que sus últimas palabras fueron para mi humilde persona: "No le avisen a González" me contaron que dijo cuando vio que la sombra de la muerte se lo llevaba. Era su postrer voluntad para evitarme el dolor al co­nocer la noticia.



Roberto Fontanarrosa. Rosarino. Escritor. Dibujante. Gran tipo. No se murió nada.

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