E N T R A D A S
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E T I Q U E T A S


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22 de junio de 2009

EL PLAGIO DE CORTÁZAR



Yo digo que Cortázar me plagió.


Plagió un episodio de mi vida que yo nunca había considerado digno de ser escrito, por demasiado familiar.
Me atrevo ahora a escribirlo porque Cortázar lo escribió antes. Y si para Cortázar está bien que se escriba una cosa así, para mí también.

No hace mucho falleció mi suegro. Vivía en Porto Alegre, en Brasil, a mil kilómetros de Montevideo. Bea había estado cuidándolo en su enfermedad cerca de veinte días, hasta un cierto sábado en que decidió volver a Montevideo por unos días dejando al papá al cuidado del hermano.
Los autobuses Porto Alegre- Montevideo viajan de noche, así que ella llegó en la mañana del domingo. Esa misma tarde nos avisaron del fallecimiento de su padre y ya sin tiempo para tomar un ómnibus y sin los documentos necesarios y sin revisar el auto, salimos para Porto Alegre sin escalas, intentando llegar antes de que se realizara el entierro.
No los voy a cansar con todos los contratiempos de ese viaje de ida que parecían provocados por alguna fuerza extraña empeñada en no dejarnos acercar a Porto Alegre. Íbamos también con la idea de traernos a mi suegra a Montevideo a hacer su duelo. Desde problemas con la policía federal brasileña y migración, hasta desperfectos eléctricos inexplicables en el auto, nos pasó de todo y recién divisamos los muros del cementerio Juan XXIII unos minutos antes del entierro. Todo el tiempo sentí que alguien no quería que llegáramos, como si el auto estuviera empujando un elefante.

Pero lo más duro pasó a la vuelta.

Terminados algunos trámites logramos no sé cómo convencer a mi suegra de que se viniera con nosotros a Montevideo. Ella no quería separarse de su apartamento ni de su viejito con el que había convivido casi sesenta años.

Y salimos. Con toda la idea de no dejarnos alcanzar por la noche en territorio brasileño.
Ni bien arrancamos, una niebla espesa tapó todo el paisaje obligándonos a andar a menos de sesenta quilómetros por hora. El trayecto entre Porto Alegre y la ciudad de Pelotas, trayecto que normalmente hacemos en un máximo de tres horas, nos llevó siete, siete horas envueltos en una nube compacta a través de la que solamente se veía el parpadear de las balizas rojas de los autos y camiones que iban a paso de tortuga y con la tristeza sólida de mi suegra pesando en el asiento del acompañante y la seguridad inquietante de que nos iba a agarrar la noche en la carretera más solitaria de Brasil.

Luego, al entrar en el segmento Rio Grande-Chuy desaparecieron todas las luces bruscamente, porque en esa ruta nadie se aventura de noche. Se hizo la una de la madrugada, los focos del auto iluminaban una pared de niebla lechosa y recién estábamos por entrar en la zona de la reserva ecológica de los humedales del Taim cuando sucedió. Un golpe repentino y seco y quedé sin control del auto. Lo dejé ir como pude hasta la banquina apenas adivinada entre la niebla y la oscuridad total y clavé el freno de mano. Me bajé en medio de esa noche sin luna y con niebla, con cien quilómetros de nada hacia adelante y cien quilómetros de nada hacia atrás. Vi que tenía un neumático destrozado. Había golpeado contra el borde filoso de un bache de la ruta.
La rueda auxiliar no tenía aire.
No podía dejar las luces encendidas para no acabar con la batería.
Una linternita-llavero insignificante y nada más.
Tres mujeres silenciosas, tristes y asustadas en el auto.
Sin señal alguna de celular.
Negrura absoluta.
Y la carretera más recta, plana, solitaria y silenciosa que se puedan imaginar. Las dos horas o dos horas y media que pasé recostado al capó del auto intentando penetrar la oscuridad con la vista parecieron años. Empecé a pensar que ese momento era eterno.
Única luz, la brasa de mi cigarrillo y algunas pocas luciérnagas lejanas. Tenía que reservar la linternita por si venía algún auto para pedirle ayuda.
Cuando uno está así, de noche, en una ruta desierta, sin luna, sin estrellas, sin una gota de viento, uno no ve nada pero imagina todo hasta que lo ve. Imagina árboles imagina sombras que se mueven imagina mundos que no están. Imagina ruidos sordos y crujidos y gemidos. Uno proyecta fantasmas. Se oye latir el corazón.

