E N T R A D A S
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E T I Q U E T A S


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9 de junio de 2007

VENDEDORA DE ESTERAS


Vendedora de esteras

Era inquietante y hermoso verla venir caminando por el borde de las dunas cubiertas de campanillas azules, resplandecientes, a lo largo de la playa siempre sin parar de hablar. La vi por primera vez mucho antes del asfalto de la calle principal. Cuando era de roja tierra el camino que juntaba aquel pueblo con la ruta y era difícil llegar. Y aunque fue hace muchos años, ella ya no tenía edad. Venía desde muy lejos, más allá de Macacú, bordeando el lago y los morros, le pasaba por encima a las gigantescas dunas y seguía por la siempre desierta franja muy blanca de la playa de Siriú, pisando sin darse cuenta los cangrejos transparentes de ojitos negros vibrantes que salían de sus cuevas en la humedecida arena. Siempre hablando sin parar. Por las mañanas de enero, a su izquierda flotaba la Isla de Coral, flotaba en la bruma. Ella nunca la veía. Piernas muy finitas y muy negras. Las crestas de la tibia casi cortaban la piel reseca. Vestidito floreado y pies descalzos. Casi calva. Poquitas motas aisladas. Traía para vender dos esterillas de juncos apretadas bajo el brazo y un canastito vacío para llevar al regreso algún poco de pescado desprendido de las redes al final del arrastrón. Tan pequeña y tan flaquita que desde lejos parecía una niña. Habló ya muy grande. Desde que llegaron las dos a Macacú, nadie le oyó decir una palabra a la madre y así siguió hasta su muerte, muda.
Las cobijó la gente del alambique en la parte alta del Siriú, al lado de la iglesia de piedra cuando todavía era una capilla de madera y tejas. Tres años tenía cuando llegó allí con la madre. Y habló recién a los diez. Y ya no pudo parar de hablar ni durmiendo. Por eso habla todo el tiempo cuando recorre esos quince quilómetros de ida y esos quince quilómetros del vuelta al pueblo de la iglesia vieja. Con sus patitas de mosquito y su vestidito floreado de muñeca. Cara arrugada sin edad. Su charla es incomprensible, hecha de muchas palabras que se chocan entre ellas, aunque a veces se adivina una lógica inquietante.
La gente que todavía queda en las dunas, cuenta que en los días de verano, en los huecos oscuros de las rocas del morriño, los vendedores de hamacas que venían del nordeste, hinchados de cerveza, retozaban a veces con sus menguadas carnes negras y que fue entonces que ella aprendió a manejar el otro poder de su boca y de su lengua, mejor que las palabras.
Y desde entonces, secretamente, hombres y mujeres del pueblo de la iglesia vieja se dejan dominar por ese poder y ella tiene unos momentos de paz, en los que no está obligada a hablar, y entonces sueña con un faro blanco rodeado de olas sonoras.

1 comentario :

  1. Un cuento ambientado, al parecer, en el mismo universo que el del cabrito. Las mimas locaciones, el mismo lenguaje, los cangrejos y el mar. Y nuevamente, esa especie de melancolía, esa actitud de futilidad absoluta ante la vida; quizás encontrar un pequeño placer que haga que todo haya valido la pena.

    Un cortito excelente, le otorgo 7.0 Hocicos (donde 1 Hocico es lo peor y 10 Hocicos lo mejor).

    Saludos!
    K

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