E N T R A D A S
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E T I Q U E T A S


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9 de febrero de 2009

ES LO QUE HAY VALOR...



Uno vuelve de las vacaciones y no hay caso. No se engancha enseguida. Ni falta que hace. Pero el choque es grande, aunque uno no haya ido muy lejos. Uno viene de la playa, de esa feliz inconciencia de Brasil, del pulgar para arriba, ese “tudo bem” “tudo pra cima”, ese festejo de los cuerpos, ese culto a la cerveza, al vodka y al presente. Y el mar y las plantas que crecen en cualquier lado y los pájaros dueños del cielo. Y está bueno todo eso, y cuando uno vuelve le cuesta agarrar el ritmo, pero en realidad después de unos cuantos días de estar en el "paraíso", se extraña el gris Montevideo, las baldosas de 9 cuadraditos, los mozos de bar con cara de culo y la queja constante, esa cosa nuestra de que no hay poronga que nos venga bien.
Los brasileros viven dando gracias a la vida que los puso en ese pedazo de tierra y dicen que Dios es brasilero. Nosotros sentimos que nos merecemos siempre algo mejor, que todo acá es una cagada. Pero allá se extraña esto. Tanta “felicidade” empalaga. Y uno vuelve al Carnaval de acá, criticón, irónico y se siente en casa. Y uno vuelve al Candombe y ve en cada comparsa a esos 60 o 70 tipos pegándole al tambor, concentrados, bastante serios, con las manos sangrando y manchando las lonjas y se da cuenta de que en el Candombe la cosa no pasa por la alegría, aunque digan lo contrario, pasa por otro lado que no me da la cabeza para analizar. Pero uno extraña Montevideo. Aunque lo que extraña ya no exista mucho. Pero todavía está.
Creo que por eso me emocioné tanto cuando el otro día vi el ensayo de la comparsa de mi barrio, “La Zabala”.

Y por eso, cuando pensaba escribir un posteo contando mis vacaciones, lo único que me salió fue esta especie de tango un poco rengo. Es medio rarito, pero es lo que hay, valor.



Estoy aquí nomás, aquí parado
en el rincón oscuro de tu olvido
no sé quién soy, no entiendo las baldosas
por no saber, tropiezo en los zaguanes
y no recuerdo ya lo que he vivido.

Tengo antojo de bares, recovecos
mugrientos de baldosas agrietadas
hollines y borrachos somnolientos
buscando no sé qué, de madrugada.

Añoro aquellas noches desveladas
de paradas vacías y los ecos
de ladridos ahogados a lo lejos
rebotando en colchones de hojas secas
y tu imagen en todas las ventanas.

Por no saber seguro no he sabido
pisar una por una las baldosas
seguir mi corredor a mi manera
pero ahora que lo sé ya no me importa
mejor que los encuentros, las esperas...

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