Larguísimo e ilegible posteo dedicado a Fede, el de Temperamentoahhh.
Él me lo pidió hace tiempo.
Él es el responsable de este masacote.
Él me lo pidió hace tiempo.
Él es el responsable de este masacote.
Digamos que nuestro héroe tiene una relación particular con la naturaleza. La causa de esta particularidad posiblemente haya que buscarla en que su padre, muy tempranamente, lo inició en la pasión por "Tarzán de los monos". Y ese fue el primer libro que nuestro héroe leyó, con poco más de cuatro años. Sin entender la mayoría de las palabras, por supuesto, pero quedándole grabado a fuego el aire selvático, aquel planterío envolvente, la libertad húmeda, los pies desnudos envueltos en la hojarasca.
Y aquella atávica nostalgia por vivir sin ropas lejos de los humanos, que lo acompañó toda la vida.
Es posible que muchos padres no sospechen hasta que punto una primera lectura, así, es iniciática, es capaz de marcar la vida de un hijo para siempre.Lo pensarían mejor si se dieran cuenta.
Pero bueno, lo hecho, hecho estaba y nuestro héroe pasó su infancia desnudo, trepado a una rama de higuera, gritando como un mono y desarrollando una rara habilidad para no ver los detestados signos de presencia humana en su entorno.
Todo lo borraba.
Los contrapisos de hormigón, los muros, los italianos de camisas a cuadros , los gallineros, los gallegos lavando el ómnibus en la puerta. Las casas también las borraba. Y a las personas. todas las personas.
Y entonces, como en las películas, se producía un fundido encadenado de una escena suburbana a una escena de deliciosa soledad y apabullante vegetación. Y el niño transformaba un ligustro y una madreselva en una jungla impenetrable.Y la sublime felicidad de la no existencia de la mirada del otro. Solamente la mirada de maravillados monos.
__________________________
Bueno.
Nuestro héroe se hizo adulto. Y después se hizo viejo.
Pero en su interior seguía el niño desnudo, sentado en un rama de higuera. Gritando. Y viendo a los demás como a una manada de monos. O no viéndolos, en el mejor de los casos.__________________________
Todo esto viene a cuento porque nuestro héroe se encontró con su niño de la higuera -no hace mucho- y lo sacó a pasear.
Nada hacía pensar en esa cálida mañana de enero que su éxtasis ante la grandiosidad de la naturaleza sería interrumpido por algo. Nada. Su niño iba secretamente a su costado.
En ecológico trance, nuestro héroe, descalzo, comenzó a subir por el sendero zigzagueante del cerro al otro lado del que aparecería, ante su vista -premeditadamente asombrada y emocionada- la imponente y casi desierta playa.
Y aquella atávica nostalgia por vivir sin ropas lejos de los humanos, que lo acompañó toda la vida.
Es posible que muchos padres no sospechen hasta que punto una primera lectura, así, es iniciática, es capaz de marcar la vida de un hijo para siempre.Lo pensarían mejor si se dieran cuenta.
Pero bueno, lo hecho, hecho estaba y nuestro héroe pasó su infancia desnudo, trepado a una rama de higuera, gritando como un mono y desarrollando una rara habilidad para no ver los detestados signos de presencia humana en su entorno.
Todo lo borraba.
Los contrapisos de hormigón, los muros, los italianos de camisas a cuadros , los gallineros, los gallegos lavando el ómnibus en la puerta. Las casas también las borraba. Y a las personas. todas las personas.
Y entonces, como en las películas, se producía un fundido encadenado de una escena suburbana a una escena de deliciosa soledad y apabullante vegetación. Y el niño transformaba un ligustro y una madreselva en una jungla impenetrable.Y la sublime felicidad de la no existencia de la mirada del otro. Solamente la mirada de maravillados monos.
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Bueno.
Nuestro héroe se hizo adulto. Y después se hizo viejo.
Pero en su interior seguía el niño desnudo, sentado en un rama de higuera. Gritando. Y viendo a los demás como a una manada de monos. O no viéndolos, en el mejor de los casos.__________________________
Todo esto viene a cuento porque nuestro héroe se encontró con su niño de la higuera -no hace mucho- y lo sacó a pasear.
