El Cabrito
El Cabrito murió no hace mucho. No sé como se llamaba. Nadie sabe. Nadie recuerda su nombre. Se llama El Cabrito. Se llamaba. Por mucho tiempo creí, como todos, que el mote le venía de saltar de piedra en piedra en la Isla de Coral, como una cabra. Uno de esos años, en una noche de enero, hablando a oscuras en la playa con un viejo pescador al que nunca logré verle el rostro, que me inundó de historias de barcos balleneros y olas de diez metros, me enteró en un susurro, como si de un hondo secreto se tratase, de que no era por sus saltos que lo llamaban Cabrito. Era por el olor.
El Cabrito era guardafaros en la Isla de Coral. Muchísimos años mantuvo esa luz encendida sobre ese peñón solitario coronado de mata atlántica y bananeros. No tenía muelle la Isla de Coral. No tiene muelle. Si los botes se acercan a la pared de piedra se destrozan por la fuerza del oleaje. Hay que anclar a diez metros de las rocas y vadear las aguas verdes para subir a la isla. No hay corales en la Isla de Coral. No siempre el Cabrito estuvo solo. Tuvo mujer. Muchísimo tiempo atrás. Tuvo hijos también, aunque no sabe bien. Una hija sí, está casi seguro. Estaba casi seguro. Se enfermó de la isla la mujer, de no ver nunca un alma y del lento latido luminoso del viejo faro. Y un día se fue en el mismo bote de la prefectura que les llevaba provisiones mes a mes. Desde ese día el Cabrito olvidó las palabras y ya no volvió a hablar. Cuando le avisaron que el faro iba a dejar de funcionar el Cabrito no se quiso ir de la isla. Se escondió entre la mata y desde ese día vivió solo en esa isla con el faro muerto por toda compañía. El Cabrito se alimentaba de bananas y mejillones. Y de cangrejos, a los que cazaba con rara destreza, a pedradas lanzadas desde lo alto de las rocas. Años antes el Cabrito había cazado enormes y furiosos cangrejos de pinzas violetas atrayéndolos hacia el fondo de su viejo bote que descansaba sobre la grama al borde de las piedras. Colocaba un cebo de carne naranja de mejillones gigantes y cuando el bote hervía de patas y pinzas, iba ensartando uno a uno los cangrejos en un arpón oxidado. Una noche, el viento, o una marea desusadamente alta, nunca quiso saber, se llevó el bote. El Cabrito creyó oír esa noche, diluido en el ruido de las olas y el viento, un llanto de niño. Su mujer no estaba en el faro esa noche y el Cabrito lo olvidó enseguida. Fue después de esa noche que la mujer se enfermó del alma y se embarcó con los hombres de la prefectura. Poco antes de morir el Cabrito, empezaron a llegar los turistas que saltaban de los botes y nadaban hasta las rocas para ver a ese Robinson absurdo, voluntario, oloroso y de ojos azules. Entonces el Cabrito le cobraba a los boteros, diez reales por cada turista que ponía el pie en la Isla de Coral. No tenía el Cabrito como gastar su dinero. El agua se la llevaban gratis cada semana. Pero le gustaba guardar los billetes adentro de una botella, allá en la cima del faro. No sé por qué el Cabrito vivía en una casucha de madera teniendo el faro abandonado a su disposición. No sé si el Cabrito está sepultado en la Isla de Coral o lo llevaron al pueblo al morir. Cuando su mujer se fue, enferma de isla y llevándose una noche borrada de su memoria, también se llevó a la hija de ambos, una negrita de tres años.
El Cabrito murió no hace mucho. No sé como se llamaba. Nadie sabe. Nadie recuerda su nombre. Se llama El Cabrito. Se llamaba. Por mucho tiempo creí, como todos, que el mote le venía de saltar de piedra en piedra en la Isla de Coral, como una cabra. Uno de esos años, en una noche de enero, hablando a oscuras en la playa con un viejo pescador al que nunca logré verle el rostro, que me inundó de historias de barcos balleneros y olas de diez metros, me enteró en un susurro, como si de un hondo secreto se tratase, de que no era por sus saltos que lo llamaban Cabrito. Era por el olor.
El Cabrito era guardafaros en la Isla de Coral. Muchísimos años mantuvo esa luz encendida sobre ese peñón solitario coronado de mata atlántica y bananeros. No tenía muelle la Isla de Coral. No tiene muelle. Si los botes se acercan a la pared de piedra se destrozan por la fuerza del oleaje. Hay que anclar a diez metros de las rocas y vadear las aguas verdes para subir a la isla. No hay corales en la Isla de Coral. No siempre el Cabrito estuvo solo. Tuvo mujer. Muchísimo tiempo atrás. Tuvo hijos también, aunque no sabe bien. Una hija sí, está casi seguro. Estaba casi seguro. Se enfermó de la isla la mujer, de no ver nunca un alma y del lento latido luminoso del viejo faro. Y un día se fue en el mismo bote de la prefectura que les llevaba provisiones mes a mes. Desde ese día el Cabrito olvidó las palabras y ya no volvió a hablar. Cuando le avisaron que el faro iba a dejar de funcionar el Cabrito no se quiso ir de la isla. Se escondió entre la mata y desde ese día vivió solo en esa isla con el faro muerto por toda compañía. El Cabrito se alimentaba de bananas y mejillones. Y de cangrejos, a los que cazaba con rara destreza, a pedradas lanzadas desde lo alto de las rocas. Años antes el Cabrito había cazado enormes y furiosos cangrejos de pinzas violetas atrayéndolos hacia el fondo de su viejo bote que descansaba sobre la grama al borde de las piedras. Colocaba un cebo de carne naranja de mejillones gigantes y cuando el bote hervía de patas y pinzas, iba ensartando uno a uno los cangrejos en un arpón oxidado. Una noche, el viento, o una marea desusadamente alta, nunca quiso saber, se llevó el bote. El Cabrito creyó oír esa noche, diluido en el ruido de las olas y el viento, un llanto de niño. Su mujer no estaba en el faro esa noche y el Cabrito lo olvidó enseguida. Fue después de esa noche que la mujer se enfermó del alma y se embarcó con los hombres de la prefectura. Poco antes de morir el Cabrito, empezaron a llegar los turistas que saltaban de los botes y nadaban hasta las rocas para ver a ese Robinson absurdo, voluntario, oloroso y de ojos azules. Entonces el Cabrito le cobraba a los boteros, diez reales por cada turista que ponía el pie en la Isla de Coral. No tenía el Cabrito como gastar su dinero. El agua se la llevaban gratis cada semana. Pero le gustaba guardar los billetes adentro de una botella, allá en la cima del faro. No sé por qué el Cabrito vivía en una casucha de madera teniendo el faro abandonado a su disposición. No sé si el Cabrito está sepultado en la Isla de Coral o lo llevaron al pueblo al morir. Cuando su mujer se fue, enferma de isla y llevándose una noche borrada de su memoria, también se llevó a la hija de ambos, una negrita de tres años.
