E N T R A D A S
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E T I Q U E T A S


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9 de junio de 2007

EL CABRITO



El Cabrito

El Cabrito murió no hace mucho. No sé como se llamaba. Nadie sabe. Nadie recuerda su nombre. Se llama El Cabrito. Se llamaba. Por mucho tiempo creí, como todos, que el mote le venía de saltar de piedra en piedra en la Isla de Coral, como una cabra. Uno de esos años, en una noche de enero, hablando a oscuras en la playa con un viejo pescador al que nunca logré verle el rostro, que me inundó de historias de barcos balleneros y olas de diez metros, me enteró en un susurro, como si de un hondo secreto se tratase, de que no era por sus saltos que lo llamaban Cabrito. Era por el olor.
El Cabrito era guardafaros en la Isla de Coral. Muchísimos años mantuvo esa luz encendida sobre ese peñón solitario coronado de mata atlántica y bananeros. No tenía muelle la Isla de Coral. No tiene muelle. Si los botes se acercan a la pared de piedra se destrozan por la fuerza del oleaje. Hay que anclar a diez metros de las rocas y vadear las aguas verdes para subir a la isla. No hay corales en la Isla de Coral. No siempre el Cabrito estuvo solo. Tuvo mujer. Muchísimo tiempo atrás. Tuvo hijos también, aunque no sabe bien. Una hija sí, está casi seguro. Estaba casi seguro. Se enfermó de la isla la mujer, de no ver nunca un alma y del lento latido luminoso del viejo faro. Y un día se fue en el mismo bote de la prefectura que les llevaba provisiones mes a mes. Desde ese día el Cabrito olvidó las palabras y ya no volvió a hablar. Cuando le avisaron que el faro iba a dejar de funcionar el Cabrito no se quiso ir de la isla. Se escondió entre la mata y desde ese día vivió solo en esa isla con el faro muerto por toda compañía. El Cabrito se alimentaba de bananas y mejillones. Y de cangrejos, a los que cazaba con rara destreza, a pedradas lanzadas desde lo alto de las rocas. Años antes el Cabrito había cazado enormes y furiosos cangrejos de pinzas violetas atrayéndolos hacia el fondo de su viejo bote que descansaba sobre la grama al borde de las piedras. Colocaba un cebo de carne naranja de mejillones gigantes y cuando el bote hervía de patas y pinzas, iba ensartando uno a uno los cangrejos en un arpón oxidado. Una noche, el viento, o una marea desusadamente alta, nunca quiso saber, se llevó el bote. El Cabrito creyó oír esa noche, diluido en el ruido de las olas y el viento, un llanto de niño. Su mujer no estaba en el faro esa noche y el Cabrito lo olvidó enseguida. Fue después de esa noche que la mujer se enfermó del alma y se embarcó con los hombres de la prefectura. Poco antes de morir el Cabrito, empezaron a llegar los turistas que saltaban de los botes y nadaban hasta las rocas para ver a ese Robinson absurdo, voluntario, oloroso y de ojos azules. Entonces el Cabrito le cobraba a los boteros, diez reales por cada turista que ponía el pie en la Isla de Coral. No tenía el Cabrito como gastar su dinero. El agua se la llevaban gratis cada semana. Pero le gustaba guardar los billetes adentro de una botella, allá en la cima del faro. No sé por qué el Cabrito vivía en una casucha de madera teniendo el faro abandonado a su disposición. No sé si el Cabrito está sepultado en la Isla de Coral o lo llevaron al pueblo al morir. Cuando su mujer se fue, enferma de isla y llevándose una noche borrada de su memoria, también se llevó a la hija de ambos, una negrita de tres años.

VENDEDORA DE ESTERAS


Vendedora de esteras

Era inquietante y hermoso verla venir caminando por el borde de las dunas cubiertas de campanillas azules, resplandecientes, a lo largo de la playa siempre sin parar de hablar. La vi por primera vez mucho antes del asfalto de la calle principal. Cuando era de roja tierra el camino que juntaba aquel pueblo con la ruta y era difícil llegar. Y aunque fue hace muchos años, ella ya no tenía edad. Venía desde muy lejos, más allá de Macacú, bordeando el lago y los morros, le pasaba por encima a las gigantescas dunas y seguía por la siempre desierta franja muy blanca de la playa de Siriú, pisando sin darse cuenta los cangrejos transparentes de ojitos negros vibrantes que salían de sus cuevas en la humedecida arena. Siempre hablando sin parar. Por las mañanas de enero, a su izquierda flotaba la Isla de Coral, flotaba en la bruma. Ella nunca la veía. Piernas muy finitas y muy negras. Las crestas de la tibia casi cortaban la piel reseca. Vestidito floreado y pies descalzos. Casi calva. Poquitas motas aisladas. Traía para vender dos esterillas de juncos apretadas bajo el brazo y un canastito vacío para llevar al regreso algún poco de pescado desprendido de las redes al final del arrastrón. Tan pequeña y tan flaquita que desde lejos parecía una niña. Habló ya muy grande. Desde que llegaron las dos a Macacú, nadie le oyó decir una palabra a la madre y así siguió hasta su muerte, muda.
Las cobijó la gente del alambique en la parte alta del Siriú, al lado de la iglesia de piedra cuando todavía era una capilla de madera y tejas. Tres años tenía cuando llegó allí con la madre. Y habló recién a los diez. Y ya no pudo parar de hablar ni durmiendo. Por eso habla todo el tiempo cuando recorre esos quince quilómetros de ida y esos quince quilómetros del vuelta al pueblo de la iglesia vieja. Con sus patitas de mosquito y su vestidito floreado de muñeca. Cara arrugada sin edad. Su charla es incomprensible, hecha de muchas palabras que se chocan entre ellas, aunque a veces se adivina una lógica inquietante.
La gente que todavía queda en las dunas, cuenta que en los días de verano, en los huecos oscuros de las rocas del morriño, los vendedores de hamacas que venían del nordeste, hinchados de cerveza, retozaban a veces con sus menguadas carnes negras y que fue entonces que ella aprendió a manejar el otro poder de su boca y de su lengua, mejor que las palabras.
Y desde entonces, secretamente, hombres y mujeres del pueblo de la iglesia vieja se dejan dominar por ese poder y ella tiene unos momentos de paz, en los que no está obligada a hablar, y entonces sueña con un faro blanco rodeado de olas sonoras.

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