¿Vieron esa casita azul? La de arriba, la de la foto. Estuvo siempre. Igual que la viejita que la habita. Siempre desde que voy. Voy desde el 81. Siempre al mismo lugar, al mismo pueblo. Para mí viajar se ha convertido en ir ahí. Siempre ahí. En el 81 no había nada. Nada es un decir. Algo había. Había infinitas dunas tapizadas de campanillas azules y una porfiada y gozosa ignorancia del mundo. Y había un pueblo de 40 o 50 casas apretadas contra el mar y más botes que casas flotando en la ensenada. Y la gente del lugar no entendía qué hacíamos ahí.
Y era difícil llegar y era difícil irse.
Cuando alguien nacía estaban todos presentes en la casa de la parturienta, la primera, la viejita de la casa azul. Una vez estando yo en el medio de la calle alguien murió y vi a la viejita recorriendo una a una las casas abriendo las puertas y diciendo: “morreu”. Y uno a uno, mujeres, viejos, niños, perros, se iban sumando al cortejo encabezado por la viejita hasta llegar el pueblo entero a la capilla vieja, la de los velorios, a esperar el cuerpo. Pasaron a mi lado. Yo me sentí transparente.
La viejita y su casa azul.
Todas las mañanas ella barría la plaza como si fuera el patio de su casa y salía a recorrer la playa en busca del pescado que todos los días le daban los pescadores.
Yo tenía hambre de historias y estaba seguro de que en ese cuerpo flaquito estaban guardadas todas las vidas.
Por las tardes la veía sentarse en su casita azul y hacer bolillos y manteles de crochet.
Y creí que algún día encontraría el coraje para sentarme en la puerta de la casita y llevarme sus historias. Y preguntarle todos los por qué. Porqué todos los niños tenían cicatrices. Por qué todos los hombres eran bajitos, de ojos claros y cabezas grandes. Por qué todos los perros eran de patas muy cortitas e ignoraban a los autos. Por qué muchas callejuelas tenían los nombres de los hijos del párroco.
Pero no encontré el coraje.
Y no me di cuenta cuando todo empezó a cambiar.
Tuvieron que decírmelo. Hacérmelo notar.
Las casas de veraneo se devoraron las dunas y las campanillas azules.
Y vino el asfalto y el banco y el supermercado y los hoteles y los autos y los turistas.
Y ellos no veían nada de lo que yo veía.
Pero a mí no me importó.
No me importó porque la iglesia seguía ahí, los barracones de los botes seguían también y el mar se puede ver todavía sobre los techos curvados de tejas portuguesas. Y seguía la viejita con su casita azul. Era todo lo que yo precisaba y era todo lo que yo quiero ver. Y mantener la esperanza de animarme a hablar con la viejita.
Y que me contara la verdadera historia del hombre que pasa el día en oración nombrando a todos y cada uno de los habitantes del pueblo. Me contara la verdadera historia del hombre que vivió solitario en la Isla de Coral y se pegó un tiro cuando la prefectura quiso volverlo a tierra firme por ser muy viejo. La verdadera historia del último arponero que mató a la última ballena y vive en su barracón sobre la playa con la compañía de un pingüino errante con el que llega hasta la orilla cada mañana a mirar el horizonte y no quiere hablar con nadie.
Quiero quise creer que todo está guardado en la viejita de la que no sé el nombre.
La viejita de la casa azul.
Este año no fui al pueblo de la viejita. Me dije que no podía estar atado al mismo lugar siempre. Pero fui cerca. Y un día me golpeó la nostalgia y me largué hasta allá. Caminé por la avenida de los pescadores, llegué a la plaza y miré el caserío de la ensenada cubierto como siempre de buitres y gaviotas.
La casita azul ya no está.
Ahora veo de pronto todo lo que no quería ver.
Y tendré que inventarme todas las historias.
Ahora es muy probable que no vuelva.
Y era difícil llegar y era difícil irse.
Cuando alguien nacía estaban todos presentes en la casa de la parturienta, la primera, la viejita de la casa azul. Una vez estando yo en el medio de la calle alguien murió y vi a la viejita recorriendo una a una las casas abriendo las puertas y diciendo: “morreu”. Y uno a uno, mujeres, viejos, niños, perros, se iban sumando al cortejo encabezado por la viejita hasta llegar el pueblo entero a la capilla vieja, la de los velorios, a esperar el cuerpo. Pasaron a mi lado. Yo me sentí transparente.
La viejita y su casa azul.
Todas las mañanas ella barría la plaza como si fuera el patio de su casa y salía a recorrer la playa en busca del pescado que todos los días le daban los pescadores.
Yo tenía hambre de historias y estaba seguro de que en ese cuerpo flaquito estaban guardadas todas las vidas.
Por las tardes la veía sentarse en su casita azul y hacer bolillos y manteles de crochet.
Y creí que algún día encontraría el coraje para sentarme en la puerta de la casita y llevarme sus historias. Y preguntarle todos los por qué. Porqué todos los niños tenían cicatrices. Por qué todos los hombres eran bajitos, de ojos claros y cabezas grandes. Por qué todos los perros eran de patas muy cortitas e ignoraban a los autos. Por qué muchas callejuelas tenían los nombres de los hijos del párroco.
Pero no encontré el coraje.
Y no me di cuenta cuando todo empezó a cambiar.
Tuvieron que decírmelo. Hacérmelo notar.
Las casas de veraneo se devoraron las dunas y las campanillas azules.
Y vino el asfalto y el banco y el supermercado y los hoteles y los autos y los turistas.
Y ellos no veían nada de lo que yo veía.
Pero a mí no me importó.
No me importó porque la iglesia seguía ahí, los barracones de los botes seguían también y el mar se puede ver todavía sobre los techos curvados de tejas portuguesas. Y seguía la viejita con su casita azul. Era todo lo que yo precisaba y era todo lo que yo quiero ver. Y mantener la esperanza de animarme a hablar con la viejita.
Y que me contara la verdadera historia del hombre que pasa el día en oración nombrando a todos y cada uno de los habitantes del pueblo. Me contara la verdadera historia del hombre que vivió solitario en la Isla de Coral y se pegó un tiro cuando la prefectura quiso volverlo a tierra firme por ser muy viejo. La verdadera historia del último arponero que mató a la última ballena y vive en su barracón sobre la playa con la compañía de un pingüino errante con el que llega hasta la orilla cada mañana a mirar el horizonte y no quiere hablar con nadie.
Quiero quise creer que todo está guardado en la viejita de la que no sé el nombre.
La viejita de la casa azul.
Este año no fui al pueblo de la viejita. Me dije que no podía estar atado al mismo lugar siempre. Pero fui cerca. Y un día me golpeó la nostalgia y me largué hasta allá. Caminé por la avenida de los pescadores, llegué a la plaza y miré el caserío de la ensenada cubierto como siempre de buitres y gaviotas.
La casita azul ya no está.
Ahora veo de pronto todo lo que no quería ver.
Y tendré que inventarme todas las historias.
Ahora es muy probable que no vuelva.