E N T R A D A S
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E T I Q U E T A S


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19 de noviembre de 2008

DE FONTANARROSA - Un cuento que viene a cuento


A PROPÓSITO DE: "EL PÁRPADO TEMPRANO"

Con la reedición, tardía justicia pero justicia al fin, de su libro de aforismos "El párpado temprano", vuelve a estar en boca de todos el nombre y el intelecto de Don Ismael de Alfonso. Y por supuesto, la obra de quien fue tan insigne pensador, preclara luz de sabidu­ría entre tanta chatura y bizarría, vuelve a discutirse y estudiarse desde puntos de vista, ora sinceros, ora lú­cidos, pero casi nunca cercanos a la verdadera dimen­sión humana de quien fue gigante de nuestro ideario nacional.
Yo creo que la misma estatura intelectual de Don Ismael colaboró, sin quererlo, para que muchas per­sonas ávidas de abrevar en sus conocimientos no se animasen a acercarse a su figura elegante y señorial, intimidados por la galanura de su verbo y el respeto casi rayano en la veneración que inspiraba su solo nombre.
Pero bastaría preguntarle a cualquiera de los que constituimos su grupo de amigos, grupo pequeño, hay que reconocerlo, sobre las características más íntimas y confidenciales de Don Ismael de Alfonso, para desa­tar un aluvión de anécdotas, de sucesos, que gratifi­carían ampliamente la maravillosa madera que constituía la fibra afectiva de Don Ismael, como lo llamába­mos nosotros.
Me honró con su amistad, sí, me halaga el decirlo, y con el paso inflexible del tiempo, aún apenado por su desaparición física (sólo me consuela de vez en cuando releer sus máximas) me reconforta a veces el pensar que mi pequeña, humilde entrega amistosa entre tantos otros esclarecidos personajes de la noche rosarina, alegró la madurez del autor de "El párpado temprano", "Ventana a mí mismo" y tantas otras obras de cuño mayor.
Éramos una "barra" alegre y dicharachera y sería injusto dejar de mencionar a Carlitos Abramhian (el Negro Abramhian), Don Faustino Guirnalda (amador y romántico a la vieja usanza, delicioso acuñador de piropos), Gastón Murialdo Tevez (ese maravilloso poeta que tan joven nos robó una aguda tendinitis) el Gordo Garcilazo (un pintor que por pudor, casi ol­vidada virtud, nunca mostró sus óleos y a quien nadie conoció en el más brillante de sus rasgos: el de en­diablado bailarín de tangos de Le Pera) y Marcelito Agustín Cantero, Lito para nosotros, dotado de esa maravillosa voz de tenor que en tantas tenidas inte­lectuales nos deleitaba recitando a pura memoria frag­mentos de "La Tricota" u otros poemas épicos.
Pero era Don Ismael de Alfonso quien nos convoca­ba con la magia de sus conceptos y sus silencios car­gados de significaciones.
Y de su severidad tan mentada... ¡Valgan algunas anécdotas para comprobar si era tan cierta, o si sólo pretendía encubrir una cristalina sensibilidad, una provinciana timidez, y una singular propensión a la neumonía!
Recuerdo que muchas veces en que yo solía llamarlo por teléfono (lo hacía casi todos los días con el so­lo motivo de escuchar su voz enriquecida por la ca­rraspera) me atendía él en persona pero fingía la voz de su tía Edelweiss (que lo acompañó en toda su se­nectud) para decirme:
—Don Ismael de Alfonso ha ido a las aguas terma­les-. Yo podía reconocerlo por su tos y por el simple hecho de que su tía tenía un marcado acento alemán, pero aun alguien como yo, tan entrañablemente liga­do a Don Ismael, hubiese podido confundirse ante lo prodigiosamente exacto de la imitación. Y ésta era una particularidad de Don Ismael muy poco conocida entre sus estudiosos y seguidores, dado que sólo la manifestaba en rueda de amigos y que conmigo, más que nada, se solazaba en practicar.
De su sentido del humor, ya dan buena cuenta sus aforismos, donde el humor se trasluce, se mimetiza bajo una aparente pátina austera y hasta pomposa.
Pero ése, el de sus libros, era un sentido del humor sopesado y técnico, que manejaba como muy pocos lo han manejado en la literatura latinoamericana, y yo quisiera referirme a ese otro humor espontáneo, fres­co, "de esquina" como él mismo solía definirlo. El humor de "salidas" rápidas, chispeantes, donde el re­truécano y el chascarrillo restallaban en la réplica ve­loz e intencionada.
Recuerdo que una tarde llegué a "El Botalón", aquel querido y recordado "boliche" de Pasco y Sar­miento que luego el nefasto y mal entendido progreso echó por tierra para transformarlo en un sanatorio, y me acerqué a la mesa presuroso para obsequiar a Don Ismael con un par de jabones de coco que había com­prado en la estación de Sunchales. Ya estaba toda la "barra" reunida, un movimiento algo torpe mío hizo que una de las copas se volcase derramando su conte­nido. Y recuerdo con claridad que Don Ismael, sin mi­rarme dijo: "¡Pero mire que hay que ser pelotudo, González!". Él era así, siempre la frase oportuna, la ocurrencia a flor de labios.
