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8 de abril de 2014

ROJO



Era un viernes 17, de octubre creía, o de abril tanto daba. Un día cualquiera que como todos los días nunca es cualquiera. Se preparó cuidadosamente para la operación, siguiendo el riguroso protocolo indicado para este tipo de procedimiento. No por profesionalismo o por responsabilidad. Por simple costumbre nada más. Hay magia en esos movimientos que se repiten por repetirse siempre igual a sí mismos mudos de preguntas. Pensó que estaba engordando demasiado y que debería comprarse una túnica más grande, esta ya le tironeaba en los botones. Afortunadamente la ropa de papel esterilizado disimulaba todo. Como Agustina, que siempre iba sin nada debajo. Y él veía más sin ver que viendo. También pensó que tendría que hacer lavar la camioneta, cosa que venía postergando ya hacía semanas y Graciela iba a terminar sintiendo el perfume de Agustina. Pensó también que seguramente debería tomar menos whisky en días de guardia quirúrgica.  Mientras se lavaba parsimonioso las manos, se miró en el espejo y se dijo que con suerte no se le notaría mucho el mareo si no le veían los ojos algo hinchados y rojizos. Se tambaleó ligeramente al entrar al quirófano y los médicos asistentes y enfermeras le resultaron graciosamente parecidos a astronautas. Con sus botas de papel. Un mundo de papel y metal encandilados.  Sin gravedad, flotando en la esterilidad de esa habitación que siempre le había recordado a  un módulo espacial, algo fuera de la realidad. La luz inhumana. El sonido metálico de los instrumentos esterilizados rebotando con fría crueldad en los azulejos, esos que siempre contaba compulsivamente para no pensar en nada. Y los  autómatas sin cara y gorras de baño. Celeste contra blanco y el brillo del metal de las camillas. Nunca se acostumbró a eso. Ni se sintió parte de ese mundo paralelo, siempre lo miró de afuera. Se acercó a la mesa, vio los campos descubriendo la zona de batalla en el cuerpo del paciente. Objeto, se repetía siempre, un objeto me repito y no un sujeto es lo operable. Un sujeto me resultaría inoperable. De pronto mi vida se ha ido quedando vacía de sujetos y colmada de predicados también vacíos. ¿Dónde habré dejado la botella? No recuerdo si esta cosa es la vieja de la 112 o la de la 107. No recuerdo si debo practicar una colostomía o una histerectomía. No tuve tiempo de mirar la planilla y las placas. De todas formas digo con seguridad al espectro que supongo es Agustina: “Bisturí, y tengan prontos el aspirador y los separadores”. Yo estoy jugado ya. La vieja ya está jugada. Tengo una imperiosa necesidad de rojo y de dados en el aire. Y de pájaros muertos en la carretera. Esa arteria me tienta a seccionarla con una fuerza más grande que el amor. Sigo pensando en el lunar en el hombro de Agustina y en dónde habré puesto la botella. El rojo ya lo cubre todo.

santi

4 de noviembre de 2013

LA SILLA




 Pasó las horas de muchos años sentado en la silla. Su única silla. Linda silla de la que se podría decir que era austera pero él no lo podía decir porque nunca había visto una silla que no lo fuera y porque no tenía la palabra para decirlo, así que bueno, la silla no era austera.

Patas gruesas, de pino. Respaldo firme de cardo trenzado, como el asiento. Del abuelo fue. Se podría decir que era su única silla pero se estaría mintiendo. Él tenía dos, la silla de afuera y la silla de adentro que eran la misma y que perdían su mismidad cada vez que el viejo la sacaba o la entraba.

Cuando estaba adentro la silla era amarilla y el viejo oía bien clarito que  conversaba en voz baja con la caldera o con el mate y le decía algo a las alpargatas de suela de sisal, algo que él no podía oír, eran palabras que no sonaban, como casi todas las que dicen algo.  

Cuando estaba afuera, en la vereda mitad ladrillo mitad pasto, paralela a la ruta, la silla se mantenía en silencio y era gris. O era naranja cuando el sol se ponía sin nubes justo allá dónde empezaba o terminaba la ruta. El tiempo le fue deshilachando un poco las trenzas de cardo. Y el pasto húmedo le fue pudriendo también un poco las patas de adelante, porque las de atrás, el viejo siempre las apoyaba en el ladrillo. Le gustaba sentir hundirse un poco las patas en la tierra. Y acomodar  la silla y jugar a que se hundiera un poco más del lado derecho que del izquierdo. El cardo deshilachado le hacía cosquillas en los muslos a través del pantalón. El pantalón no era el único que tenía, pero sí el único que se ponía, pero esa es otra historia que no voy a contar ahora.

Ni después tampoco.

Hace años las cosquillas del cardo lo molestaban, pero ya no. Sentía que era la forma que tenía la silla de hablarle a él porque las palabras calladas de la silla valían solamente para la caldera y el mate. Y para las alpargatas. El viejo sentía que con los pinchazos, la silla le decía algo pero también desconfiaba que la silla le mentía. Sabía que con el mate y la caldera hablaba por hablar la silla, pero que con las alpargatas era distinto. Las alpargatas eran la únicas que sabían la verdad, estaba seguro, pero no le importaba mucho, nunca había sido muy curioso.



Que el pueblo era como un telón plano de teatro visto del otro lado  de la ruta, el viejo no lo podía decir ni lo podía pensar ni lo podía saber porque nunca había cruzado la ruta y no sabía lo que era un teatro. Algún viajante de comercio, de los que venían al almacén de al lado lo había dicho.

Y el viejo asintió sin entender, igual que hacía cuando los pinchazos del cardo de la silla le hablaban. Siempre supo que entender y no entender era lo mismo. No lo pensó, lo supo.

Pueblo de un lado solo. Cuatro cuadras. Franja de casas calladas, dibujadas por trazos de ladrillos desnudos de revoque. Callecitas de tierra que se perdían enseguida en la nada sólida del campo.

Y en el medio, justo ahí, en el medio, el viejo y su silla, horas y años sumidos en su charla sin palabras.



Y la cosa empezó un día cualquiera si es que los días cualquiera existen.



A pesar de tener la piel de la planta de los pies bastante curtida sintió que el sisal de las alpargatas lo empujaba hacia delante. Hacia la ruta. Un gusaneo pinchudo, suave.



Un borrón rojo el pueblo para los que pasaban en el ómnibus que casi nunca paraba.

Un borrón plateado el ómnibus para el viejo que casi nunca miraba.






Y bueno.



Que las alpargatas lo hicieron mirar más de lo que él hubiera querido cuando el ómnibus paraba un rato allá del otro lado, tan cerca pero tan lejos. Y las caras en las ventanillas, nubladas por los reflejos en los vidrios sin ver nunca al viejo, siempre mirando adelante siempre hacia la ciudad invisible imposible impensable, que tendría tantas cosas que quizá no tuviera ninguna.



Ese día cualquiera alguien miró. Lo miró.

Pañuelo en la cabeza, cara redonda pecosa, blusa abierta y un calor naranja que traspasó la ventanilla y lo envolvió al viejo en un juvenil calofrío.

Las alpargatas empujaron más que nunca.

Se paró. Miró la silla. La acomodó un poco. Alisó el cardo con la mano.

Se dejó caminar dos pasos hacia el ómnibus.

Se tanteó el bolsillo.

Tenía unos pesos para el pasaje.

Se dejó llevar otros dos pasos por el sisal empecinado.