Nada hacía pensar en esa cálida mañana de enero que su éxtasis ante la grandiosidad de la naturaleza sería interrumpido por algo. Nada. Su niño iba secretamente a su costado.
En ecológico trance, nuestro héroe, descalzo, comenzó a subir por el sendero zigzagueante del cerro al otro lado del que aparecería, ante su vista -premeditadamente asombrada y emocionada- la imponente y casi desierta playa.
Semidesnudo, con escueto short a pesar de su poco agraciada figura, comenzó a emocionarse con las flores naciendo entre las rocas, el rugido de las olas a las que aún no veía, las piedritas del sendero acariciando las plantas de sus pies, el aire fresco de la floresta envolviendo la piel y la promesa de la caminata por esa playa de once kilómetros, la que se había propuesto recorrer íntegramente.Hubiera querido borrar todo recuerdo de cualquier tecnología esclavizante, urbana, moderna, pero no pudo evitar llevar su cámara fotográfica.
Y entonces, el telón de ramas se abrió para que esta maravillosa escena se grabara a fuego en su retina, aunque ya estaba grabada desde hacía treinta años
Pasó así nuestro héroe frente a la única casa del lugar. Extrañamente, nunca le había molestado esa construcción ahí, sobre una loma mirando el mar, al comienzo de la playa.
Pasó así nuestro héroe frente a la única casa del lugar. Extrañamente, nunca le había molestado esa construcción ahí, sobre una loma mirando el mar, al comienzo de la playa.
Esa vieja construcción de arquitectura azoriana, colonial, despojada, abandonada, le parecía en perfecta armonía con el entorno. Era el único elemento humano que su naturismo extremo, fundamentalista, admitía en el paisaje que se pintaba a sí mismo cuando pasaba por ahí, por la amada y desierta playa de Siriú.
Su mirada evitó ver las tres sombrillas plantadas al comienzo de la playa. Las borró de su cuadro como antes hacía desde la rama de la higuera con las casas del barrio.
En los últimos tiempos algunas personas empezaban a descubrir ese paraíso intocado y nuestro héroe percibía el fenómeno como una perversa invasión. Lo tomaba como una afrenta personal. El dueño de la playa era él. El único que la entendía. Y esa gente iba a terminar violando a su amada. Aunque ya tenía una larga práctica en no ver lo que no quería ver. Así que no las vio, y por supuesto, no las fotografió. De ninguna manera le iban a arruinar su robinsonezco día de gloria ecológica.
Y caminó y caminó, en perfecto éxtasis.
Su mirada evitó ver las tres sombrillas plantadas al comienzo de la playa. Las borró de su cuadro como antes hacía desde la rama de la higuera con las casas del barrio.
En los últimos tiempos algunas personas empezaban a descubrir ese paraíso intocado y nuestro héroe percibía el fenómeno como una perversa invasión. Lo tomaba como una afrenta personal. El dueño de la playa era él. El único que la entendía. Y esa gente iba a terminar violando a su amada. Aunque ya tenía una larga práctica en no ver lo que no quería ver. Así que no las vio, y por supuesto, no las fotografió. De ninguna manera le iban a arruinar su robinsonezco día de gloria ecológica.
Y caminó y caminó, en perfecto éxtasis.
A la derecha las olas enormes y rugientes y las misteriosas islas.
A la izquierda las empinadas dunas. Los urubús y los albatros sobrevolándolas en círculos.Debajo de sus pies y extendiéndose hasta perderse en la bruma, hasta el pie de los cerros, la larguísima franja de arena que albergaba un mundo casi escondido de seres infinitos y enigmáticos.
Así que nuestro héroe caminó y caminó, a veces con los pies bañados por la espuma, a veces haciendo crujir rítmicamente la alfombra de conchillas de moluscos que se extendía multicolor en la orilla.
Conversó con los cangrejos nerviosos y de ojos saltones que viven en miles de minúsculas cuevas.
Conversó con los cangrejos nerviosos y de ojos saltones que viven en miles de minúsculas cuevas.
Se asombró con el color turquesa de algunos caracoles y las esculturas que las olas iban tallando en la arena.
Se atrevió a tocar las extrañas medusas violetas que invadían la playa a pesar de que había oído que eran muy peligrosas y podían ser mortales.