Me desconcertaba, además, con su versatilidad, su profundo conocimiento sobre temas de diametral di­versidad, incluso algunos muy alejados de su específi­ca visión espiritualista de las cosas. Pero está compro­bado que para un pensador de su valía, ninguna temá­tica quedaba fuera de su investigación clarificante.
En muchas ocasiones, yo mismo, al llegar a la ami­gable mesa de "El Botalón", sorprendía a Don Ismael discutiendo con Lito Cantero sobre la masa específi­ca del plomo, la densidad plúmbica, sus propiedades y características. Recuerdo que a veces, continuaban hablando de ese tema, enfrascados en la discusión, sin mirarme. Incluso a veces, estallaban en carcajadas, con esa peculiar habilidad que tenía Don Ismael para impregnar de humor aun charlas en apariencia tan ca­rentes de humanismo, como ésas.
Pero, hasta en rueda de amigos, Don Ismael tenía su disciplina de trabajo y sabía hacerse tiempo para res­catar, incluso de momentos que parecían tan sólo de solaz y esparcimiento, conclusiones profundas y de sorprendente sencillez. Muy a menudo, cuando ya todos se habían marchado y yo me quedaba a los efectos de no dejarlo solo, Don Ismael me decía: "Perdoname González pero tengo que pensar".
Se repantigaba entonces en alguno de los sillones que tenía "El Botalón", cerraba los ojos y comenzaba su fecundo discurrir por el mundo de sus máximas. Puedo decir que a mí solo me concedía ese raro privi­legio de asistir al nacimiento de nuevas conclusiones, nuevos pensamientos que acercarían a tantos argenti­nos a las verdades absolutas.
Pero a veces mi vigilia tenía su premio. Tras pasar una o dos horas sentado junto a él, escuchando cada tanto esa suerte de ronco gorgoteo que (luego me ex­plicaba) acompañaba a la aprehensión de certeras de­finiciones, abría sus ojos enrojecidos por el esfuerzo y me decía cosas como: "¿Qué hora es?" con esa per­manente curiosidad por lo que lo rodeaba.
Lo que sí puedo consignar es que Don Ismael de Alfonso era un hombre de carácter variable, cosa lógi­ca entre aquellos a quienes su sensibilidad transporta desde las cúspides más elevadas de la euforia a los po­zos más oscuros de la depresión.
No era ajeno a mi costumbre averiguar en dónde se llevaban a cabo las reuniones a las que concurría Don Ismael, y allegarme a ellas. Vuelve a mi memoria una en casa del pobre Don Faustino Guirnalda. Desde la puerta pude comprobar que Don Ismael se hallaba de un humor excelente, rodeado de gente; hablaba casi a los gritos, cantaba estrofas sueltas de "La Verbena de la Paloma" y hasta aventuró unos pasos de sardana antes de enredarse con una cortina. Cuando me acer­qué yo, para darle un frasco de alcaparras en vinagre que había comprado para él, ya había cambiado de ánimo. Cayó en una depresión malhumorada, no ha­bló una palabra más, podía escuchársele maldecir por lo bajo, y eso a pesar de que yo me mantuve toda la noche a su lado consciente de que algún quizás re­moto problema del mundo se le había cruzado por la mente y en esas ocasiones había que apuntalarlo.
Tenía actitudes, dentro de su aparente lejanía (que han solido confundir con frialdad) que podían llegar a conmoverme. En una ocasión me regaló una caja de madera con puros. Unos cigarros excelentes, de hoja cubana, que para ese entonces debieron costarle sus buenos pesos. En virtud de nuestra amistad no podía cometer la descortesía de no fumarlos, a pesar de que yo nunca había llevado ni un simple cigarrillo a mis labios. Fumé tres al hilo en su presencia ante la aten­ta admiración (y quizás envidia) del resto de la barra. Hasta que uno de aquellos cigarros estalló y aparte de chamuscarme totalmente el bigote y la patilla del cos­tado derecho (se usaba larga), me redujo la ceja de ese flanco a un matorral calcinado que aún conservo. Todos reímos mucho y Don Ismael me confió que so­lamente a mí podía haberme hecho esa inocente bro­ma, ya que el resto de los muchachos no tenía sentido del humor, ni mi amplitud de criterio como para comprenderla.
Desgraciadamente, no pude estar presente en el momento de su deceso. Averigüé la dirección de la clínica donde se hallaba internado pero por una falla en la información fui a dar a la otra punta de la ciudad con mi ramo de flo­res y un fuentón de loza esmaltada que le llevaba de regalo. Así y todo, supe (con lágrimas en los ojos) que sus últimas palabras fueron para mi humilde persona: "No le avisen a González" me contaron que dijo cuando vio que la sombra de la muerte se lo llevaba. Era su postrer voluntad para evitarme el dolor al co­nocer la noticia.



Roberto Fontanarrosa. Rosarino. Escritor. Dibujante. Gran tipo. No se murió nada.

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