E N T R A D A S
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E T I Q U E T A S


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5 de junio de 2007

Apuntes para una novela casi verdadera de un pueblo de pescadores casi falso



El padre Pedro

Las manos gordas, no limpias, el cura Pedro solía recorrer los corredores allá por las diez y media, de la noche por supuesto, y ya cerca de las once entraba en la sacristía con un andar desmayado como no queriendo entrar.
Daba vuelta las imágenes bien de cara a la pared. El Cristo de ojos de vidrio, de tamaño natural y con la cruz a la espalda era el que más le costaba. Se desnudaba despacio uno a uno los botones forrados con negra tela de la brillosa sotana. Se sacaba los zapatos, los de punteras gastadas y cordones muy finitos y doblaba bien prolijos los menguados pantalones. Con las medias solamente, caminaba de costado, tomaba el cáliz brillante de adentro de la custodia, lo llenaba de aquel vino muy espeso turbio y agrio y lo apuraba de un trago con los ojos apretados.
Cuando sonaban las doce, de la noche por supuesto, parado frente al espejo de columnitas torneadas, con los muslos separados observaba en el azogue su miembro erguido e inflado y dos lágrimas muy gordas, aceitosas y pesadas le bañaban las mejillas sin afeitar y arrugadas. Y era entonces que gritaba con voz quebrada: Delfina!!!


El rezador

Juan estaba muy seguro, de que Dios lo autorizaba a tomar todos los días un poco de la limosna. Juan vivía desde muy niño a los fondos de la Iglesia en una casucha verde ya casi subiendo al cerro. Lo encontraron en un bote infestado de cangrejos una mañana de enero entre el islote y la playa. Era un bebé silencioso con los ojos muy azules. Se lo llevaron al cura que lo crió desde entonces y Juan nunca bajó al pueblo.
La casa verde de Juan era un viejo cobertizo que había alojado un bote. Tan bajito el techo, apenas más alto que la cama. Juan dormía con la cara pegada a tejas y tirantes. Desde siempre. Por eso Juan era bizco. Juan tenía solamente tres dedos en su mano izquierda, el meñique y el anular habían sido devorados por los cangrejos en su bote cuna. Nadie entendió aquellos días por qué Juan no lloraba, por qué Juan estaba vivo ni de dónde había venido. Juan estaba poseído por una mística obsesión que lo llevaba a barrer febrilmente la iglesia antes de las misas. La azul mirada de Juan nunca se fijaba en nada, como a lo lejos miraba. Al terminar el oficio con reverencia servil recogía la limosna y se cobraba su parte que escondía en los calzoncillos y después depositaba el tallado limosnero con las restantes monedas a los pies de aquel Jesús, el de los ojos de vidrio y cabello natural.
Después de las misas pasaba un paño a la oscura madera de los bancos y recogía las mariposas aplastadas en los respaldos. A la hora en que los buitres regresaban a la plaza y negreaban la playa y los tejados, Juan rezaba. Rezaba imparable. Rezaba sabio en saberes del pueblo. Sabio en muertos y sabio en amantes y en enfermedades. Sabio sin salir nunca del templo. Sabio de escuchar agazapado las preces de la gente. Sabio de escuchar sus confesiones entreveradas con el ruido de la escoba..
Juan rezaba cada hora de sus días, cada hora en que no había oficio. Juan rezaba por todos y cada uno de los habitantes del pueblo, sin olvidar a ninguno, con su apodo, con su nombre y apellido, con sus hijos y sus nietos, con sus perros y sus cerdos. Iban desfilando todos en procesión por la letanía interminable de Juan. Antes de empezar, con la nave en penumbra apenas iluminada la imagen de San Joaquín por un cirio amarillo, Juan colocaba un paño en el reclinatorio y un gran vaso de agua en el banco a su lado para preparar aquel interminable viaje en oración por todos los vivos y todos los fantasmas del pueblo. Tomaba tres sorbos sucesivos de agua al terminar la lista, se levantaba, pasaba parsimoniosamente la escoba por el piso, y volvía a arrodillarse y comenzar otra vez por el principio de la lista. Bajando y subiendo la cabeza, golpeando rítmicamente en el piso con la punta de su pie derecho y evocando a todos, al carnicero, al farmacéutico, a los pescadores de la playa, a todos los muertos, con voz fuerte y monótona, a veces enojada y perentoria, exigiendo más que pidiendo.

Por eso Juan se sentía con derecho a parte de la limosna. Por eso tomaba del limosnero tallado a los pies del Cristo de ojos de vidrio, algunas monedas que iba juntando para asegurarse cada noche de velorio un instante de paraíso en la tierra. Juan esperaba ansioso las muertes del pueblo.

Cuando ya todos se habían ido al velorio, en la vieja y pequeña capillita de la cofradía, al otro lado de la plaza, Juan terminaba sus rezos, se paraba y barría por última vez el piso reluciente. Cuando ya nada sonaba en la nave de techo envarillado, cuando los buitres volvían desde la playa a los cerros, cuando sonaban los pasos pesados del cura bajando la escalinata hacia la plaza, rumbo a la capillita, Juan apagaba el cirio que alumbraba a San Joaquín, entraba al confesionario, se sentaba en el pulido banco de madera, corría la cortina, abría su bragueta, contaba bizcamente las monedas y como todas las noches de todos los velorios esperaba la llegada de Delfina.

2 comentarios :

  1. Me gusta tu narrativa, Santi. Es limpia y clara como el cristal, y aparte expresa justamente lo que querés decir. Nada de información de más ni de menos, sólo lo necesario. El cuento es conmovedor, al menos para mí. Narra cómo un hombre sólo quiere lo que todos los hombres -sexo- y por su profesión no puede acceder a él.

    Me gusta mucho por que es un cuento reaccionario, te lo hayas propuesto o no, tira una inmensa cantidad de mierda sobre la iglesia desde el punto de vista de un personaje entrañable, querible a fuerza de infortunios privados y a pesar de sus deformidades.

    También narra, con un estilo que me hizo acordar a Garcia Marquez, el típico pueblito con sus personajes más o menos caracterísicos. Lo que me inquieta un poco es que nunca se sabe bién hasta que punto este ejercicio literario se apoya en la realidad. Quizás ése secreto sea lo mejor del cuento (la realidad, por otro lado, es relativa así que tanto la aclaración no importa).

    Felicitaciones desde la Ciudad de la Furia.

    Saludos!

    K

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  2. Santi, me encantó tu narrativa. Tiene un ritmo impresionante, y es justo como vos, como las cosas que querés.

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