En realidad el viejo Inzaurralde no debía estar allí. En cualquier caso estaba, pero lo más lógico hubiera sido internarlo en una clínica siquiátrica y no en un asilo. Flaco el viejo, más flaco en la realidad de lo que uno lo recordaba después, al dejar de verlo. La nuez tan saliente que casi se le veían los cartílagos. Un caso de obsesión compulsiva sumamente complicado. Por ejemplo, dormía en perfecta diagonal en la pequeña cama turca. Y se le hacía difícil calcular esa diagonal y por eso le costaba conciliar el sueño. Ya el día que ingresó reclamó una serie de cambios en la habitación. Lo primero, pidió una cuerda de nailon para atarla en diagonal de una punta a la otra de la cama y así tener una guía.
Olvidé decir que odiaba el sistema métrico decimal por antinatural e impreciso y no confiaba en la estabilidad de la barra almacenada en la Oficina de Pesos y Medidas de París.
La mesita debía estar ubicada en el centro geométrico exacto de la pieza, las paredes tapizadas de blanco puro sin ningún adorno, ningún cuadro, ningún espejo. Sobre la mesita tenía una libreta de notas nueva, abierta en la primera página y dos lápices afilados, uno duro, HB y uno blando, 6B. A partir del segundo día comenzó a anotar en la libreta, con el lápiz HB, la distancia de la puerta al centro de la mesita, la que medía utilizando como unidad el largo del lápiz 6B. Hecho esto, anotaba la medida del día con el lápiz 6B a un lado del marco de la ventana, sobre el blanquísimo papel y la blanda punta se gastaba un poco. El sacapuntas lo guardaba en el ropero, envuelto en un pedacito de una página amarillenta de un diario del año 1978. Cuidadosamente plegado.
Las virutas de la madera de los lápices las iba guardando en otro pedacito de papel de diario, también en el ropero, también cuidadosamente plegado. Le interesaba constatar en cuánto tiempo el progresivo desgaste del lápiz 6B iba a dar como resultado que la medida aumentara en una unidad. Unidad lápiz, por cierto. Es decir, que si un día de la puerta a la mesita había una distancia de 11 lápices y medio, al otro día, al hacerle punta al lápiz, iba a haber una distancia de 11 lápices y medio más ese poquito que se gastó multiplicado por 11 y medio. El problema era determinar, en el día a día, las pequeñísimas variaciones, expresadas en fracciones del lápiz original, pero ese cálculo pretendía hacerlo al terminar la experiencia, pues dividiría el lápiz desaparecido entre los días pero al ir achicándose el lápiz él ya no podría medirlo consigo mismo porque no había pensado en un mecanismo para establecer sub medidas del lápiz que no fueran a ojo y lo ponía extremadamente ansioso darse cuenta que terminaría midiendo el lápiz en días y los días en lápices y para ese entonces el lápiz 6B no existiría y no habría nada con lo qué medir y que además día a día la unidad de medida iría variando y no quería caer en la indignidad de pedir una regla que seguramente sería imprecisa por ser decimal y porque tenía la casi certeza de que la distancia de la mesa a la puerta entonces era infinita e inmedible así como el tiempo que le quedaba de vida pero una casi certeza no colmaba sus aspiraciones y por eso se clavó el filoso y duro lápiz HB en la garganta, en un ángulo casi exacto de 45 grados. Antes de caer, se cubrió prolijamente la herida con las manos, para no ensuciar el piso ni salpicar el blanco empapelado.
Olvidé decir que odiaba el sistema métrico decimal por antinatural e impreciso y no confiaba en la estabilidad de la barra almacenada en la Oficina de Pesos y Medidas de París.
La mesita debía estar ubicada en el centro geométrico exacto de la pieza, las paredes tapizadas de blanco puro sin ningún adorno, ningún cuadro, ningún espejo. Sobre la mesita tenía una libreta de notas nueva, abierta en la primera página y dos lápices afilados, uno duro, HB y uno blando, 6B. A partir del segundo día comenzó a anotar en la libreta, con el lápiz HB, la distancia de la puerta al centro de la mesita, la que medía utilizando como unidad el largo del lápiz 6B. Hecho esto, anotaba la medida del día con el lápiz 6B a un lado del marco de la ventana, sobre el blanquísimo papel y la blanda punta se gastaba un poco. El sacapuntas lo guardaba en el ropero, envuelto en un pedacito de una página amarillenta de un diario del año 1978. Cuidadosamente plegado.
Las virutas de la madera de los lápices las iba guardando en otro pedacito de papel de diario, también en el ropero, también cuidadosamente plegado. Le interesaba constatar en cuánto tiempo el progresivo desgaste del lápiz 6B iba a dar como resultado que la medida aumentara en una unidad. Unidad lápiz, por cierto. Es decir, que si un día de la puerta a la mesita había una distancia de 11 lápices y medio, al otro día, al hacerle punta al lápiz, iba a haber una distancia de 11 lápices y medio más ese poquito que se gastó multiplicado por 11 y medio. El problema era determinar, en el día a día, las pequeñísimas variaciones, expresadas en fracciones del lápiz original, pero ese cálculo pretendía hacerlo al terminar la experiencia, pues dividiría el lápiz desaparecido entre los días pero al ir achicándose el lápiz él ya no podría medirlo consigo mismo porque no había pensado en un mecanismo para establecer sub medidas del lápiz que no fueran a ojo y lo ponía extremadamente ansioso darse cuenta que terminaría midiendo el lápiz en días y los días en lápices y para ese entonces el lápiz 6B no existiría y no habría nada con lo qué medir y que además día a día la unidad de medida iría variando y no quería caer en la indignidad de pedir una regla que seguramente sería imprecisa por ser decimal y porque tenía la casi certeza de que la distancia de la mesa a la puerta entonces era infinita e inmedible así como el tiempo que le quedaba de vida pero una casi certeza no colmaba sus aspiraciones y por eso se clavó el filoso y duro lápiz HB en la garganta, en un ángulo casi exacto de 45 grados. Antes de caer, se cubrió prolijamente la herida con las manos, para no ensuciar el piso ni salpicar el blanco empapelado.