Se sacó las alpargatas.

Las dejó en el borde de  la ruta.

Volvió descalzo, caminando hacia atrás sobre el pasto húmedo.

Se sentó en la silla.

Y dijo sin hablar:

“qué se le va a hacer…”

26 de febrero de 2010

Tomo y obligo


   El tipo estaba ahí, sentado en el bar pero con pinta de no querer estar, como con un desasosiego, yo qué sé, mucha bola no le di. El tipo tenía un cuaderno en la mesa y dale que va con la birome, con ese gesto de escribo no escribo.
Pensé que estaría escribiendo una carta para una mina, o, más probable, estaría por hacer las cuentas de algún negocio. Porque ya casi nadie le escribe una carta a una mujer.
Así que cero bola -a pesar de o justamente porque el tipo me miró con ojos ansiosos cuando entré- y me puse de espaldas en el mostrador para evitar que el loco me jodiera ese momento de soledad que disfruto tanto en los bares, una coca, una muzzarella con pimienta, una leidita por arriba al diario. Una soledad falsa, con gente y ruidos, la soledad que uno realmente busca para que la verdadera soledad no lo haga pelota. Pero no me gusta que me jodan. El gordo todavía no me había atendido. Y justo el pinta agarra, se levanta, se acerca al mostrador y yo, que lo veía reflejado en el espejo atrás de las botellas me la vi venir. La cosa era conmigo. Como siempre. Tengo un imán para los tipos que están al pedo en los bares o en la calle. Yo qué sé, inspiro confianza, tengo cara de idiota que escucha. Y me preparé para oír alguna pena de amor. “Tomo y obligo” me dije. El ambiente se prestaba para eso, mostrador, foto de Gardel amarillenta en la pared, Dogomar en un recorte de diario amenazando una piña, un poco más arriba. Bastante tanguera la escenografía y esa jodida debilidad mía de no querer herir a las personas.

Y el tipo va y me dice: ¿se tomaría una conmigo? Soy escritor y necesito su ayuda.

Ahí casi lo mando a cagar. No hay cosa que me joda más que los escritores de boliche. Me parecen falsos. Pero cierta expresión desesperada en los ojos del tipo me ablandó.

-¿En qué podría ayudarlo yo?-le dije-no estoy en el tema de la literatura o de editoriales.

-No, es que cualquiera me sirve, ¿usted cree que los escritores toman pastillas para dormir?

-Yo qué sé, los que conozco en general son medio borrachos y duermen bien.

-Bueno, entonces tengo razón en lo que pienso, seguro que los tipos no toman pastillas para dormir, por eso escriben como escriben, digo los escritores en serio, esos que siempre tienen tema, porque por ejemplo yo hace como diez años que no sueño cuando duermo, porque tomo pastillas y no sueño y entonces cuando escribo, escribo estupideces.

-¿Y eso qué tiene que ver?-le pregunté.

-Todo-me dice el tipo- porque nadie puede negar que la vida actual, por lo menos la de uno, clase más o menos media digo, que es la de la mayoría de los escritores, cuando uno está despierto, es bastante estúpida en general, la vida digo, aunque uno pueda tener un accidente o quedar varado en una zona roja a las tres de la mañana por idiota y perder el último ómnibus. En esos casos es mucho más interesante lo que uno se imagina que le puede pasar, que lo que le termina pasando. Y los miedos suelen ser más interesantes que las desgracias reales. Casi siempre las desgracias reales no tienen misterio; tienen dolor y tienen muerte y tienen mugre y tienen enfermedad o tienen hambre o tienen desesperación y son casi siempre en blanco y negro.
El miedo tiene misterio, la concreción del miedo no. Por eso soñar está bueno y es casi la única posibilidad de tener aventuras. Y muchas veces los sueños son en colores.

(al llegar a este punto la filosofía delirante del tipo ya me tenía un poco fastidiado)

-Bueno, debe tener razón usted, pero sigo sin entender en qué lo puedo ayudar-le dije.

-Es que el otro día soñé. Es mi oportunidad de escribir por fin algo. Soñé cuando logré dormir un poco sin whisky y sin pastillas pero no lo puedo escribir. Lo escribiría si me acordara bien, pero no me acuerdo bien. Por eso no lo escribo. Y ahí es cuando entra usted...

-¿Cómo yo? No pretenderá que yo se lo escriba.

-No, es que lo necesito a usted para contárselo, justamente porque no me acuerdo bien, necesito que suenen las palabras en el espacio y en su cabeza o en la de alguien antes que en la mía, ese es mi problema, no puedo escribir nada que no haya sonado antes, antes de escribir las palabras, intentarlas, inventarlas, porque al final de cuentas no hay forma de acordarse bien de nada. Es como dibujar en el aire. Porque un sueño, aunque inventado, siempre es un sueño. Al sueño se lo inventa siempre un poco al recordarlo e irlo armando en pedacitos, las pocas veces en que tomando el café en la mañana empieza a disiparse esa como bruma que siempre envuelve a los sueños y las partes empiezan a encajar como pueden, pero ese momento se me pasó y por eso lo necesito a usted. Así que escúcheme, solamente escúcheme...

    “...la mugrienta perra gorda se me acercó con el paso oscilante y distraído de las perras gordas. No me gustaron los ojos chicos de brillo apagado y llenos de lagañas, que no me miraban de frente. Perra redonda, de esas panzonas, el lomo plano de tan ancho, de patas cortas y pelo corto en el que la mugre se nota mucho más que en los perros peludos y yo les tengo miedo a los perros, miedo adquirido en mis tiempos de cartero en bicicleta por los barrios marginales, y la perra se me acercó y se echó a mi lado en la colchoneta rotosa esa en la que yo estaba acostado esa noche en ese corredor y no pude moverme ni salir de la situación a pesar de notar claramente la garrapata bastante grande que el inmundo animal tenía incrustada en una oreja pero yo estaba paralizado de asco y miedo. Miedo a no entender, a no saber que hacía yo en el corredor y en la colchoneta y además era como un corredor vereda, quiero decir que estaba adentro, pero daba también hacia afuera, y el afuera era tan oscuro y vacío que era preferible pensarlo como un muro negro, para no enloquecer, con piso de layota el corredor y del lado del adentro esas paredes de ladrillo sin revoque, asentados con barro, esos ladrillos libro grandotes, coloniales, que hoy no existen y la puerta podrida coronada por el mediopunto tan deteriorado y por caerse que pasaba una luz naranja por entre las fisuras de los ladrillos y el gordo ese ahí, recortado en el umbral, igualito a aquel armenio carpintero del barrio que siempre tenía aserrín en los pliegues de su gordura formando una pasta con el sudor y que exhalaba un olor diferente a todo, medio parecido al de la perra que ahora se apretaba a mi costado, pero más ácido, el olor del gordo digo, con unos gruñidos que no sé si eran de cariño o simplemente amenazadores, los de la perra.

Y a mí se me puso que el gordo era un hijo de puta y se me puso que detrás había alguien, detrás del gordo digo, pero el cuerpo del tipo tapaba toda la puerta y no me dejaba ver y yo no me atrevía a moverme para ver lo que había detrás porque tenía miedo que la perra me mordiera, esa perra color marfil que en realidad era blanca pero la mugre la volvía marfil viejo y esas tetas obscenas porque las tetas de las vacas nunca son obscenas pero las de las perras muchas veces sí, esa forma de alinearse, chatas y colgantes unas más grandes y otras más chicas como la loba de Rómulo y Remo que siempre me dio asco. Y el gordo así parado, recostado al marco de la puerta, que me miraba sin verme como si la perra estuviera recostada sola en la colchoneta mugrienta, y que tanto me miraba sin verme que llegué a pensar que quizá yo no estuviera allí.

