
Quizás alguien explique alguna vez el origen del gusto de las gentes de aquel perdido pueblo, por los nombres sonoros y distantes de la antigüedad clásica.
Pero el niño se llamaba Dioclesiano.
Y no desentonaba con el astroso grupo de Laertes, Augustos, Cayos Césares y Sócrates.
Dioclesiano caminaba raro. No rengo, raro. Tres gruesos costurones le cruzaban pecho y abdomen. El de más abajo comenzaba en un pozo del grosor de un dedo a la altura de la pelvis, casi en la ingle. La piel estirada por esta última cicatriz era la causa de su extraño andar.
Se paraba muy erguido Dioclesiano, hombros echados hacia atrás, pecho y vientre hacia delante, piernas delgadas muy firmes, brazos cayendo al costado y levemente doblados, separados del cuerpo, exhibiendo orgulloso y agresivo su torso arado.
Recuerdos de la aleta dorsal de un mero gigante eran esas marcas.
La espina principal de la aleta dorsal de un mero es como un gran sable articulado. Cuando el pez boquea moribundo sobre la chalana escorada en la arena la aleta sube, baja, se pliega, se despliega, con energía imparable recorriendo un amplio ángulo. Y si algo encuentra en su camino, desgarra, corta, rompe, perfora.
Casi todos los niños del pueblo muestran esas cicatrices.
En días normales, al terminar el arrastrón de la red sobre la playa, ellos juegan persiguiéndose por las dunas arrojándose unos a otros las bolsas de tinta de los calamares e inflando con un beso macabro a los peces globo antes de reventarlos con los pies contra la arena mojada, festejando cada explosión con nerviosas risas de sus caras entintadas.
Pero esos raros días en que sale un mero gigante, la infantil jauría suspende todo otro juego y compite para aferrarse a esa espina oscilante.
Y gana quien no es herido.
Y juegan con la sangre que en el fondo del bote se mezcla con la negra tinta de los calamares.
Ríen ruidosamente y chapotean en el agua veteada de negro y rojo vivo.
No se quejan de las heridas.
Y no parecen sufrir mucho, porque el pez en realidad, no quiere hacerles daño.
Sólo se está muriendo y esa es su manera de morir.
El que no fue alcanzado por la afilada espina debe más tarde y frente a todos, hacerse algunos cortes en el pecho con un cuchillo de hueso.
Para no creerse Dios.
Pero el niño se llamaba Dioclesiano.
Y no desentonaba con el astroso grupo de Laertes, Augustos, Cayos Césares y Sócrates.
Dioclesiano caminaba raro. No rengo, raro. Tres gruesos costurones le cruzaban pecho y abdomen. El de más abajo comenzaba en un pozo del grosor de un dedo a la altura de la pelvis, casi en la ingle. La piel estirada por esta última cicatriz era la causa de su extraño andar.
Se paraba muy erguido Dioclesiano, hombros echados hacia atrás, pecho y vientre hacia delante, piernas delgadas muy firmes, brazos cayendo al costado y levemente doblados, separados del cuerpo, exhibiendo orgulloso y agresivo su torso arado.
Recuerdos de la aleta dorsal de un mero gigante eran esas marcas.
La espina principal de la aleta dorsal de un mero es como un gran sable articulado. Cuando el pez boquea moribundo sobre la chalana escorada en la arena la aleta sube, baja, se pliega, se despliega, con energía imparable recorriendo un amplio ángulo. Y si algo encuentra en su camino, desgarra, corta, rompe, perfora.
Casi todos los niños del pueblo muestran esas cicatrices.
En días normales, al terminar el arrastrón de la red sobre la playa, ellos juegan persiguiéndose por las dunas arrojándose unos a otros las bolsas de tinta de los calamares e inflando con un beso macabro a los peces globo antes de reventarlos con los pies contra la arena mojada, festejando cada explosión con nerviosas risas de sus caras entintadas.
Pero esos raros días en que sale un mero gigante, la infantil jauría suspende todo otro juego y compite para aferrarse a esa espina oscilante.
Y gana quien no es herido.
Y juegan con la sangre que en el fondo del bote se mezcla con la negra tinta de los calamares.
Ríen ruidosamente y chapotean en el agua veteada de negro y rojo vivo.
No se quejan de las heridas.
Y no parecen sufrir mucho, porque el pez en realidad, no quiere hacerles daño.
Sólo se está muriendo y esa es su manera de morir.
El que no fue alcanzado por la afilada espina debe más tarde y frente a todos, hacerse algunos cortes en el pecho con un cuchillo de hueso.
Para no creerse Dios.