De pronto pude ver una luz hacia el lado de Rio Grande.
El que nunca estuvo en una situación así, de noche en una carretera interminable, recta y plana, no sabe lo que puede tardar una luz que se ve en el horizonte en llegar hasta el observador. Puede pasar media hora y se ve del mismo tamaño y en el mismo lugar, tanto que uno piensa que puede ser la luz de una casa, sin embargo, está viniendo a 120 por hora, pero no se mueve. Y uno haciendo señales ya desesperadas con la linternita de luz verde, prendiendo y apagando, rezándole a cualquier cosa para que se detenga. Y de pronto crece muy de a poco y empieza a iluminar los arbustos del borde de la carretera y se separa en dos. Se acerca, ya está aquí.
Como la oscuridad de horas me abrió las pupilas, las luces me encandilan dolorosamente y no puedo ver el interior, me asusto un poco, pero sigo haciendo señales. El auto empieza a detenerse pero por la velocidad que trae recién lo logra pasados varios metros. Corro hacia él con el pecho agitado. No sé si iluminar el auto con la linternita o iluminar mi cara para generar confianza. Me da miedo alumbrarme yo y no al auto, me hace sentir indefenso. Como un interrogatorio policial. Ilumino el auto con un redondelito de luz verde. Pegada al vidrio trasero veo una cara gris y asustada diciendo algo al conductor. Me acerco al auto para explicarme. El acompañante tiene la cara oculta con una bufanda y mira hacia delante sin moverse. En ese momento el conductor, arrepentido de haberse detenido, acelera súbitamente y me deja parado en la ruta, sumergido en un alivio inexplicable.
(Pongo este texto en cursiva porque más adelante habrá que compararlo con otro)

Para no cansarlos, les cuento sintéticamente que ese viaje llevó más de cuarenta horas, que a partir de ahí, dejando a Bea , a su hija y a mi suegra aterrorizadas en medio de la noche, recorrí parte del sur de Brasil buscando una gomería en una camioneta destripada y ruidosa con un conductor loco vendedor de pescado que no me dejó sentarme adelante porque en ese asiento llevaba su reloj de mano que era uno de aquellos antiguos despertadores rojos con dos enormes campanas, que soltaba el volante para ver la hora y me dejó a las tres y media de la mañana en un pueblito de calles de barro intrincadas y oscuras, solo con mi pobre neumático destruido, frente a un rancho de madera, debajo de una lamparita mortecina de 25 watts y rodeado de perros callejeros, a los que tengo fobia, recostado en la chatarra helada de un “fusca”, esperando al gomero que llegó a las cinco. También les cuento que el viaje de retorno con la goma reparada hacia el lugar dónde se encontraba el auto, lo hice en una extraña ambulancia sin placas, conducida por un mugriento enfermero más extraño aún y que la rueda viajó en la camilla. Al llegar al auto, ya amaneciendo, coloqué la rueda y ahí me di cuenta de que uno de los neumáticos traseros estaba también destrozado. El filo del bache había cortado dos gomas. El terror de las mujeres había evolucionado a una especie de resignación. Coloqué, ayudado por mi hija Gabriella la rueda auxiliar, sin aire y de milagro apareció un camión que se detuvo y el conductor nos infló la rueda con una manguera de aire comprimido que ellos siempre llevan.
Al fin salimos ya casi alegres y casi bromistas.

Entramos en la zona de la reserva ecológica de Taim y a los veinte kilómetros estalló nuevamente la goma supuestamente reparada.

Otra vez la banquina.
Otra vez la espera de una presencia salvadora en la soledad.
Pero ya era de día.
En ese momento mi suegra dice: “Es mi viejito que no quiere que me vaya con ustedes”
A partir de ahí, nueva odisea por los arrozales y bañados, buscando una gomería, montado en una vieja Ford 100 de dos vendedores de carretera, uno de condimentos y el otro de confites y adornos para tortas.
Entonces, en una de las paradas que los tipos hacían para cobrar cuentas y levantar pedidos, en la tienda de ramos generales de un ingenio arrocero, me bajé de la camioneta, me apoyé en un árbol y mirando hacia las nubes le grité a mi suegro: “Por favor Sabino, dejala en paz, dejala seguir, no rompas más las bolas, no la tortures, dejanos salir de Brasil”

Y bueno, a partir de ahí las cosas se empezaron a arreglar. Conseguí que la gente de una gomería de la ciudad de Santa Vitoria do Palmar me llevara hasta el lugar del auto, que había quedado 100 kilómetros atrás, con unas gomas prestadas y luego en Sta Vitoria se repararon las mías definitivamente.