FEDE.
También le habían dicho que podían producir trastornos intestinales, pero sentía que su comunión con la naturaleza lo hacía inmune.Restos de naufragios traídos por la resaca lucían cubiertos por moluscos de hermosos colores.
Nuestro héroe creyó por un momento que podría vivir ahí, desnudo, en una choza.
Emocionado, se lo planteó como proyecto de vida.
Lo creyó.
Lo creyó hasta el momento en que, ya recorridos un par de kilómetros empezó a sentir aquello.
Primero fue una pequeñísima punzada debajo del ombligo, como un destello.
Se hizo más fuerte enseguida.
Mucho más fuerte.
De pronto era como una puñalada.
Nuestro héroe tuvo que admitirlo.
Se hizo más fuerte enseguida.
Mucho más fuerte.
De pronto era como una puñalada.
Nuestro héroe tuvo que admitirlo.
Tenía un cólico.
Más bien fuerte.
Muy fuerte.
Estaba a punto de cagarse encima.
Tímidamente intentó resolver la situación con un pedo pero notó que no era una buena solución. El pedo no sería tal si lo dejaba salir. Sería otra cosa.
Estaba a punto de cagarse encima.
Tímidamente intentó resolver la situación con un pedo pero notó que no era una buena solución. El pedo no sería tal si lo dejaba salir. Sería otra cosa.
Miró entonces el mar salvador pero las furiosas olas lo aterrorizaron. Imposible defecar sin ahogarse en esas traicioneras aguas.
Miró entonces las altas dunas y calculó que el esfuerzo de las primeras zancadas para trasponerlas y ocultarse produciría prematuramente la cada vez más inevitable explosión de sus vísceras.
Miró entonces las altas dunas y calculó que el esfuerzo de las primeras zancadas para trasponerlas y ocultarse produciría prematuramente la cada vez más inevitable explosión de sus vísceras.
La playa en sí misma no era una opción.
Una romántica pareja que antes no había querido ver, se hacía arrumacos a escasos cinco metros de su drama interior. Y el pudor era más fuerte que sus cólicos. Sentía miles de ojos mirándolo en ese momento límite.
Así que volvió sobre sus pasos.
Alcanzar el extremo de la playa y el cerro antes del fatal desenlace era su meta suprema.
Sudores y escalofríos a cada paso y punzadas de dolor inaudito lo acompañaban.
Seguramente no llegaría. Tenía que llegar.
En medio de su martirio, en medio de aquel recorrido torturante que requería de su mayor concentración para evitar lo inevitable, se oye aquella voz perturbadora: “Señor, ¿nos puede sacar una foto a las dos juntas?” Las hermosas jovencitas argentinas no tenían por qué saber de su angustiosa via crucis. No tenían por qué saber que ese inocente pedido aumentaba aún más la tortura de nuestro héroe. Que esa demora podría ser fatal. Que la autoestima de nuestro héroe caía en picada por la comparación entre esos jóvenes, frescos y esbeltos cuerpos y su dolida, obesa y anciana humanidad repleta de heces incontenibles.
Les sacó amablemente la foto entre sudores, temblores y desvanecimientos, esbozó un “de nada” con voz desfigurada por el bochorno y el dolor y prosiguió su camino interminable hasta pasar ante las ominosas sombrillas, seguro de que ahí mismo se produciría la temida explosión, cubriéndolo de vergüenza para siempre.
Una romántica pareja que antes no había querido ver, se hacía arrumacos a escasos cinco metros de su drama interior. Y el pudor era más fuerte que sus cólicos. Sentía miles de ojos mirándolo en ese momento límite.
Así que volvió sobre sus pasos.
Alcanzar el extremo de la playa y el cerro antes del fatal desenlace era su meta suprema.
Sudores y escalofríos a cada paso y punzadas de dolor inaudito lo acompañaban.
Seguramente no llegaría. Tenía que llegar.