Y ahí fue cuando la vi a la mujer detrás del gordo, la vi aunque yo no me había movido o la vi porque se movió la casa o se movió el marco de la puerta o no la vi con los ojos o el gordo era transparente y era delgada la mujer y tenía un pañuelo al cuello con lunares amarillos y era tan joven, que sentí algo punzante en el estómago cuando miré sus nalgas a pesar de estar ella de frente, las nalgas erizadas de pellizcones violetas, aleopardadas de hematomas, reflejadas en el espejo ovalado al fondo de la pieza de techo de chapa y sin cielorraso. Y lo peor sin embargo no era eso, lo peor era ese pelo corto marfil hediondo de la perra pegado a mi costado, porque acabo de recordar de que yo estaba desnudo, pero lo jodido era sentir eso, la picazón de la piel y la picazón del miedo, tenía miedo de transpirar y que la pestilencia de la perra se mezclara con mi sudor y me invadiera para siempre, pero ya estaba transpirando incontenible, mientras veía la camiseta igual de amarillenta y repugnante del gordo, pelirrojo, el de la cara rara de tan familiar, inaceptable familiaridad, con su sudor de sierra y pinotea en cada pliegue y cada poro y cada peca, y la cara esa cara. Pero lo jodido, lo más jodido, era el olor insoportable de mi cobardía mientras trataba de quedarme absolutamente inmóvil para que la perra que gruñía amenazadora o lasciva no oliera mi terror y el gordo no percibiera mi presencia, aunque seguro que ya la estaba notando y justamente por eso se dio vuelta con los ojos vacíos de sentido, se sacó el cinturón, entró en la pieza y porque sí, empezó a golpear a la mujer con la hebilla.

A la mujer violeta debajo de la luz naranja reflejada en el espejo ovalado que se proyectaba en el corredor de piso de layotas rojas a través del marco de la puerta coronada por el mediopunto de ladrillos biblia asentados con barro casi por desmoronarse que dejaban filtrar la luz.

A la mujer que mi cobardía no me permitía auxiliar y cuyas nalgas llenas de moretones que se me metieron por los ojos reflejadas en el espejo ovalado me produjeron una erección que me llenó de terror al pensar que la perra podría notarla, a la erección digo, y todo terminaría en una sangrienta, zoofílica y desgarradora fellatio y me llenó de terror haber quedado desnudo tan blanco ante mi vista y verme finalmente verme.

Mi cobardía me llenaba de un desprecio tan hondo por mí mismo que dolía.
Mi grotesca lujuria con vida propia que despreciaba mi miedo, mi espanto y mi vergüenza, me horrorizaba sin dejar de satisfacerme.

Y entonces la luz naranja se hizo más fuerte como si el espacio entre los ladrillos se agrandara, como si los muros estuvieran por caerse y rayos naranja cruzaron el corredor y se clavaron sobre la colchoneta y sobre la perra y sobre mi desnudez blancuzca y sobre las layotas gastadas y sobre el muro de oscuridad y el ruido de los golpes del cinturón resonó en el corredor y la silueta lila de la mujer se contorsionaba como una bailarina balinesa proyectada con un halo naranja sobre el rojo pardo viejo de las baldosas .

Y me dormí dentro del sueño y soñé que ya no era cobarde, que con mis dedos crispados y dueños de una inesperada y gozosa fuerza desgarraba la tráquea de la inmunda perra y la daba contra el piso aflojando las baldosas con el peso muerto de su redondo cuerpo repugnante, aplastándola, castigándola por mi perversa cobardía y que con una baldosa en la mano trasponía, traspuse ya sin miedo aquella puerta, destrocé el siniestro espejo ovalado y con un pedazo del mismo con forma de alfanje degollé al maloliente gordo, que ya sin su perra cancerbero había perdido toda energía, tomé a la mujer por la cintura con suavidad, para compensar la violencia y el dolor que segundos antes había sufrido, la cargué dulcemente sobre mi hombro sintiendo la tibieza de su carne lastimada y corrí y corrí por el corredor y traspasé y traspasé el muro blando y pegajoso de la oscuridad y después los pasajes de un confuso y miserable caserío hasta encontrar la luz blanca y protectora de la avenida, el amparo dudoso de las sombras que laten detrás de los focos de los autos.

Y ahí la deposité.
Lentamente.
Como en un ritual.
Y hablé.
Le pregunté su nombre.
Y ella habló.

Por primera vez oí su voz oscura hecha de moretones.

Habló desvaneciéndose en la leche de los focos, pasando del óleo a la acuarela, del violeta al color del papel, su mano aferrada hasta sangrar a un pedazo del espejo agudo como daga.

Y me dijo:
-No vuelvas más a soñar por acá.
No tengo nombre, ya no tengo quien me nombre.
Me cagaste la vida.
La próxima vez que sueñes andá a soñar a la concha de tu madre...”


-¿Y?-me dice el tipo-¿Qué opina?

Y ahí no me pude aguantar y le contesté:

-Opino que es usted un pelotudo.

Se sonrió, pagó las copas.

Cuando se iba, con el cuadernito todavía sin usar debajo del brazo, vi que del bolsillo trasero del pantalón le colgaba un pañuelo con lunares amarillos.