Ahora bien, antes de salir de Porto Alegre, después del entierro de mi suegro, antes de que pasara todo eso que les conté, un amigo de la familia que siempre enfrenta con humor negro las situaciones jodidas, hablando en broma de la forma de trasladar el cuerpo a Montevideo, había contado una anécdota de un colega, que para evitar pagar el carísimo traslado del cadáver de su padre lo había sentado en el asiento delantero todo arropado, y viajando de noche, cruzó la frontera haciéndolo pasar por vivo. La anécdota estaba plagada de detalles terroríficos que no vienen a cuento. (Esto guárdenselo hasta que lean lo de Cortázar. )

Bueno. Y ahora, lo del plagio de Cortázar.

Ustedes saben que yo ando medio atrasado en lecturas y hace poco días que leí por primera vez “Un tal Lucas” de Cortázar. Quiero decir que eso que me pasó, me pasó antes de leer a “Un tal Lucas” Y ahí me encuentro con esto:

“Curioso enlace de una historia y una hipótesis a muchos años y a una remota distancia; algo que ahora puede ser un hecho exacto pero que hasta el azar de una charla en París no cuajó, veinte años antes, en una carretera solitaria de la provincia de Córdoba en la Argentina.
La historia la contó Aldo Franceschini, la hipótesis la puse yo, y las dos sucedieron en un taller de pintura de la callé Paul Valéry entre tragos de vino, tabaco, y ese gusto de hablar sobre cosas de nuestra tierra sin los meritorios suspiros folklóricos de tantos otros argentinos que andan por ahí sin que se sepa bien por qué. Me parece que se empezó con los hermanos Gálvez y con los álamos de Uspallata; en todo caso yo aludí a Mendoza, y Aldo que es de allí se apiló firme y cuando acordamos ya se venía en auto de Mendoza a Buenos Aires, cruzaba Córdoba en plena noche y de golpe se quedaba sin nafta o sin agua para el radiador en mitad de la carretera. Su historia puede caber en estas palabras:
«Era una noche muy oscura en un lugar completamente desierto, y no se podía hacer otra cosa que esperar el paso de algún auto que nos sacara de apuros. En esos años era raro que en tramos tan largos no se llevaran latas con nafta y agua de repuesto; en el peor de los casos el que pasara podría levantarnos a mi mujer y a mí hasta el hotel del
primer pueblo que tuviera un hotel. Nos quedamos en la oscuridad, el auto bien arrimado a la banquina, fumando y esperando. A eso de la una vimos venir un coche que bajaba hacia Buenos Aires, y yo me puse a hacer señas con la linterna en mitad de la carretera.”
Esas cosas no se entienden ni se verifican en el momento, pero antes de que el auto se detuviera sentí que el conductor no quería parar, que en ese auto que llegaba a toda máquina había como un deseo de seguir de largo aunque me hubiesen visto tirado en el camino con la cabeza rota. Tuve que hacerme a un lado a último momento porque la mala voluntad de la frenada se lo llevó cuarenta metros más adelante; corrí para alcanzarlo, y me acerqué a la ventanilla del lado del volante. Había apagado la linterna porque el reflejo del tablero de dirección bastaba para recortar la cara del hombre que manejaba. Rápidamente le expliqué lo que pasaba y le pedí auxilio, y mientras lo hacía se me apretaba el estómago, porque la verdad es que ya al acercarme a ese auto había empezado a sentir miedo, un miedo sin razón puesto que el más inquieto debía ser el automovilista en esa oscuridad y en ese lugar. Mientras le explicaba la cosa miraba dentro del auto, atrás no viajaba nadie, pero en el otro asiento delantero había algo sentado. Te digo algo por falta de mejor palabra y porque todo empezó y acabó con tal rapidez, que lo único verdaderamente definido era un miedo como no había sentido nunca. Te juro que cuando el conductor aceleró brutalmente el motor mientras decía: «No tenemos nafta», y arrancaba al mismo tiempo, me sentí como aliviado. Volví a mi coche; no hubiera podido explicarle a mi mujer lo que había pasado, pero lo mismo se lo expliqué y ella comprendió ese absurdo como si lo que nos amenazaba desde ese auto la hubiese alcanzado también a tanta distancia y sin ver lo que yo había visto.»
Ahora vos me preguntarás qué había visto, y tampoco sé. Al lado del que manejaba había algo sentado, ya te dije, una forma negra que no hacía el menor movimiento ni volvía la cara hacia mí. Al fin y al cabo nada me hubiera impedido encender la linterna para iluminar a los dos pasajeros, pero décime por qué mi brazo era incapaz de ese gesto, por qué todo duró apenas unos segundos, por qué casi le di gracias a Dios cuando el auto arrancó para perderse en la distancia, y sobre todo por qué carajo no lamenté pasarme la noche en pleno campo hasta que al amanecer un camionero nos dio una mano y hasta unos tragos de grapa. »Lo que no comprenderé nunca es que todo eso antecediera a lo que alcancé a ver, que además era casi nada. Fue como si ya hubiese tenido miedo al sentir que los del auto no querían parar y que sólo lo hacían a la fuerza, para no atropellarme; pero no es una explicación, porque al fin y al cabo a nadie le gusta que lo detengan en plena noche y en esa soledad. He llegado a convencerme de que la cosa empezó mientras le hablaba al conductor, y con todo es posible que algo me hubiese llegado ya por otra vía mientras me acercaba al auto, una atmósfera, si querés llamarlo así. No puedo entender de otra manera que me sintiera como helado mientras cambiaba esas palabras con el del volante, y que la entrevisión del otro, en el que instantáneamente se concentró el espanto, fuese la verdadera razón de todo eso. Pero de ahí a comprender... ¿Era un monstruo, un tarado horripilante que llevaban en plena noche para que nadie lo viese? ¿Un enfermo con la cara deformada o llena de pústulas, un anormal que irradiaba una fuerza maligna, un aura insoportable? No sé, no sé. Pero nunca he tenido más miedo en mi vida, hermano.»

