En un segundo se me vino encima toda mi infancia.
Vamos a ver si me puedo explicar.
Yo era un niño pobre, pero no lo sabía.
Mis recuerdos están llenos de sirenas de fábricas textiles que marcaban el ritmo de nuestras horas y de chillidos de cerdos apuñalados.
Mis vecinos, casi parientes, eran todos inmigrantes gallegos e italianos. No teníamos cercas que separaran los terrenos y por ahí nos andábamos persiguiendo entre las tomateras de los tanos y las coles de los gallegos. El olor a orégano, a fritos, a vino agrio, a ajo y a ruda, todavía no se apagó en mi nariz. Y el sabor hiriente de los ajíes catalanes todavía es para mí un vicio que aprendí con aquellos mediterráneos siempre malhumorados añorando su tierra. También aprendimos que se puede tener el Sagrado Corazón de Jesús en la cabecera de la cama y ser furiosamente comunista. Y que se puede dar una terrible paliza a un hijo con un sueco de madera sin sentir culpas.
Mis vecinos, casi parientes, eran todos inmigrantes gallegos e italianos. No teníamos cercas que separaran los terrenos y por ahí nos andábamos persiguiendo entre las tomateras de los tanos y las coles de los gallegos. El olor a orégano, a fritos, a vino agrio, a ajo y a ruda, todavía no se apagó en mi nariz. Y el sabor hiriente de los ajíes catalanes todavía es para mí un vicio que aprendí con aquellos mediterráneos siempre malhumorados añorando su tierra. También aprendimos que se puede tener el Sagrado Corazón de Jesús en la cabecera de la cama y ser furiosamente comunista. Y que se puede dar una terrible paliza a un hijo con un sueco de madera sin sentir culpas.
Pero bueno, no era esto lo que yo quería contar.
Yo quería contar que en ese suburbio pobre y semirural , con olor a tocinos y pancetas mal secados por causa de un clima espantosamente húmedo, con olor a las plumas calientes de las gallinas en verano, que deambulaban por todas las casas, ahí, descalza, con los deditos de los pies llenos de barro y mierda, ahí, estaba ella, la “Chinga” .
Mi amor de infancia, con su vestidito floreado y su espalda llena de pequitas.
La “Chinga”…
La “Chinga”…
Ni idea del origen de su apodo. No era de familia inmigrante, sería quizás de una segunda generación.
Del origen de mi apodo sí sabía. Yo era el “Chaguito”
Venía del apodo de mi padre, el “Chago”, que a su vez venía de una deformación del “Tiago” portugués, ya que mi padre era de la frontera con Brasil.
Así que el “Chaguito” y la “Chinga” se revolcaban alegremente en el barro de los gallineros en aquel suburbio obrero de principios de la década del 50.
Bueno, pasaron los años y ya no fui tan pobre.
Venía del apodo de mi padre, el “Chago”, que a su vez venía de una deformación del “Tiago” portugués, ya que mi padre era de la frontera con Brasil.
Así que el “Chaguito” y la “Chinga” se revolcaban alegremente en el barro de los gallineros en aquel suburbio obrero de principios de la década del 50.
Bueno, pasaron los años y ya no fui tan pobre.
Mi oficio de músico me llevó por muchos lados y varias veces atravesé el muro que encierra y protege a las clases elegidas, hacia un lado y hacia el otro. Ese muro deja pasar a veces, un poquito, no sin resistencia, a algunos artistas. Ese fue el caso allá por los ochentas en que se realizó una recepción oficial en una mansión de Punta del Este, propiedad de un pintor argentino muy famoso y de familia patricia. Era muy conocido por haber teñido de verde las aguas del Gran Canal de Venecia, en una especie de alegato conceptual-ecologista. Tenía pensado hacerlo también con el Támesis. El desiderátum de lo esnob. Vieja casona, casco de estancia reciclado a orillas del Lago del Sauce, enorme sala central con una gigantesca y medieval cama al centro, con baldaquino, totalmente coherente con la intensa condición gay de su propietario. Paredes decoradas en estilo hiperrealista, con vacas y caracoles gigantes recortados sobre una campiña minuciosamente pintada que replicaba con increíble exactitud el paisaje que rodeaba a la casona y solamente se interrumpía por una gran puerta ventana en cada una de las cuatro paredes.
En ese entorno ofrecimos con mi grupo, un concierto de música medieval y renacentista, esas cosas de las que después uno se arrepiente.
El Presidente de la República llegó en helicóptero, tarde por supuesto. También estaba la Ministra de Cultura y los apellidos más sonoros de las oligarquías argentina y uruguaya.
Y conocidos artistas, como la “Tana” Rinaldi.
Luego del concierto, participamos del buffet y del beberaje obligados en esos casos y fuimos saludados y elogiados por los ilustres concurrentes que nos hicieron la gracia de tratarnos como casi iguales.
Y entonces llegó el momento de saludar a la anfitriona, la que había organizado tan magno evento, la muy socialmente activa esposa de uno de los empresarios más importantes de Punta del Este.
Venía caminando hacia nosotros con impactante pero sobrio traje de fiesta y cuando me vio, enfundado en mi esmoquin, se detuvo un instante, como si hubiera chocado con una pared y entonces se acercó y me dijo, en voz baja y temblorosa: “Chaguito!!!”
Y yo le contesté en voz más alta, que no pude controlar: “Chinga!!!, ¿Qué hacés acá…?”
Sus uñas se clavaron en mi muñeca hasta lastimarme, y al oído me dijo: “Por favor, bajá la voz, acá soy María del Carmen”
Y entonces se me vino toda la infancia encima. Y me empezó a sonar muy adentro, “La hermana de la Coneja” de Jaime Ross. No sé por qué.