19 de septiembre de 2009

LA MATILDE

No sé por qué el Jorge se pone así cuando le hablo de la Matilde. Será porque le hablo por lo claro y le cuento detalles que él dice que son de mal gusto pero qué gracia tiene pasarse para la cueva una mina así y no contarle a nadie. Además él no la conoce pero siempre hace drama por todo. No puedo disimular más, cuando Ernesto me habla de Matilde, de las pecas que tiene en el coxis y los vellos rojizos entre los omóplatos que apenas se ven a contraluz y de cómo nunca se saca los zoquetes blancos de colegiala me jode, me jode porque me parece que no la respeta, que solamente la toma como una diversión pasajera, que esa mujer tiene algo más que esa carne blanca, húmeda y generosa que estoy seguro yo valoraría más y mejor que Ernesto y no se lo andaría contando a cualquiera. Hoy no le pensaba contar nada pero al final el loco me preguntó y bueno al final le conté él quería saber si la Matilde tenía la voz grave o aguda si era tibia si transpiraba si le gustaba arriba si gemía si lloraba en los orgasmos no sé para qué me pregunta si después se hace el escandalizado y dice que lo mío no es digno lo dice así haciendo sonar mucho la g que no es de caballero contar así los detalles para mí el Jorge a pesar de ser del barrio es medio como pituco de repente por la vieja que es maestra. No hago más que pensar en Matilde y sin embargo ese nombre nunca me gustó ese acento en el “ti” sin tilde pero formando parte de la palabra “tilde” que a su vez forma parte del nombre “Matilde” es como una redundancia de mal gusto y le da al nombre una cosa puntiaguda, de tía pacata y virgen o de monja, que no coincide con la imagen que tengo de ella por las palabras de Ernesto, debe ser esa “i” la que me molesta, eso como puntiagudo del nombre, pero igual me estoy enamorando y no quiero que él lo note, me pasan cosas increíbles cuando me la imagino, me imagino una risa infantil que te refresca y una voz un poco ronca y susurrante que te hipnotiza. Pero Ernesto nunca me habla de la risa o de la voz, ni de lo que piensa, ni una sola vez y tampoco de la mirada y cuando le pregunto por los ojos me dice que no sabe el color. No lo entiendo al Jorgito cuando le dije loco no sabés lo que es esa mina que cuando me dijo que los viejos no estaban y que podíamos pasar la noche en la casa mandé todo a cagar y no me importó nada el examen de física al otro día no me voy a perder esa carne loco y el Jorgito puso cara de desprecio como si no se hubiera criado en el mismo barrio de mierda que yo y no hubiéramos hecho campeonatos de paja en el aserradero siempre fue un poco mariconazo con la vieja metida en todo. No puede hablar así de una mujer, no puede, y menos de Matilde, no porque yo la conozca a Matilde, que no la conozco, me duele que Ernesto ande ventilando así detalles íntimos, pero me doy cuenta de que quiero saber, es la única manera de sentirla cerca. Si este gil me vuelve a preguntar le invento cualquier cosa ya me di cuenta de que se pone nervioso cuando le hablo del pelo tan largo que la cubre toda cuando está desnuda y se le mete entre las nalgas y yo voy apartando mechón a mechón con la lengua hasta que me encandila ese culo blanco palpitante y un poco transpirado como Jorgito ahora. Tengo que reconocer que este reo sabe contar las cosas porque no puedo sacar a Matilde de mi mente, y a pesar de ser un ordinario, Ernesto maneja imágenes que me golpean y no puedo respirar. Cuando le dije que no podía ser que en una mujer viera solamente un culo enmarcado por una cabellera, que eso la cosificaba, me dijo que tenía razón, que también estaban las tetas. Hace días que no veo a la Matilde y es una lástima porque me hubiera gustado garchármela una vez más antes de irme a Buenos Aires a laburar con el Tito. El Jorgito como siempre terrible pelotudo no hace más que mirarme a los ojos como para que le cuente algo y está loco de la vida por que me voy y yo no entiendo lo que le pasa. Se va Ernesto y no voy a decir que no estoy contento, porque sí estoy contento, porque la situación ya era insostenible, porque Ernesto me intimida con su fuerza de macho grosero y básico y lo desprecio pero le tengo una envidia que duele como una quemadura de cigarrillo y me estaba costando dormir con los ojos y la cabeza llenos de las carnes blancas de Matilde y su falda cortita de cuero y su blusita estampada de flores celestes y amarillas. No, Ernesto nunca me habló de su ropa, siempre me la contó desnuda pero yo estoy seguro de que se viste así. Y también me persigue el olor, ese que no se puede describir, ese de cuando se empieza a ir el perfume del jabón y sale el otro, el de adentro y te marea y te quedarías para siempre con la cara metida en la caverna húmeda, ese olor ni dulce ni salado ni amargo que Ernesto no parecía percibir o por lo menos, nunca lo dijo. Ya hablé con el Walter para que me lo entretenga al Jorgito ahora que yo no voy a estar y cuando vuelva nos vamos a recagar de la risa estoy seguro el Jorge vive en una nube de pedo no es malo el Jorge pero cuando me enteré de que estudiaba el piano clásico me di cuenta de que no era como nosotros yo no digo que sea puto pero en el barrio eso es raro no los putos es raro que alguien estudie el piano y se ponga nervioso si le hablás de coger y esas cosas.
Cuando Ernesto se fue a trabajar a la Argentina Walter me llevó a la casa del Cordón un Viernes de Agosto y me presentó a Matilde y yo no lo puedo creer porque en cuanto nos vimos se apagó todo, los ruidos de los vasos de cerveza, la música de Jaime y las voces se fueron disolviendo y yo solamente veía la cara de Matilde de una nitidez cortante sobre el fondo desenfocado, como en esas fotos con poca profundidad de campo. A partir de ahí fuimos uno con Jorge y yo no sé que me vio, no le quise decir que era la primera vez que salía con alguien y él a veces estaba como descolocado y me miraba como si mirara otra cosa. Matilde es deliciosa como yo esperaba y antes me corto la lengua que contarle las historias de Ernesto, es el pasado y no me importa, como no me importa que se haya cortado el pelo y que tampoco mencione el pasado, seguro no sabe que yo conocí a Ernesto. Agradezco también que haya cortado radicalmente con su historia pasada hasta el punto de no usar ni la falda de cuero ni la blusa floreada. Cuando me mira, cuando mi Jorge me mira, me trasmite una paz y una alegría increíble, nunca pensé que un hombre estuviera así enamorado y me ha obligado a sentir lo mismo, juro que daría la vida por él y por eso no me extrañó que me pidiera para casarnos a sólo quince días de conocernos y le dije que sí. Ayer me pidió que me pusiera una pollera de cuero y yo le dije que no tengo y me sonrió de una manera tan rara burlona pero tierna. No puedo creer que ya hace una semana que nos casamos con Matilde. Busco las palabras para explicar lo que siento y no las encuentro. No hay mujer más dulce que Matilde. Ya no me molesta el sonido de su nombre y la felicidad que me produce su presencia me hace sentir que no me importaría morirme mañana. Ya se acaba la luna de miel y nobleza obliga, pienso que tendría que llamar a Ernesto a lo del Tito en Buenos Aires, para ser yo quién le diga que nos casamos. Aunque Ernesto no valore el gesto. No se puede creer pero el boludo del Jorge me acaba de llamar de Punta del Este para decirme que se casó con la Matilde la que salía conmigo y yo le digo que no puede ser que la Matilde está acá en Baires y el me dice que no que está con él y yo le digo que con qué Matilde te casaste y el nabo me dice con Matilde Da Costa y yo le digo pero la que salía conmigo es Matilde Iriarte y ahí el loco colgó sin decir nada más.

Duerme, ahora duerme, no puedo explicarle, no va a entender nada, pero no me puedo quedar un instante más, voy a hacer mi valija en silencio, espero encontrar pasaje, veo su fea vulgaridad dormida, la boca abierta el pecho transpirado, el pelo sin vida y un asco veteado de lástima me inunda.
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Plagio combinado a "La señorita Cora" de Cortázar y "La familia Iriarte" de Benedetti.
Está también en La Cofradía, pero como nadie entra...

Le hice algunas correcciones antes de colgarlo acá.
El que haya leído ambos cuentos se dará ambas cuentas. O no.
El que no, que los vaya a leer.

11 de agosto de 2009

Entre Tarzán y Cortázar.

Larguísimo e ilegible posteo dedicado a Fede, el de Temperamentoahhh.
Él me lo pidió hace tiempo.
Él es el responsable de este masacote.

Digamos que nuestro héroe tiene una relación particular con la naturaleza. La causa de esta particularidad posiblemente haya que buscarla en que su padre, muy tempranamente, lo inició en la pasión por "Tarzán de los monos". Y ese fue el primer libro que nuestro héroe leyó, con poco más de cuatro años. Sin entender la mayoría de las palabras, por supuesto, pero quedándole grabado a fuego el aire selvático, aquel planterío envolvente, la libertad húmeda, los pies desnudos envueltos en la hojarasca.

Y aquella atávica nostalgia por vivir sin ropas lejos de los humanos, que lo acompañó toda la vida.

Es posible que muchos padres no sospechen hasta que punto una primera lectura, así, es iniciática, es capaz de marcar la vida de un hijo para siempre.
Lo pensarían mejor si se dieran cuenta.

