
La idea era esta. Dibujar con toda exactitud su jardín. Todo su jardín. En un plano. La idea era en un plano. Con toda exactitud. Aunque sabía que sería difícil. Podría haber optado por un plano curvo, una sección de plano esférico, pero su formación plástica, demasiado marcada por el planismo Torresgarciano se lo hacía imposible. Aplanaría entonces lo curvo, como en la cartografía. No era una idea en realidad su proyecto, era un imperativo que sentía como ineludible. Ya bastantes cosas sin necesidad interior había hecho, por costumbre, por tradición familiar, por imposición social, para comer. Ahora, cuando ya intuía que le quedaba poco tiempo de vida, cuando sospechaba un final cercano, decidió ser fiel a sus impulsos interiores sin preguntarse porqués ni postergarlo más. Pinta tu aldea y pintarás el mundo decía la frase hecha, trillada pero certera. Sabio lugar común le parecía. Pinta tu jardín y te pintarás tú mismo pensaba él, generando con naturalidad un nuevo lugar común. Perpetuar la imagen de esa media burbuja que solamente a él envolvía. Lo que nadie miraba hacerlo visible para que todos lo vieran tal cual él lo veía pasó a ser su único motivo de vida. Perpetuar su mirada. Imponer su mirada a los otros.
Pensó así: Si me ubico en el centro del jardín y miro hacia todos los puntos posibles, imagino una virtual media naranja que me envuelve y la divido en cuadrantes que iré dibujando uno a uno, es probable que en un mes logre terminar. Y podré descansar tranquilo.
Se construyó un adminículo parecido a una pantalla. Un marco cuadrado de madera con hilos tensos que marcaban un cuadriculado que le serviría como guía para dibujar sobre un papel transparente. Había visto ese aparato en algún libro sobre los paisajistas ingleses del siglo XVIII. Después era cosa de ir transfiriendo los dibujos de treinta centímetros de lado a los paneles de tres por tres metros de la obra final. No fue sencilla la construcción del artefacto; banco giratorio central, sistema de tirantes para mantener la pantalla a igual distancia del centro del banco, apoyo para el mentón para mantener igual la distancia de los ojos al centro del panel, y lo más importante, que todo el conjunto pudiera pivotar sobre el centro para apuntar hacia arriba cuando llegara el momento de dibujar los cuadrantes superiores de la semiesfera. Ir describiendo una pequeña burbuja sobre la que sus ojos proyectarían las formas de la gran burbuja aplastándola en un plano que su mano dibujaría para luego transportarla a la enorme y aplanada burbuja final de papel.
Una vez pronto el instrumento elegido le tomó largo tiempo decidir el enfoque de su obra. ¿Dibujo lineal o en la luz? ¿Dónde está la verdad del jardín? ¿En los juegos huidizos de la luz que trataron de fijar los impresionistas en pigmentos vibrantes?¿O en el análisis lineal de las formas orgánicas tan caro a los flamencos? Se decidió por esto último, por la verdad formal y conceptual de la línea, en detrimento de la luz cambiante. Una obsesión de exactitud lo dominaba. Debería ser exacto o no sería.
Se dio cuenta en ese momento que su cálculo del tiempo que insumiría la obra había sido apresurado, ya que su obra requería días libres de cualquier brisa, para asegurar la estabilidad de la imagen.
Esperó un día sin viento.
Y se puso manos a la obra. Febrilmente trabajó persiguiendo con el lápiz la silueta sinuosa de los huecos seductores del esqueleto de caballo. Y los dedos infinitos de los helechos. Y las curvas sensuales de las calas y las suaves líneas onduladas del borde de los potos. Y las finas hojas de las cañas. Y las curvas de las panzas de las paltas cortando las navajas de las hojas. Midiendo todo obsesivamente, punto por punto, intersección por intersección, recorrido por recorrido, paralelismo por paralelismo y simetría por simetría. Valorizando líneas, más débil esta más firme y oscura esta otra. Sintiendo en su mano la quieta danza infinita de la vegetación.
Cuando apenas había pasado media hora, se percató de que a pesar de la ausencia de viento, las plantas se movían. Lenta y coordinadamente sus posiciones relativas iban cambiando a lo largo de los minutos de la misma forma y con la misma cadencia con que se mueven las estrellas alrededor de los polos. Sí, las plantas se mueven cuando las miramos fijamente un tiempo. Él ya lo sabía de sus tiempos de estudiante de dibujo, pero se le había olvidado. Se apuró. Trató de compensar con la velocidad de su trazo esas variaciones inesperadas. Intentó trazar las líneas antes de que cambiaran su trayectoria. Sus relaciones. Sus diálogos de curvas. No pudo. Entonces se puso a fijar las posiciones sucesivas de cada borde, cada nervadura, cada hueco, con el afán de capturarlo todo. Cada cambio de cada segundo quedaría registrado. Y se llenó el dibujo de líneas en eco como ondas de una piedra en un lago cruzándose con otras hasta el infinito en el momento en que empezaron a aparecer los caracoles y los saltamontes y el jardín se cubrió de mariposas con las alas cerrándose y abriéndose y las flores del mburucuyá se encogían al bajar el sol y lo encontraron a la mañana siguiente cubierto de rocío con el lápiz quebrado en la mano ya crispada y un papel transparente arrugado incomprensible, ininteligible, surcado de una espesa filigrana de líneas de lápiz dislocadas, confusas, barnizadas de baba de caracoles pardos y una barroca mariposa parada en su cabeza que no paraba de mover las alas.