En medio de su martirio, en medio de aquel recorrido torturante que requería de su mayor concentración para evitar lo inevitable, se oye aquella voz perturbadora: “Señor, ¿nos puede sacar una foto a las dos juntas?” Las hermosas jovencitas argentinas no tenían por qué saber de su angustiosa via crucis. No tenían por qué saber que ese inocente pedido aumentaba aún más la tortura de nuestro héroe. Que esa demora podría ser fatal. Que la autoestima de nuestro héroe caía en picada por la comparación entre esos jóvenes, frescos y esbeltos cuerpos y su dolida, obesa y anciana humanidad repleta de heces incontenibles.
Les sacó amablemente la foto entre sudores, temblores y desvanecimientos, esbozó un “de nada” con voz desfigurada por el bochorno y el dolor y prosiguió su camino interminable hasta pasar ante las ominosas sombrillas, seguro de que ahí mismo se produciría la temida explosión, cubriéndolo de vergüenza para siempre.
Y de mierda.
La idea de la mierda corriendo por sus piernas ante los ojos asombrados de esa gente le resultaba insoportable.
Cada paso parecía alejarlo de su meta en lugar de acercarlo.
Ya al límite de su sufrimiento, logró pasar por las sombrillas con éxito, sumido en terror y pavorosos ruidos internos.
Ya al límite de su sufrimiento, logró pasar por las sombrillas con éxito, sumido en terror y pavorosos ruidos internos.
Quedaba una esperanza. El solitario sendero del cerro y la cerrada mata nativa que lo bordeaba.
Pero el solitario sendero estaba lleno de gente bajando con sillas, sombrillas, niños, perros y cerveza.
Y la muy puta mata nativa estaba impenetrable de espinas aguzadas.
Así que en un épico esfuerzo final, nuestro héroe apretó con frenesí su esfínter y logró llegar a la ansiada camioneta, con su cuerpo doblado en ángulo recto. Se ubicó con dificultad en el asiento. Trabajosamente sorteó el tránsito en contra en el angosto camino, pensando siempre en la integridad del tapizado.
Así que en un épico esfuerzo final, nuestro héroe apretó con frenesí su esfínter y logró llegar a la ansiada camioneta, con su cuerpo doblado en ángulo recto. Se ubicó con dificultad en el asiento. Trabajosamente sorteó el tránsito en contra en el angosto camino, pensando siempre en la integridad del tapizado.
Los quinientos metros que lo separaban de la posada se le hicieron quinientos kilómetros.
Los diez metros del corredor hasta la puerta de la habitación, una eternidad.
Estrepitosa entrada.
Portazo triunfal en el baño.
Maravillosa visión del amado water, el amado bidet, el amado papel.
-¿Cómo te fue, mi amor?
-Prrrffff Pum Prrrfff Pum Sprruajjj!!!!
-¡Como la mierda me fue!!
¡¡¡Y Tarzán se puede ir a la concha de su madre!!!
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Nuestro héroe, como tantas otras veces en su vida, se dio cuenta de la importancia vital de la literatura.
Sus viscicitudes, que habían comenzado con Edgar Rice Burroughs, terminaban con Cortázar y "Un tal Lucas".
Ya en el año 79, Cortázar, como siempre, se anticipó a esta historia cuando escribió "Lucas y sus meditaciones ecológicas" y "Lucas y sus pudores".
Si les dan las pelotas, lean esos dos textos a continuación.
Si no les dan, no los lean.
Pero si lograron leer mi torpe texto sin aburrirse demasiado, Cortázar no les va a dar ningún trabajo.
LUCAS, SUS MEDITACIONES ECOLÓGICAS
En esta época de retorno desmelenado y turístico a la Naturaleza, en que los ciudadanos miran la vida de campo como Rousseau miraba al buen salvaje, me solidarizo mas que nunca con: a) Max Jacob, que en respuesta a una invitación para pasar el fin de semana en el campo, dijo entre estupefacto y aterrado: << ¿El campo, ese lugar donde los pollos se pasean crudos?>>; b) el doctor Jonson, que en mitad de una excursión al parque de Greenwich, expreso enérgicamente su preferencia por Fleet Street; c) Baudelaire, que llevo el amor de lo artificial hasta la noción misma de paraíso.