Pero bueno, lo hecho, hecho estaba y nuestro héroe pasó su infancia desnudo, trepado a una rama de higuera, gritando como un mono y desarrollando una rara habilidad para no ver los detestados signos de presencia humana en su entorno.

Todo lo borraba.

Los contrapisos de hormigón, los muros, los italianos de camisas a cuadros , los gallineros, los gallegos lavando el ómnibus en la puerta. Las casas también las borraba. Y a las personas. todas las personas.

Y entonces, como en las películas, se producía un fundido encadenado de una escena suburbana a una escena de deliciosa soledad y apabullante vegetación. Y el niño transformaba un ligustro y una madreselva en una jungla impenetrable.
Y la sublime felicidad de la no existencia de la mirada del otro. Solamente la mirada de maravillados monos.
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Bueno.
Nuestro héroe se hizo adulto.
Y después se hizo viejo.
Pero en su interior seguía el niño desnudo, sentado en un rama de higuera. Gritando. Y viendo a los demás como a una manada de monos. O no viéndolos, en el mejor de los casos.
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Todo esto viene a cuento porque nuestro héroe se encontró con su niño de la higuera
-no hace mucho- y lo sacó a pasear.
Nada hacía pensar en esa cálida mañana de enero que su éxtasis ante la grandiosidad de la naturaleza sería interrumpido por algo. Nada. Su niño iba secretamente a su costado.

En ecológico trance, nuestro héroe, descalzo, comenzó a subir por el sendero zigzagueante del cerro al otro lado del que aparecería, ante su vista -premeditadamente asombrada y emocionada- la imponente y casi desierta playa.
Semidesnudo, con escueto short a pesar de su poco agraciada figura, comenzó a emocionarse con las flores naciendo entre las rocas, el rugido de las olas a las que aún no veía, las piedritas del sendero acariciando las plantas de sus pies, el aire fresco de la floresta envolviendo la piel y la promesa de la caminata por esa playa de once kilómetros, la que se había propuesto recorrer íntegramente.
Hubiera querido borrar todo recuerdo de cualquier tecnología esclavizante, urbana, moderna, pero no pudo evitar llevar su cámara fotográfica.

Y entonces, el telón de ramas se abrió para que esta maravillosa escena se grabara a fuego en su retina, aunque ya estaba grabada desde hacía treinta años
Pasó así nuestro héroe frente a la única casa del lugar. Extrañamente, nunca le había molestado esa construcción ahí, sobre una loma mirando el mar, al comienzo de la playa.

Esa vieja construcción de arquitectura azoriana, colonial, despojada, abandonada, le parecía en perfecta armonía con el entorno. Era el único elemento humano que su naturismo extremo, fundamentalista, admitía en el paisaje que se pintaba a sí mismo cuando pasaba por ahí, por la amada y desierta playa de Siriú.
Su mirada evitó ver las tres sombrillas plantadas al comienzo de la playa. Las borró de su cuadro como antes hacía desde la rama de la higuera con las casas del barrio.
En los últimos tiempos algunas personas empezaban a descubrir ese paraíso intocado y nuestro héroe percibía el fenómeno como una perversa invasión. Lo tomaba como una afrenta personal. El dueño de la playa era él. El único que la entendía. Y esa gente iba a terminar violando a su amada. Aunque ya tenía una larga práctica en no ver lo que no quería ver. Así que no las vio, y por supuesto, no las fotografió. De ninguna manera le iban a arruinar su robinsonezco día de gloria ecológica.

Y caminó y caminó, en perfecto éxtasis.


A la derecha las olas enormes y rugientes y las misteriosas islas.
A la izquierda las empinadas dunas. Los urubús y los albatros sobrevolándolas en círculos.
Debajo de sus pies y extendiéndose hasta perderse en la bruma, hasta el pie de los cerros, la larguísima franja de arena que albergaba un mundo casi escondido de seres infinitos y enigmáticos.
Así que nuestro héroe caminó y caminó, a veces con los pies bañados por la espuma, a veces haciendo crujir rítmicamente la alfombra de conchillas de moluscos que se extendía multicolor en la orilla.
Conversó con los cangrejos nerviosos y de ojos saltones que viven en miles de minúsculas cuevas.

Se asombró con el color turquesa de algunos caracoles y las esculturas que las olas iban tallando en la arena.Se atrevió a tocar las extrañas medusas violetas que invadían la playa a pesar de que había oído que eran muy peligrosas y podían ser mortales. FEDE.
También le habían dicho que podían producir trastornos intestinales, pero sentía que su comunión con la naturaleza lo hacía inmune.

Restos de naufragios traídos por la resaca lucían cubiertos por moluscos de hermosos colores.

Nuestro héroe creyó por un momento que podría vivir ahí, desnudo, en una choza.
Emocionado, se lo planteó como proyecto de vida.
Lo creyó.

Lo creyó hasta el momento en que, ya recorridos un par de kilómetros empezó a sentir aquello.
Primero fue una pequeñísima punzada debajo del ombligo, como un destello.
Se hizo más fuerte enseguida.
Mucho más fuerte.
De pronto era como una puñalada.
Nuestro héroe tuvo que admitirlo.

Tenía un cólico.

Más bien fuerte.

Muy fuerte.
Estaba a punto de cagarse encima.
Tímidamente intentó resolver la situación con un pedo pero notó que no era una buena solución. El pedo no sería tal si lo dejaba salir. Sería otra cosa.

Miró entonces el mar salvador pero las furiosas olas lo aterrorizaron. Imposible defecar sin ahogarse en esas traicioneras aguas.

Miró entonces las altas dunas y calculó que el esfuerzo de las primeras zancadas para trasponerlas y ocultarse produciría prematuramente la cada vez más inevitable explosión de sus vísceras.
La playa en sí misma no era una opción.

Una romántica pareja que antes no había querido ver, se hacía arrumacos a escasos cinco metros de su drama interior. Y el pudor era más fuerte que sus cólicos. Sentía miles de ojos mirándolo en ese momento límite.

Así que volvió sobre sus pasos.

Alcanzar el extremo de la playa y el cerro antes del fatal desenlace era su meta suprema.
Sudores y escalofríos a cada paso y punzadas de dolor inaudito lo acompañaban.
Seguramente no llegaría. Tenía que llegar.

En medio de su martirio, en medio de aquel recorrido torturante que requería de su mayor concentración para evitar lo inevitable, se oye aquella voz perturbadora: “Señor, ¿nos puede sacar una foto a las dos juntas?” Las hermosas jovencitas argentinas no tenían por qué saber de su angustiosa via crucis. No tenían por qué saber que ese inocente pedido aumentaba aún más la tortura de nuestro héroe. Que esa demora podría ser fatal. Que la autoestima de nuestro héroe caía en picada por la comparación entre esos jóvenes, frescos y esbeltos cuerpos y su dolida, obesa y anciana humanidad repleta de heces incontenibles.
Les sacó amablemente la foto entre sudores, temblores y desvanecimientos, esbozó un “de nada” con voz desfigurada por el bochorno y el dolor y prosiguió su camino interminable hasta pasar ante las ominosas sombrillas, seguro de que ahí mismo se produciría la temida explosión, cubriéndolo de vergüenza para siempre.
Y de mierda.

La idea de la mierda corriendo por sus piernas ante los ojos asombrados de esa gente le resultaba insoportable.

Cada paso parecía alejarlo de su meta en lugar de acercarlo.
Ya al límite de su sufrimiento, logró pasar por las sombrillas con éxito, sumido en terror y pavorosos ruidos internos.

