E N T R A D A S
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E T I Q U E T A S


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4 de noviembre de 2013

LA SILLA




 Pasó las horas de muchos años sentado en la silla. Su única silla. Linda silla de la que se podría decir que era austera pero él no lo podía decir porque nunca había visto una silla que no lo fuera y porque no tenía la palabra para decirlo, así que bueno, la silla no era austera.

Patas gruesas, de pino. Respaldo firme de cardo trenzado, como el asiento. Del abuelo fue. Se podría decir que era su única silla pero se estaría mintiendo. Él tenía dos, la silla de afuera y la silla de adentro que eran la misma y que perdían su mismidad cada vez que el viejo la sacaba o la entraba.

Cuando estaba adentro la silla era amarilla y el viejo oía bien clarito que  conversaba en voz baja con la caldera o con el mate y le decía algo a las alpargatas de suela de sisal, algo que él no podía oír, eran palabras que no sonaban, como casi todas las que dicen algo.  

Cuando estaba afuera, en la vereda mitad ladrillo mitad pasto, paralela a la ruta, la silla se mantenía en silencio y era gris. O era naranja cuando el sol se ponía sin nubes justo allá dónde empezaba o terminaba la ruta. El tiempo le fue deshilachando un poco las trenzas de cardo. Y el pasto húmedo le fue pudriendo también un poco las patas de adelante, porque las de atrás, el viejo siempre las apoyaba en el ladrillo. Le gustaba sentir hundirse un poco las patas en la tierra. Y acomodar  la silla y jugar a que se hundiera un poco más del lado derecho que del izquierdo. El cardo deshilachado le hacía cosquillas en los muslos a través del pantalón. El pantalón no era el único que tenía, pero sí el único que se ponía, pero esa es otra historia que no voy a contar ahora.

Ni después tampoco.

Hace años las cosquillas del cardo lo molestaban, pero ya no. Sentía que era la forma que tenía la silla de hablarle a él porque las palabras calladas de la silla valían solamente para la caldera y el mate. Y para las alpargatas. El viejo sentía que con los pinchazos, la silla le decía algo pero también desconfiaba que la silla le mentía. Sabía que con el mate y la caldera hablaba por hablar la silla, pero que con las alpargatas era distinto. Las alpargatas eran la únicas que sabían la verdad, estaba seguro, pero no le importaba mucho, nunca había sido muy curioso.



Que el pueblo era como un telón plano de teatro visto del otro lado  de la ruta, el viejo no lo podía decir ni lo podía pensar ni lo podía saber porque nunca había cruzado la ruta y no sabía lo que era un teatro. Algún viajante de comercio, de los que venían al almacén de al lado lo había dicho.

Y el viejo asintió sin entender, igual que hacía cuando los pinchazos del cardo de la silla le hablaban. Siempre supo que entender y no entender era lo mismo. No lo pensó, lo supo.

Pueblo de un lado solo. Cuatro cuadras. Franja de casas calladas, dibujadas por trazos de ladrillos desnudos de revoque. Callecitas de tierra que se perdían enseguida en la nada sólida del campo.

Y en el medio, justo ahí, en el medio, el viejo y su silla, horas y años sumidos en su charla sin palabras.



Y la cosa empezó un día cualquiera si es que los días cualquiera existen.



A pesar de tener la piel de la planta de los pies bastante curtida sintió que el sisal de las alpargatas lo empujaba hacia delante. Hacia la ruta. Un gusaneo pinchudo, suave.



Un borrón rojo el pueblo para los que pasaban en el ómnibus que casi nunca paraba.

Un borrón plateado el ómnibus para el viejo que casi nunca miraba.






Y bueno.



Que las alpargatas lo hicieron mirar más de lo que él hubiera querido cuando el ómnibus paraba un rato allá del otro lado, tan cerca pero tan lejos. Y las caras en las ventanillas, nubladas por los reflejos en los vidrios sin ver nunca al viejo, siempre mirando adelante siempre hacia la ciudad invisible imposible impensable, que tendría tantas cosas que quizá no tuviera ninguna.



Ese día cualquiera alguien miró. Lo miró.

Pañuelo en la cabeza, cara redonda pecosa, blusa abierta y un calor naranja que traspasó la ventanilla y lo envolvió al viejo en un juvenil calofrío.

Las alpargatas empujaron más que nunca.

Se paró. Miró la silla. La acomodó un poco. Alisó el cardo con la mano.

Se dejó caminar dos pasos hacia el ómnibus.

Se tanteó el bolsillo.

Tenía unos pesos para el pasaje.

Se dejó llevar otros dos pasos por el sisal empecinado.

Se sacó las alpargatas.

Las dejó en el borde de  la ruta.

Volvió descalzo, caminando hacia atrás sobre el pasto húmedo.

Se sentó en la silla.

Y dijo sin hablar:

“qué se le va a hacer…”

4 comentarios :

  1. ¡Muy bueno!
    Cuando lo terminé de leer (por segunda vez) me vinieron dos cosas a la sesera: la primera es que esa escritura es un documento de identidad uruguayo, de un descendiente de Felisberto y de Onetti...; la segunda, el vals "Temblando" (pero este me anda dando vuelta hace unos días...)
    Por si necesitara aclaración, los dos comentarios son elogiosos.
    Un abrazo.
    Fernando

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  2. Me encantó leerte; me encantó el cuento, bueno como muchas cosas que escribís; me encantó encontrar a Fernando aquí y que fuera el primero en comentar en esta vuelta. Ya sé que no es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero qué bueno esto; ojalá que reviva alguna jugosa tertulia. Me quedo pensando en mi vida, en cuántas serán las veces que me descalcé las alpargatas para recular.

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  3. Muy bueno Santiago. La verdad, que hasta las tres cuartas partes tuve la misma impresión que otro comentarista: una brisa Felisbertiana entró por la ventana..... pero también tomalo como un elogio.
    Luego el texto adquiere una redondez propia. Me encantó.

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