Como me lo había imaginado. Ni más ni menos. Antes nunca un viaje había sido tan igual a lo pensado. A lo pensado antes. Bueno, a eso fui, a meterme adentro de la mata. Rodeado, aplastado, envuelto por hojas y ramas, por arriba, por los lados, por abajo, trepado de humedades humosas que subían desde colchones pútridos de hojas. Juro que había ranas y lagartijas tan minúsculas como insectos y hormigas casi tan grandes como ratones. Y juro que las mariposas eran violetas por arriba mientras que por abajo imitaban los nudos de las plantas con inquietantes y tatuados ojos falsos. Y juro que no había tierra sino hoja sobre hoja sobre semilla sobre fruta sobre insecto muerto árbol sobre árbol desde árbol. Bueno, eso y más es la Mata Atlántica que cubre la costa brasileña desde la Sierra do Mar hasta encontrase con las dunas y las olas.
No es la Amazonia ni mucho menos, pero a nosotros, los habitantes de las praderas del sur, nos lo parece.
Y ahí, en ese descontrol de clorofila y humus, en esa penumbra vegetal espesa, si uno mira bien arriba hasta encontrarse con la luz deslumbrante entre las hojas ve las siluetas recortadas e inquietas de todos los pájaros del mundo.
Y bueno, una tarde los vi. Eran diez o doce pajarracos grandes y ruidosos. Parloteaban sin parar con gritos que parecían de protesta. Un filete de vivo color naranja bordeaba las comisuras del pico corto y agudo. Después venían cada tarde, casi a la puesta del sol. Mi ignorancia ornitológica es muy grande pero me parecía que alguna vez había sabido el nombre de esos bichos o había visto alguna imagen. Le pregunté al dueño de la posada y me dijo: “Elas são as grelhas azúis”Mágico. El nombre me pareció mágico: Grullas Azules.
Y ahí las empecé a mirar distinto, a pesar de que yo muy azules no las veía, más bien las veía negruzcas. Hasta que un día cayeron unas plumas y eran del azul ultramar más lindo y tornasolado que se pueda imaginar, oscureciéndose hacia los bordes.
Vuelto a Montevideo le conté esta historia simple a mi anciano padre que siempre gustó de las cosas de la naturaleza. Y él va y muy suelto de cuerpo me dice: “Esas son urracas y no son azules, son negras”
Y me quedé pensando por qué los uruguayos a las grullas azules les llamamos urracas y al azul más hermoso lo vemos negro.
No pongo una foto porque a causa del contraluz las grelhas azúis me quedaron negras.
Para que se vea el azul hay que mirarlas desde lo alto.
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