Quedaba una esperanza. El solitario sendero del cerro y la cerrada mata nativa que lo bordeaba.
Pero el solitario sendero estaba lleno de gente bajando con sillas, sombrillas, niños, perros y cerveza.

Y la muy puta mata nativa estaba impenetrable de espinas aguzadas.
Así que en un épico esfuerzo final, nuestro héroe apretó con frenesí su esfínter y logró llegar a la ansiada camioneta, con su cuerpo doblado en ángulo recto. Se ubicó con dificultad en el asiento. Trabajosamente sorteó el tránsito en contra en el angosto camino, pensando siempre en la integridad del tapizado.

Los quinientos metros que lo separaban de la posada se le hicieron quinientos kilómetros.

Los diez metros del corredor hasta la puerta de la habitación, una eternidad.


Estrepitosa entrada.
Portazo triunfal en el baño.
Maravillosa visión del amado water, el amado bidet, el amado papel.

-¿Cómo te fue, mi amor?
-Prrrffff Pum Prrrfff Pum Sprruajjj!!!!
-¡Como la mierda me fue!!

¡¡¡Y Tarzán se puede ir a la concha de su madre!!!

_____________________

Nuestro héroe, como tantas otras veces en su vida, se dio cuenta de la importancia vital de la literatura.
Sus viscicitudes, que habían comenzado con Edgar Rice Burroughs, terminaban con Cortázar y "Un tal Lucas".
Ya en el año 79, Cortázar, como siempre, se anticipó a esta historia cuando escribió "Lucas y sus meditaciones ecológicas" y "Lucas y sus pudores".
Si les dan las pelotas, lean esos dos textos a continuación.
Si no les dan, no los lean.
Pero si lograron leer mi torpe texto sin aburrirse demasiado, Cortázar no les va a dar ningún trabajo.
LUCAS, SUS MEDITACIONES ECOLÓGICAS
En esta época de retorno desmelenado y turístico a la Naturaleza, en que los ciudadanos miran la vida de campo como Rousseau miraba al buen salvaje, me solidarizo mas que nunca con: a) Max Jacob, que en respuesta a una invitación para pasar el fin de semana en el campo, dijo entre estupefacto y aterrado: << ¿El campo, ese lugar donde los pollos se pasean crudos?>>; b) el doctor Jonson, que en mitad de una excursión al parque de Greenwich, expreso enérgicamente su preferencia por Fleet Street; c) Baudelaire, que llevo el amor de lo artificial hasta la noción misma de paraíso.
Un paisaje, un paseo por el bosque, un chapuzón en una cascada, un camino entre las rocas, solo pueden colmarnos estéticamente si tenemos asegurado el retorno a casa o al hotel, la ducha lustral, la cena y el vino, la charla de sobremesa, el libro o los papeles, el erotismo que todo lo resume y lo recomienza. Desconfío de los admiradores de la naturaleza que cada tanto se bajan del auto para contemplar el panorama y dar cinco o seis saltos entre las peñas; en cuanto a los otros, esos boyss-scouts vitalicios que suelen errabundear bajo enormes mochilas y barbas desaforadas, sus reacciones son sobre todo monosilábicas o exclamatorias; todo parece consistir en quedarse una y otra vez como estúpidos delante de una colina o una puesta de sol que son las cosas mas repetidas imaginables.
Los civilizados mienten cuando caen en el deliquio bucólico; si les falta el scotch on the rocks a las siete y media de la tarde, maldecirán el minuto en que abandonaron su casa para venir a padecer tábanos, insolaciones y espinas; en cuanto a los mas próximos a la naturaleza, son tan estúpidos como ella. Un libro, una comedia, una sonata, no necesitan regreso ni ducha; es allí donde nos alcanzamos por todo lo alto, donde somos lo mas que podemos ser. Lo que busca el intelectual o el artista que se refugia en la campaña es tranquilidad, lechuga fresca y aire oxigenado; con la naturaleza rodeándolo por todos lados, él lee o pinta o escribe en la perfecta luz de una habitación bien orientada; si sale de paseo o se asoma a mirar los animales o las nubes, es porque se ha fatigado de su trabajo o de su ocio. No se fíe, che, de la contemplación absorta de un tulipán cuando el contemplador es un intelectual. Lo que hay allí es tulipán + distracción, o tulipán + meditación (casi nunca sobre el tulipán). Nunca encontrará un escenario natural que resista más de cinco minutos a una contemplación ahincada, y en cambio sentirá abolirse el tiempo en la lectura de Teócrito o de Keats, sobre todo, en los pasajes donde aparecen escenarios naturales. Sí, Max Jacob tenía razón: los pollos, cocidos.
LUCAS, SUS PUDORES.
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metro del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.
_________________________
Bueno, le debía esto al

22 de junio de 2009

EL PLAGIO DE CORTÁZAR



Yo digo que Cortázar me plagió.


Plagió un episodio de mi vida que yo nunca había considerado digno de ser escrito, por demasiado familiar.
Me atrevo ahora a escribirlo porque Cortázar lo escribió antes. Y si para Cortázar está bien que se escriba una cosa así, para mí también.

No hace mucho falleció mi suegro. Vivía en Porto Alegre, en Brasil, a mil kilómetros de Montevideo. Bea había estado cuidándolo en su enfermedad cerca de veinte días, hasta un cierto sábado en que decidió volver a Montevideo por unos días dejando al papá al cuidado del hermano.
Los autobuses Porto Alegre- Montevideo viajan de noche, así que ella llegó en la mañana del domingo. Esa misma tarde nos avisaron del fallecimiento de su padre y ya sin tiempo para tomar un ómnibus y sin los documentos necesarios y sin revisar el auto, salimos para Porto Alegre sin escalas, intentando llegar antes de que se realizara el entierro.
No los voy a cansar con todos los contratiempos de ese viaje de ida que parecían provocados por alguna fuerza extraña empeñada en no dejarnos acercar a Porto Alegre. Íbamos también con la idea de traernos a mi suegra a Montevideo a hacer su duelo. Desde problemas con la policía federal brasileña y migración, hasta desperfectos eléctricos inexplicables en el auto, nos pasó de todo y recién divisamos los muros del cementerio Juan XXIII unos minutos antes del entierro. Todo el tiempo sentí que alguien no quería que llegáramos, como si el auto estuviera empujando un elefante.

Pero lo más duro pasó a la vuelta.

Terminados algunos trámites logramos no sé cómo convencer a mi suegra de que se viniera con nosotros a Montevideo. Ella no quería separarse de su apartamento ni de su viejito con el que había convivido casi sesenta años.

Y salimos. Con toda la idea de no dejarnos alcanzar por la noche en territorio brasileño.
Ni bien arrancamos, una niebla espesa tapó todo el paisaje obligándonos a andar a menos de sesenta quilómetros por hora. El trayecto entre Porto Alegre y la ciudad de Pelotas, trayecto que normalmente hacemos en un máximo de tres horas, nos llevó siete, siete horas envueltos en una nube compacta a través de la que solamente se veía el parpadear de las balizas rojas de los autos y camiones que iban a paso de tortuga y con la tristeza sólida de mi suegra pesando en el asiento del acompañante y la seguridad inquietante de que nos iba a agarrar la noche en la carretera más solitaria de Brasil.