Un paisaje, un paseo por el bosque, un chapuzón en una cascada, un camino entre las rocas, solo pueden colmarnos estéticamente si tenemos asegurado el retorno a casa o al hotel, la ducha lustral, la cena y el vino, la charla de sobremesa, el libro o los papeles, el erotismo que todo lo resume y lo recomienza. Desconfío de los admiradores de la naturaleza que cada tanto se bajan del auto para contemplar el panorama y dar cinco o seis saltos entre las peñas; en cuanto a los otros, esos boyss-scouts vitalicios que suelen errabundear bajo enormes mochilas y barbas desaforadas, sus reacciones son sobre todo monosilábicas o exclamatorias; todo parece consistir en quedarse una y otra vez como estúpidos delante de una colina o una puesta de sol que son las cosas mas repetidas imaginables.
Los civilizados mienten cuando caen en el deliquio bucólico; si les falta el scotch on the rocks a las siete y media de la tarde, maldecirán el minuto en que abandonaron su casa para venir a padecer tábanos, insolaciones y espinas; en cuanto a los mas próximos a la naturaleza, son tan estúpidos como ella. Un libro, una comedia, una sonata, no necesitan regreso ni ducha; es allí donde nos alcanzamos por todo lo alto, donde somos lo mas que podemos ser. Lo que busca el intelectual o el artista que se refugia en la campaña es tranquilidad, lechuga fresca y aire oxigenado; con la naturaleza rodeándolo por todos lados, él lee o pinta o escribe en la perfecta luz de una habitación bien orientada; si sale de paseo o se asoma a mirar los animales o las nubes, es porque se ha fatigado de su trabajo o de su ocio. No se fíe, che, de la contemplación absorta de un tulipán cuando el contemplador es un intelectual. Lo que hay allí es tulipán + distracción, o tulipán + meditación (casi nunca sobre el tulipán). Nunca encontrará un escenario natural que resista más de cinco minutos a una contemplación ahincada, y en cambio sentirá abolirse el tiempo en la lectura de Teócrito o de Keats, sobre todo, en los pasajes donde aparecen escenarios naturales. Sí, Max Jacob tenía razón: los pollos, cocidos.
Un paisaje, un paseo por el bosque, un chapuzón en una cascada, un camino entre las rocas, solo pueden colmarnos estéticamente si tenemos asegurado el retorno a casa o al hotel, la ducha lustral, la cena y el vino, la charla de sobremesa, el libro o los papeles, el erotismo que todo lo resume y lo recomienza. Desconfío de los admiradores de la naturaleza que cada tanto se bajan del auto para contemplar el panorama y dar cinco o seis saltos entre las peñas; en cuanto a los otros, esos boyss-scouts vitalicios que suelen errabundear bajo enormes mochilas y barbas desaforadas, sus reacciones son sobre todo monosilábicas o exclamatorias; todo parece consistir en quedarse una y otra vez como estúpidos delante de una colina o una puesta de sol que son las cosas mas repetidas imaginables.
Los civilizados mienten cuando caen en el deliquio bucólico; si les falta el scotch on the rocks a las siete y media de la tarde, maldecirán el minuto en que abandonaron su casa para venir a padecer tábanos, insolaciones y espinas; en cuanto a los mas próximos a la naturaleza, son tan estúpidos como ella. Un libro, una comedia, una sonata, no necesitan regreso ni ducha; es allí donde nos alcanzamos por todo lo alto, donde somos lo mas que podemos ser. Lo que busca el intelectual o el artista que se refugia en la campaña es tranquilidad, lechuga fresca y aire oxigenado; con la naturaleza rodeándolo por todos lados, él lee o pinta o escribe en la perfecta luz de una habitación bien orientada; si sale de paseo o se asoma a mirar los animales o las nubes, es porque se ha fatigado de su trabajo o de su ocio. No se fíe, che, de la contemplación absorta de un tulipán cuando el contemplador es un intelectual. Lo que hay allí es tulipán + distracción, o tulipán + meditación (casi nunca sobre el tulipán). Nunca encontrará un escenario natural que resista más de cinco minutos a una contemplación ahincada, y en cambio sentirá abolirse el tiempo en la lectura de Teócrito o de Keats, sobre todo, en los pasajes donde aparecen escenarios naturales. Sí, Max Jacob tenía razón: los pollos, cocidos.
LUCAS, SUS PUDORES.
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metro del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres._________________________
Bueno, le debía esto al
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres._________________________
Bueno, le debía esto al