Pensó así: Si me ubico en el centro del jardín y miro hacia todos los puntos posibles, imagino una virtual media naranja que me envuelve y la divido en cuadrantes que iré dibujando uno a uno, es probable que en un mes logre terminar. Y podré descansar tranquilo.
Se construyó un adminículo parecido a una pantalla. Un marco cuadrado de madera con hilos tensos que marcaban un cuadriculado que le serviría como guía para dibujar sobre un papel transparente. Había visto ese aparato en algún libro sobre los paisajistas ingleses del siglo XVIII. Después era cosa de ir transfiriendo los dibujos de treinta centímetros de lado a los paneles de tres por tres metros de la obra final. No fue sencilla la construcción del artefacto; banco giratorio central, sistema de tirantes para mantener la pantalla a igual distancia del centro del banco, apoyo para el mentón para mantener igual la distancia de los ojos al centro del panel, y lo más importante, que todo el conjunto pudiera pivotar sobre el centro para apuntar hacia arriba cuando llegara el momento de dibujar los cuadrantes superiores de la semiesfera. Ir describiendo una pequeña burbuja sobre la que sus ojos proyectarían las formas de la gran burbuja aplastándola en un plano que su mano dibujaría para luego transportarla a la enorme y aplanada burbuja final de papel.
Una vez pronto el instrumento elegido le tomó largo tiempo decidir el enfoque de su obra. ¿Dibujo lineal o en la luz? ¿Dónde está la verdad del jardín? ¿En los juegos huidizos de la luz que trataron de fijar los impresionistas en pigmentos vibrantes?¿O en el análisis lineal de las formas orgánicas tan caro a los flamencos? Se decidió por esto último, por la verdad formal y conceptual de la línea, en detrimento de la luz cambiante. Una obsesión de exactitud lo dominaba. Debería ser exacto o no sería.
Se dio cuenta en ese momento que su cálculo del tiempo que insumiría la obra había sido apresurado, ya que su obra requería días libres de cualquier brisa, para asegurar la estabilidad de la imagen.
Esperó un día sin viento.
Y se puso manos a la obra. Febrilmente trabajó persiguiendo con el lápiz la silueta sinuosa de los huecos seductores del esqueleto de caballo. Y los dedos infinitos de los helechos. Y las curvas sensuales de las calas y las suaves líneas onduladas del borde de los potos. Y las finas hojas de las cañas. Y las curvas de las panzas de las paltas cortando las navajas de las hojas. Midiendo todo obsesivamente, punto por punto, intersección por intersección, recorrido por recorrido, paralelismo por paralelismo y simetría por simetría. Valorizando líneas, más débil esta más firme y oscura esta otra. Sintiendo en su mano la quieta danza infinita de la vegetación.
Cuando apenas había pasado media hora, se percató de que a pesar de la ausencia de viento, las plantas se movían. Lenta y coordinadamente sus posiciones relativas iban cambiando a lo largo de los minutos de la misma forma y con la misma cadencia con que se mueven las estrellas alrededor de los polos. Sí, las plantas se mueven cuando las miramos fijamente un tiempo. Él ya lo sabía de sus tiempos de estudiante de dibujo, pero se le había olvidado. Se apuró. Trató de compensar con la velocidad de su trazo esas variaciones inesperadas. Intentó trazar las líneas antes de que cambiaran su trayectoria. Sus relaciones. Sus diálogos de curvas. No pudo. Entonces se puso a fijar las posiciones sucesivas de cada borde, cada nervadura, cada hueco, con el afán de capturarlo todo. Cada cambio de cada segundo quedaría registrado. Y se llenó el dibujo de líneas en eco como ondas de una piedra en un lago cruzándose con otras hasta el infinito en el momento en que empezaron a aparecer los caracoles y los saltamontes y el jardín se cubrió de mariposas con las alas cerrándose y abriéndose y las flores del mburucuyá se encogían al bajar el sol y lo encontraron a la mañana siguiente cubierto de rocío con el lápiz quebrado en la mano ya crispada y un papel transparente arrugado incomprensible, ininteligible, surcado de una espesa filigrana de líneas de lápiz dislocadas, confusas, barnizadas de baba de caracoles pardos y una barroca mariposa parada en su cabeza que no paraba de mover las alas.