Luego, al entrar en el segmento Rio Grande-Chuy desaparecieron todas las luces bruscamente, porque en esa ruta nadie se aventura de noche. Se hizo la una de la madrugada, los focos del auto iluminaban una pared de niebla lechosa y recién estábamos por entrar en la zona de la reserva ecológica de los humedales del Taim cuando sucedió. Un golpe repentino y seco y quedé sin control del auto. Lo dejé ir como pude hasta la banquina apenas adivinada entre la niebla y la oscuridad total y clavé el freno de mano. Me bajé en medio de esa noche sin luna y con niebla, con cien quilómetros de nada hacia adelante y cien quilómetros de nada hacia atrás. Vi que tenía un neumático destrozado. Había golpeado contra el borde filoso de un bache de la ruta.
La rueda auxiliar no tenía aire.
No podía dejar las luces encendidas para no acabar con la batería.
Una linternita-llavero insignificante y nada más.
Tres mujeres silenciosas, tristes y asustadas en el auto.
Sin señal alguna de celular.
Negrura absoluta.
Y la carretera más recta, plana, solitaria y silenciosa que se puedan imaginar. Las dos horas o dos horas y media que pasé recostado al capó del auto intentando penetrar la oscuridad con la vista parecieron años. Empecé a pensar que ese momento era eterno.
Única luz, la brasa de mi cigarrillo y algunas pocas luciérnagas lejanas. Tenía que reservar la linternita por si venía algún auto para pedirle ayuda.
Cuando uno está así, de noche, en una ruta desierta, sin luna, sin estrellas, sin una gota de viento, uno no ve nada pero imagina todo hasta que lo ve. Imagina árboles imagina sombras que se mueven imagina mundos que no están. Imagina ruidos sordos y crujidos y gemidos. Uno proyecta fantasmas. Se oye latir el corazón.

De pronto pude ver una luz hacia el lado de Rio Grande.
El que nunca estuvo en una situación así, de noche en una carretera interminable, recta y plana, no sabe lo que puede tardar una luz que se ve en el horizonte en llegar hasta el observador. Puede pasar media hora y se ve del mismo tamaño y en el mismo lugar, tanto que uno piensa que puede ser la luz de una casa, sin embargo, está viniendo a 120 por hora, pero no se mueve. Y uno haciendo señales ya desesperadas con la linternita de luz verde, prendiendo y apagando, rezándole a cualquier cosa para que se detenga. Y de pronto crece muy de a poco y empieza a iluminar los arbustos del borde de la carretera y se separa en dos. Se acerca, ya está aquí.
Como la oscuridad de horas me abrió las pupilas, las luces me encandilan dolorosamente y no puedo ver el interior, me asusto un poco, pero sigo haciendo señales. El auto empieza a detenerse pero por la velocidad que trae recién lo logra pasados varios metros. Corro hacia él con el pecho agitado. No sé si iluminar el auto con la linternita o iluminar mi cara para generar confianza. Me da miedo alumbrarme yo y no al auto, me hace sentir indefenso. Como un interrogatorio policial. Ilumino el auto con un redondelito de luz verde. Pegada al vidrio trasero veo una cara gris y asustada diciendo algo al conductor. Me acerco al auto para explicarme. El acompañante tiene la cara oculta con una bufanda y mira hacia delante sin moverse. En ese momento el conductor, arrepentido de haberse detenido, acelera súbitamente y me deja parado en la ruta, sumergido en un alivio inexplicable.
(Pongo este texto en cursiva porque más adelante habrá que compararlo con otro)

Para no cansarlos, les cuento sintéticamente que ese viaje llevó más de cuarenta horas, que a partir de ahí, dejando a Bea , a su hija y a mi suegra aterrorizadas en medio de la noche, recorrí parte del sur de Brasil buscando una gomería en una camioneta destripada y ruidosa con un conductor loco vendedor de pescado que no me dejó sentarme adelante porque en ese asiento llevaba su reloj de mano que era uno de aquellos antiguos despertadores rojos con dos enormes campanas, que soltaba el volante para ver la hora y me dejó a las tres y media de la mañana en un pueblito de calles de barro intrincadas y oscuras, solo con mi pobre neumático destruido, frente a un rancho de madera, debajo de una lamparita mortecina de 25 watts y rodeado de perros callejeros, a los que tengo fobia, recostado en la chatarra helada de un “fusca”, esperando al gomero que llegó a las cinco. También les cuento que el viaje de retorno con la goma reparada hacia el lugar dónde se encontraba el auto, lo hice en una extraña ambulancia sin placas, conducida por un mugriento enfermero más extraño aún y que la rueda viajó en la camilla. Al llegar al auto, ya amaneciendo, coloqué la rueda y ahí me di cuenta de que uno de los neumáticos traseros estaba también destrozado. El filo del bache había cortado dos gomas. El terror de las mujeres había evolucionado a una especie de resignación. Coloqué, ayudado por mi hija Gabriella la rueda auxiliar, sin aire y de milagro apareció un camión que se detuvo y el conductor nos infló la rueda con una manguera de aire comprimido que ellos siempre llevan.
Al fin salimos ya casi alegres y casi bromistas.

Entramos en la zona de la reserva ecológica de Taim y a los veinte kilómetros estalló nuevamente la goma supuestamente reparada.

Otra vez la banquina.
Otra vez la espera de una presencia salvadora en la soledad.
Pero ya era de día.
En ese momento mi suegra dice: “Es mi viejito que no quiere que me vaya con ustedes”
A partir de ahí, nueva odisea por los arrozales y bañados, buscando una gomería, montado en una vieja Ford 100 de dos vendedores de carretera, uno de condimentos y el otro de confites y adornos para tortas.
Entonces, en una de las paradas que los tipos hacían para cobrar cuentas y levantar pedidos, en la tienda de ramos generales de un ingenio arrocero, me bajé de la camioneta, me apoyé en un árbol y mirando hacia las nubes le grité a mi suegro: “Por favor Sabino, dejala en paz, dejala seguir, no rompas más las bolas, no la tortures, dejanos salir de Brasil”

Y bueno, a partir de ahí las cosas se empezaron a arreglar. Conseguí que la gente de una gomería de la ciudad de Santa Vitoria do Palmar me llevara hasta el lugar del auto, que había quedado 100 kilómetros atrás, con unas gomas prestadas y luego en Sta Vitoria se repararon las mías definitivamente.

Ahora bien, antes de salir de Porto Alegre, después del entierro de mi suegro, antes de que pasara todo eso que les conté, un amigo de la familia que siempre enfrenta con humor negro las situaciones jodidas, hablando en broma de la forma de trasladar el cuerpo a Montevideo, había contado una anécdota de un colega, que para evitar pagar el carísimo traslado del cadáver de su padre lo había sentado en el asiento delantero todo arropado, y viajando de noche, cruzó la frontera haciéndolo pasar por vivo. La anécdota estaba plagada de detalles terroríficos que no vienen a cuento. (Esto guárdenselo hasta que lean lo de Cortázar. )

Bueno. Y ahora, lo del plagio de Cortázar.

