Blancura
Yendo hacia Ouvidor, a poco de andar el camino curvado de tierra hay una duna gigante de arena deslumbrante y blancura infinita que encandila al mediodía. Recostada y a medias metida en la duna una iglesia blanquísima con dos campanarios vacíos de campanas también encandila. No hay nada alrededor además del silencio. No se puede saber si la iglesia se está volviendo duna o si la arena se está volviendo iglesia
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19 de junio de 2007
EL CHIRRIDO

Que yo recuerde siempre fue así. Por lo menos cada vez que pasé por ahí lo veía. Todos y cada uno de los días. También los Domingos. Desde hace por lo menos treinta años. El camino era de tierra hace treinta años. La carreta era la misma. La carreta es la misma y el camino es de hormigón ahora. Las ruedas sin rayos, madera maciza, eje de madera.
De mañana de Araçatuba a la playa de tarde de la playa a Araçatuba. Quince quilómetros de ida y quince quilómetros de vuelta con dos cebúes de terciopelo gris uncidos a una larga vara. Él tendría diez años hace treinta años. Parado siempre en la tabla picana de afilada caña clavada a intervalos fijos con ritual desgano mirando siempre al frente. Quince quilómetros de ida y quince de vuelta. Y el chirrido, el chirrido agudo, insoportable, penetrando las distancias, rebotando en las piedras de los cerros, el chirrido de madera pulida contra madera pulida, pulida como vidrio, quejido de flauta herida sobre la percusión golpeteada de las ruedas descentradas. Un chirrido por cada vuelta de la rueda. Una vuelta un chirrido. Un aullido. La carreta vacía, siempre la vi vacía. Lleva una caja cerrada de contenido incierto. Cuando llegaba a la playa, cuando llega, sin bajarse mete carreta y cebúes en las olas y emprende entonces el regreso. Algo debe transportar que nunca vi. Calculé una vez la duración diaria de su viaje basado en el diámetro de la rueda. Y calculé también la cantidad diaria de chirridos. Ocho horas de ida y ocho horas de vuelta. Diez mil chirridos de ida y diez mil chirridos de vuelta. Son chirridos largos y angustiosos. Veinte mil chirridos por día. Dieciséis horas de aullido y tambaleo. Lo vi hace poco, tiene cuarenta años pero parece de ochenta. La carreta sigue vacía, con solo esa caja y los cebúes chorrean agua de mar. No para nunca. Para sí, a la vuelta, al caer el sol. Detiene un instante la marcha en el puente chico de Campo D’una, mira hacia el Este, hacia la planicie de La Encantada con su fondo de dunas lejanas, señala con la picana y sigue su viaje.
De mañana de Araçatuba a la playa de tarde de la playa a Araçatuba. Quince quilómetros de ida y quince quilómetros de vuelta con dos cebúes de terciopelo gris uncidos a una larga vara. Él tendría diez años hace treinta años. Parado siempre en la tabla picana de afilada caña clavada a intervalos fijos con ritual desgano mirando siempre al frente. Quince quilómetros de ida y quince de vuelta. Y el chirrido, el chirrido agudo, insoportable, penetrando las distancias, rebotando en las piedras de los cerros, el chirrido de madera pulida contra madera pulida, pulida como vidrio, quejido de flauta herida sobre la percusión golpeteada de las ruedas descentradas. Un chirrido por cada vuelta de la rueda. Una vuelta un chirrido. Un aullido. La carreta vacía, siempre la vi vacía. Lleva una caja cerrada de contenido incierto. Cuando llegaba a la playa, cuando llega, sin bajarse mete carreta y cebúes en las olas y emprende entonces el regreso. Algo debe transportar que nunca vi. Calculé una vez la duración diaria de su viaje basado en el diámetro de la rueda. Y calculé también la cantidad diaria de chirridos. Ocho horas de ida y ocho horas de vuelta. Diez mil chirridos de ida y diez mil chirridos de vuelta. Son chirridos largos y angustiosos. Veinte mil chirridos por día. Dieciséis horas de aullido y tambaleo. Lo vi hace poco, tiene cuarenta años pero parece de ochenta. La carreta sigue vacía, con solo esa caja y los cebúes chorrean agua de mar. No para nunca. Para sí, a la vuelta, al caer el sol. Detiene un instante la marcha en el puente chico de Campo D’una, mira hacia el Este, hacia la planicie de La Encantada con su fondo de dunas lejanas, señala con la picana y sigue su viaje.
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