Como yo me he traído conmigo treinta y ocho años de recuerdos argentinos bien apilados, la historia de Aldo hizo click en alguna parte y la IBM se agitó un momento y al final sacó una ficha con la hipótesis, quizá con la explicación. Me acordé incluso de que yo también había sentido algo así la primera vez que me habían hablado de aquello en un café porteño, un miedo puramente mental como estar en el cine viendo Vampyr; tantos años después ese miedo se entendía con el de Aldo, y como siempre ese entendimiento le daba toda su fuerza a la hipótesis.
—Lo que iba esa noche al lado del conductor era un muerto —le dije. Curioso que nunca hubieras oído hablar de la industria del transporte de cadáveres en los años treinta y cuarenta, en especial tuberculosos que morían en los sanatorios de Córdoba y que la familia quería enterrar en Buenos Aires. Una cuestión de derechos federales o algo por el estilo volvía carísimo el traslado del cadáver; así nació la idea de maquillar un poco al muerto, sentarlo junto al conductor de un auto, y hacer la etapa de Córdoba a Buenos Aires en plena noche para llegar antes del alba a la capital.
Cuando me hablaron del asunto sentí casi lo mismo que vos; después traté de imaginar la falta de imaginación de los tipos que se ganaban la vida en esa forma, y nunca pude conseguirlo. ¿Te ves en un auto con un muerto pegado a tu hombro, corriendo a ciento veinte por hora en plena soledad pampeana? Cinco o seis horas en las que podían pasar tantas cosas, porque un cadáver no es un ente tan rígido como se piensa, y un vivo no puede ser tan paquidermo como también se está tentado de pensar”
(J.Cortázar, Un Tal Lucas, Parte II, El copiloto silencioso)

Entonces señores, o Cortázar me plagió o yo plagié a Cortázar o Cortázar plagió a la vida o la vida plagió a Cortázar o todo se repite todo el tiempo y creemos que sólo nos pasa a nosotros. Quizá la vida siempre está plagiando a los grandes escritores.

O el amigo bromista de Porto Alegre había leído a Un tal Lucas.

O el viejo Sabino se encontró con Cortázar allá arriba y nos hicieron una joda. No hay que olvidar que mi suegro era trompetista de jazz entre otras cosas y que Cortázar amaba el jazz y tocaba la trompeta.

Para terminar les cuento que el lugar del segundo reventón fue exactamente el mismo lugar de la ruta dónde años antes mi suegro se durmió al volante y tuvieron un accidente que los puso al borde de la muerte.
Me hubiera gustado intercambiar experiencias con ese Aldo Franceschini pero no debe ser posible.
Se debe estar cagando de la risa con Cortázar, Sabino y una multitud de copilotos silenciosos.

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