Ustedes saben que yo ando medio atrasado en lecturas y hace poco días que leí por primera vez “Un tal Lucas” de Cortázar. Quiero decir que eso que me pasó, me pasó antes de leer a “Un tal Lucas” Y ahí me encuentro con esto:

“Curioso enlace de una historia y una hipótesis a muchos años y a una remota distancia; algo que ahora puede ser un hecho exacto pero que hasta el azar de una charla en París no cuajó, veinte años antes, en una carretera solitaria de la provincia de Córdoba en la Argentina.
La historia la contó Aldo Franceschini, la hipótesis la puse yo, y las dos sucedieron en un taller de pintura de la callé Paul Valéry entre tragos de vino, tabaco, y ese gusto de hablar sobre cosas de nuestra tierra sin los meritorios suspiros folklóricos de tantos otros argentinos que andan por ahí sin que se sepa bien por qué. Me parece que se empezó con los hermanos Gálvez y con los álamos de Uspallata; en todo caso yo aludí a Mendoza, y Aldo que es de allí se apiló firme y cuando acordamos ya se venía en auto de Mendoza a Buenos Aires, cruzaba Córdoba en plena noche y de golpe se quedaba sin nafta o sin agua para el radiador en mitad de la carretera. Su historia puede caber en estas palabras:
«Era una noche muy oscura en un lugar completamente desierto, y no se podía hacer otra cosa que esperar el paso de algún auto que nos sacara de apuros. En esos años era raro que en tramos tan largos no se llevaran latas con nafta y agua de repuesto; en el peor de los casos el que pasara podría levantarnos a mi mujer y a mí hasta el hotel del
primer pueblo que tuviera un hotel. Nos quedamos en la oscuridad, el auto bien arrimado a la banquina, fumando y esperando. A eso de la una vimos venir un coche que bajaba hacia Buenos Aires, y yo me puse a hacer señas con la linterna en mitad de la carretera.”
Esas cosas no se entienden ni se verifican en el momento, pero antes de que el auto se detuviera sentí que el conductor no quería parar, que en ese auto que llegaba a toda máquina había como un deseo de seguir de largo aunque me hubiesen visto tirado en el camino con la cabeza rota. Tuve que hacerme a un lado a último momento porque la mala voluntad de la frenada se lo llevó cuarenta metros más adelante; corrí para alcanzarlo, y me acerqué a la ventanilla del lado del volante. Había apagado la linterna porque el reflejo del tablero de dirección bastaba para recortar la cara del hombre que manejaba. Rápidamente le expliqué lo que pasaba y le pedí auxilio, y mientras lo hacía se me apretaba el estómago, porque la verdad es que ya al acercarme a ese auto había empezado a sentir miedo, un miedo sin razón puesto que el más inquieto debía ser el automovilista en esa oscuridad y en ese lugar. Mientras le explicaba la cosa miraba dentro del auto, atrás no viajaba nadie, pero en el otro asiento delantero había algo sentado. Te digo algo por falta de mejor palabra y porque todo empezó y acabó con tal rapidez, que lo único verdaderamente definido era un miedo como no había sentido nunca. Te juro que cuando el conductor aceleró brutalmente el motor mientras decía: «No tenemos nafta», y arrancaba al mismo tiempo, me sentí como aliviado. Volví a mi coche; no hubiera podido explicarle a mi mujer lo que había pasado, pero lo mismo se lo expliqué y ella comprendió ese absurdo como si lo que nos amenazaba desde ese auto la hubiese alcanzado también a tanta distancia y sin ver lo que yo había visto.»
Ahora vos me preguntarás qué había visto, y tampoco sé. Al lado del que manejaba había algo sentado, ya te dije, una forma negra que no hacía el menor movimiento ni volvía la cara hacia mí. Al fin y al cabo nada me hubiera impedido encender la linterna para iluminar a los dos pasajeros, pero décime por qué mi brazo era incapaz de ese gesto, por qué todo duró apenas unos segundos, por qué casi le di gracias a Dios cuando el auto arrancó para perderse en la distancia, y sobre todo por qué carajo no lamenté pasarme la noche en pleno campo hasta que al amanecer un camionero nos dio una mano y hasta unos tragos de grapa. »Lo que no comprenderé nunca es que todo eso antecediera a lo que alcancé a ver, que además era casi nada. Fue como si ya hubiese tenido miedo al sentir que los del auto no querían parar y que sólo lo hacían a la fuerza, para no atropellarme; pero no es una explicación, porque al fin y al cabo a nadie le gusta que lo detengan en plena noche y en esa soledad. He llegado a convencerme de que la cosa empezó mientras le hablaba al conductor, y con todo es posible que algo me hubiese llegado ya por otra vía mientras me acercaba al auto, una atmósfera, si querés llamarlo así. No puedo entender de otra manera que me sintiera como helado mientras cambiaba esas palabras con el del volante, y que la entrevisión del otro, en el que instantáneamente se concentró el espanto, fuese la verdadera razón de todo eso. Pero de ahí a comprender... ¿Era un monstruo, un tarado horripilante que llevaban en plena noche para que nadie lo viese? ¿Un enfermo con la cara deformada o llena de pústulas, un anormal que irradiaba una fuerza maligna, un aura insoportable? No sé, no sé. Pero nunca he tenido más miedo en mi vida, hermano.»

Como yo me he traído conmigo treinta y ocho años de recuerdos argentinos bien apilados, la historia de Aldo hizo click en alguna parte y la IBM se agitó un momento y al final sacó una ficha con la hipótesis, quizá con la explicación. Me acordé incluso de que yo también había sentido algo así la primera vez que me habían hablado de aquello en un café porteño, un miedo puramente mental como estar en el cine viendo Vampyr; tantos años después ese miedo se entendía con el de Aldo, y como siempre ese entendimiento le daba toda su fuerza a la hipótesis.
—Lo que iba esa noche al lado del conductor era un muerto —le dije. Curioso que nunca hubieras oído hablar de la industria del transporte de cadáveres en los años treinta y cuarenta, en especial tuberculosos que morían en los sanatorios de Córdoba y que la familia quería enterrar en Buenos Aires. Una cuestión de derechos federales o algo por el estilo volvía carísimo el traslado del cadáver; así nació la idea de maquillar un poco al muerto, sentarlo junto al conductor de un auto, y hacer la etapa de Córdoba a Buenos Aires en plena noche para llegar antes del alba a la capital.
Cuando me hablaron del asunto sentí casi lo mismo que vos; después traté de imaginar la falta de imaginación de los tipos que se ganaban la vida en esa forma, y nunca pude conseguirlo. ¿Te ves en un auto con un muerto pegado a tu hombro, corriendo a ciento veinte por hora en plena soledad pampeana? Cinco o seis horas en las que podían pasar tantas cosas, porque un cadáver no es un ente tan rígido como se piensa, y un vivo no puede ser tan paquidermo como también se está tentado de pensar”
(J.Cortázar, Un Tal Lucas, Parte II, El copiloto silencioso)

Entonces señores, o Cortázar me plagió o yo plagié a Cortázar o Cortázar plagió a la vida o la vida plagió a Cortázar o todo se repite todo el tiempo y creemos que sólo nos pasa a nosotros. Quizá la vida siempre está plagiando a los grandes escritores.

O el amigo bromista de Porto Alegre había leído a Un tal Lucas.

O el viejo Sabino se encontró con Cortázar allá arriba y nos hicieron una joda. No hay que olvidar que mi suegro era trompetista de jazz entre otras cosas y que Cortázar amaba el jazz y tocaba la trompeta.

Para terminar les cuento que el lugar del segundo reventón fue exactamente el mismo lugar de la ruta dónde años antes mi suegro se durmió al volante y tuvieron un accidente que los puso al borde de la muerte.
Me hubiera gustado intercambiar experiencias con ese Aldo Franceschini pero no debe ser posible.
Se debe estar cagando de la risa con Cortázar, Sabino y una multitud de copilotos silenciosos.

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