Si me pongo a pensar, lo primero que veo cuando lo veo en el primer recoveco de la memoria que se me abre son sus pantalones ridículamente cortos. Pantalones de tela. Negros. Brillosos. Pantalones de traje. Jamás usó un jean. Zapatos negros acordonados los mismos siempre. Calcetines blancos, exigüos, dejando ver siempre un centímetro de carne flaca entre el elástico estirado y el bajo del pantalón, cortísimo. Y la camisa blanca, ya con la entretela del cuello a la vista, de tan gastada. Y aquel balanceo del cuerpo adelante y atrás parado con las piernas cruzadas en equis taco punta taco punta manos entrelazadas atrás de la espalda y aquella casi imposibilidad de hablar de ninguna otra cosa que no fuera el oboe y su técnica. Y su figura tan impresionantemente flaca.
Corredor largísimo me teñía caleidoscópicamente con la luz de los vitrales art decó que lo flanqueaban cuando caminaba yo como flotando hasta la puerta de su apartamento pequeñísimo, allá, al fondo, mientras se escuchaba cada vez más fuerte el sonido del oboe descargando miles de notas de los más difíciles ejercicios técnicos. Una experiencia insólita, un cambio de dimensión, esas cosas que uno está seguro de que no le ocurren a nadie más.
Y al abrirse la puerta, aquel mundo. Un mundo de soledad absoluta. Ausencia casi total de muebles. De la existencia de la televisión seguramente no se había enterado. Un primus negro de hollín con la huella brillante y pulida del pulgar donde lo apoyaba para dar bomba. Su única actividad culinaria, el mate, limitada al reducido extremo limpio de la mesada. Cuatro o cinco novelas de autores rusos entre diez o quince libros de teoría musical. Y los métodos, cientos de métodos, siempre de técnica y siempre franceses. Obras; preferentemente los hoy ya olvidados frutos de los concursos del Conservatorio de París de los años veinte y treinta. Y en la pared, como solitario adorno, la foto oval de los padres muertos encerrada en un vidrio convexo. Y la penumbra del cuarto.
Nunca una mujer. Nunca. Aunque tuvo un amor imposible y secreto por una colega durante toda su vida. Nunca un exceso, aunque alguna vez se tomó alguna caña con un conocido en La Giralda. Casi nunca una diversión, aunque era hincha de Defensor y alguna vez fue a la cancha y se comió algún chorizo al pan. Pero siempre y a toda hora el oboe y el ingrato trabajo de construir las cañas que iba dejando hilachas de hilo rojo de nailon colgadas de todas las fallebas de las ventanas. Impenetrable a las nuevas tendencias musicológicas e interpretativas, él sólo quería tocar como los franceses de los 50, aunque ya estuviéramos en los 80. El oboe, pasión y obsesión. Excluyente. Total.
En aquel entonces no podía imaginarme que al final de su vida había una pajarera. No pensé que alguna vez se iba a ir de ese apartamento. No pensé que su vida podría cambiar porque nunca cambiaba. Pero cuando se jubiló de la orquesta y ya no tuvo que salir todos los días con aquel portafolios de cuero cuarteado y ya no precisaba vivir en un lugar céntrico, se compró una casita con jardín en Colón atraído por el hecho de que se encontraba ubicada en una calle que llevaba el nombre de su amor imposible. Eso lo decidió. Y el hecho de que en el fondo de la casita había una hermosa pajarera abandonada por los anteriores dueños. Se imaginó otra vida en ese ámbito semirural, lejos ya de la penumbra de su apartamento art decó y de las obsesiones de su profesión. Entonces compró pájaros y llenó la pajarera de colores y trinos. Y en su vida por primera vez entró la luz y entraron otros sonidos. Y empezó a notar la presencia de la vecina del fondo. Y entonces los pájaros le contagiaron la psitacosis y contrajo una neumonía. Y se murió.
Corredor largísimo me teñía caleidoscópicamente con la luz de los vitrales art decó que lo flanqueaban cuando caminaba yo como flotando hasta la puerta de su apartamento pequeñísimo, allá, al fondo, mientras se escuchaba cada vez más fuerte el sonido del oboe descargando miles de notas de los más difíciles ejercicios técnicos. Una experiencia insólita, un cambio de dimensión, esas cosas que uno está seguro de que no le ocurren a nadie más.
Y al abrirse la puerta, aquel mundo. Un mundo de soledad absoluta. Ausencia casi total de muebles. De la existencia de la televisión seguramente no se había enterado. Un primus negro de hollín con la huella brillante y pulida del pulgar donde lo apoyaba para dar bomba. Su única actividad culinaria, el mate, limitada al reducido extremo limpio de la mesada. Cuatro o cinco novelas de autores rusos entre diez o quince libros de teoría musical. Y los métodos, cientos de métodos, siempre de técnica y siempre franceses. Obras; preferentemente los hoy ya olvidados frutos de los concursos del Conservatorio de París de los años veinte y treinta. Y en la pared, como solitario adorno, la foto oval de los padres muertos encerrada en un vidrio convexo. Y la penumbra del cuarto.
Nunca una mujer. Nunca. Aunque tuvo un amor imposible y secreto por una colega durante toda su vida. Nunca un exceso, aunque alguna vez se tomó alguna caña con un conocido en La Giralda. Casi nunca una diversión, aunque era hincha de Defensor y alguna vez fue a la cancha y se comió algún chorizo al pan. Pero siempre y a toda hora el oboe y el ingrato trabajo de construir las cañas que iba dejando hilachas de hilo rojo de nailon colgadas de todas las fallebas de las ventanas. Impenetrable a las nuevas tendencias musicológicas e interpretativas, él sólo quería tocar como los franceses de los 50, aunque ya estuviéramos en los 80. El oboe, pasión y obsesión. Excluyente. Total.
En aquel entonces no podía imaginarme que al final de su vida había una pajarera. No pensé que alguna vez se iba a ir de ese apartamento. No pensé que su vida podría cambiar porque nunca cambiaba. Pero cuando se jubiló de la orquesta y ya no tuvo que salir todos los días con aquel portafolios de cuero cuarteado y ya no precisaba vivir en un lugar céntrico, se compró una casita con jardín en Colón atraído por el hecho de que se encontraba ubicada en una calle que llevaba el nombre de su amor imposible. Eso lo decidió. Y el hecho de que en el fondo de la casita había una hermosa pajarera abandonada por los anteriores dueños. Se imaginó otra vida en ese ámbito semirural, lejos ya de la penumbra de su apartamento art decó y de las obsesiones de su profesión. Entonces compró pájaros y llenó la pajarera de colores y trinos. Y en su vida por primera vez entró la luz y entraron otros sonidos. Y empezó a notar la presencia de la vecina del fondo. Y entonces los pájaros le contagiaron la psitacosis y contrajo una neumonía. Y se murió.