La memoria es una cosa rara.
Cada vez que paso por su vieja casa de la calle La Paz, cubierta totalmente de azulejos franceses, me acuerdo de su nombre sonoro y contundente:
Américo Aragunde.
Y de aquel corredor, angosto, interminable y al final una pieza, vacía y penumbrosa, con sólo un tocadiscos por todo mobiliario, de aquellos automáticos para muchos long plays. Sin embargo no puedo, por más fuerza que haga, acordarme ni un poco qué música escuchaba. Me acuerdo claramente de su inmensa figura, de su novia lesbiana a la que nunca tocaba, sus granadas de humo, sus pistolas cargadas, sus cuentos de combates contra los comunistas.
Unos años después me enteré por la prensa de que en esa guarida de azulejos franceses, se reunieron con él otros locos fascistas a preparar la muerte de un líder sindical.
No sé que fue de él en la década negra, no sé si vive aún.
Su novia la lesbiana, se hizo policía.
La casa de azulejos está siempre cerrada y muero por saber si al fondo del pasillo, en aquel cuarto oscuro, todavía se encuentra el viejo tocadiscos y muero por que alguien me diga finalmente qué música escuchaba Américo Aragunde.